14/09/2022

Sobre los concursos y premios del vino, 1ª parte: Un génesis.

 


Tengo que reconocer que jamás pensé que tuiter me fuera a abstraer tanto mi atención del blog, que tampoco es que a principios de año lo tuviera entre mis prioridades, me he acomodado a escribir por bloques de 280 caracteres, y aunque es mucho más inmediato y (mucho) más fácil de llegar a muchos sitios en poco tiempo, a la hora de expresar una opinión algo más densa y razonada, encuentro que los hilos se vuelven muy pesados, hay que tener muy buenas dotes de escritor para mantener la atención tuit tras tuit, dotes que (obviamente) carezco, así que hoy voy a explayarme por aquí un poco.

 

Llevo rumiando estas entradas muchos meses, al punto que iban a ser escritas a cuatro manos entre el buen Advocatus Vini (a ver si das alguna señal de vida, cabrón) y servidor.

Veréis, todo comienza en finales de 2020 – principios de 2021 , no recuerdo si fue un tuit de la Asociación de Periodistas y Escritores de Vino, AEPEV (@periodistasvino) o de uno de sus miembros, David Manso (@dmanso73), en el que se anunciaban los ganadores de los premios a los mejores vinos y espirituosos del año 2020 que concede dicha asociación, y al examinar la lista me hizo gracia que aparecía como premiado un vino rosado de Ciudad Real que he bebido en varias ocasiones, lo recordaba porque había ganado el mismo premio en alguna ocasión más. El caso es que empecé a cruzar mensajes por wasap con Advocatus acerca de la “multitud” de veces que había ganado este vino el mismo premio (por puro cachondeo, lo confieso), y la cosa quedó ahí. A los pocos días, si es que no fue al día siguiente, el colega me dice que buscando información sobre los premios, ha encontrado el palmarés de casi todas las ediciones, que efectivamente este vino había ganado TODOS los años en su categoría, y que había más vinos que habían ganado más de dos y más de tres veces el mismo premio en distintas años. Por simple curiosidad, hice un cuadro con todos los vinos premiados entre 2011 y 2020, y en su día publiqué este tuit con los resultados.

De alguna manera esto hizo que me preguntara si esto sucedía en otros concursos o premios de vinos. En alguna ocasión me he fijado o he leído por encima si tal o cual vino le han dado tal medalla, pero nunca me había parado a pensar seriamente si un vino o una bodega tenía un “muro de trofeos” más allá de las grandes marcas o las bodegas más importantes (por reputación o facturación).

A lo largo de varios meses, he estado mirando resultados de concursos: Bruselas, el IWC, Bacchus, VinDuero, Decanter, Zarcillo, Mundus Vini… Mi intención era hacer una pequeña base de datos con cada una de ellas, y ver si había vinos que hubieran ganado años anteriores. Fracaso absoluto.

Hay concursos (los más pequeños) que publican los fallos en un archivo (normalmente PDF) y se puede hacer una base medio decente, pero en casi todos los concursos grandes, la información no está disponible para bajar, está dispuesta para ser consultada de forma pública y gratuita, pero requiere de mucho trabajo y tiempo para reunir datos. Lo estuve intentando en varias ocasiones, pero al final tuve que dejarlo. Por poneros un ejemplo, en este enlace os dejo la lista “corta” de premiados del Trofeo IWC 2022, esta lista es entretenida pero manejable, aunque no recoge todos los premiados.

Este enlace os lleva a toooooodos los premiados y reconocidos en el mismo trofeo SOLO EN ESPAÑA.

Algo parecido pasa con los premio de Decanter (en este enlace). En 2022, sólo esta publicación premió 2087 vinos españoles, esto es una burrada. Si alguien quisiera beberse todos los vinos premiados de esta edición, a razón de un vino por día, tardaría algo más de cinco años y medio en conseguirlo.

Por poner otros ejemplos, el Berliner Trophy de 2022 hay 1035 premiados, el de Bruselas 547, los Bacchus (organizados en España), no llegan a los 400 premiados, e insisto, sólo hablo de vinos españoles, son cifras mareantes.

Estas cifras no se corresponden con lo que normalmente podemos leer en la “prensa especializada” o los mensajes de los #FakeInfluencers. Dejo para otra entrada el modo de funcionamiento de los concursos, de momento quedaros con que estos concursos suelen tener distintas categorías de premios, casi todos se basan en medallas de oro, plata y bronce (a tope con la originalidad), con distintas variaciones; donde el oro (o gran oro, o medalla de platino) es el máximo reconocimiento, y de ahí pasamos a categorías secundarias: plata, bronce y otros reconocimientos.

En la mayor o más prestigiosa de las categorías, suelen tener unos pocos premiados, normalmente, no más de 10, ya sean vinos y/o bodegas. Este escalafón es el que más repercusión tiene entre los medios y entre los aficionados, y que luego suele (de)generar artículos tipo “el mejor vino/bodega española”, “viña XXX es el mejor vino del mundo”.

Tras lo más de lo más, vienen el grueso de los premiados secundarios, pero a paladas, oiga. Cuanto más grande es el concurso, más premiados secundarios, pero por decenas (e incluso por centenas de ellos). El número de vinos con reconocimientos secundarios es tan grande y tan ridículamente absurdo, que cualquier bodega que presente 4 o más vinos, seguro que “le toca” un premio, por pura estadística. Sobre los criterios para dar los premios, pues también tendremos que hablar, porque en algunos casos es más cuestión de fe que de una razón, siempre y cuando creamos en la buena fe de los organizadores, que tampoco está muy claro.

 

Por ir terminando esta entrega y volviendo a su origen. Hace unos meses conseguí encontrar por internet el medallero de los años 2009 y 2010 de los premios de la AEPEV, que he añadido al cuadro que ya tenía, más los premiados del año 2021. Por primera vez en 13 ediciones, Pago del Vicario Petit Verdot rosado no obtuvo ningún reconocimiento. Muy curioso.

Premios AEPV rosados 2009-2021
Cuadro premios AEPEV, categoría rosados, 2009-2021. (CC BY-NC-ND)

Fuentes:

Año 2009: https://www.excelenciasgourmet.com/es/noticia/espana-entregan-primer-premio-nacional-de-la-prensa-del-vino

Año 2010: https://www.wineup.es/2011/01/la-asociacion-de-periodistas-elige-los-mejores-vinos-y-espirituosos-2010/

Año 2011 y ss: https://www.aepev.es/premios-aepev/

14/12/2021

¿Y si nos estamos equivocando? 2ª parte.

 

¿Me pido un vino o una cerveza? (foto: istock)


Esta entrada me está costando redactarla. Siempre que escribo, intento ser lo más coherente con mis ideas, intento expresarlas lo más claro que puedo, y esta ocasión me cuesta plasmar ambas condiciones, sobre todo la primera.

Veréis. El punto 3 de la cuestión de porqué creo que no se va a recuperar nunca el consumo de vino en este país (si es que no termina por ser testimonial), a grandes rasgos, es porque se sabe poco o nada del potencial consumidor de vino, pero es que, además, se le ignora o se le desprecian sus gustos y preferencias.

Dentro de los consumidores habituales de vino hay multitud de géneros, relativamente bien identificados y que no ofrecen resistencia a seguir consumiendo vino. Los habrá más flexibles, más rígidos a la hora de probar otros estilos de vino o marcas, se gastarán más dinero o menos, serán más hedonistas, más académicos, más o menos posturistas o bichos repelentes; pero como conjunto son los que sostienen el grueso de esos 23 (o menos) litros de vino per cápita/año. El gran problema es que esos consumidores, y perdonadme la frialdad, cada año quedan menos y no se recuperan. Durante demasiados años se ha apostado a fidelizar al que ya consumía vino, y se ha dedicado lo mínimo a “crear cantera”. Como ya he dicho, se ha esperado a que el consumidor se dejara caer por el bar, tienda o gastrogarito y que pidiera vino por defecto, que imitara lo que veía en casa o a su alrededor, no se han dado cuenta que el escenario ha cambiado, que han entrado nuevos actores en el juego, y que estos no están esperando a que un viento divino inspire al cliente potencial para probarlos, todo lo contrario, van a buscarlos, van a preguntarles que les gusta, cuánto les gusta, cuánto estarían dispuestos a gastarse…

Y, evidentemente, todo es cuestión de pasta gansa, de poner dinero encima de la mesa, estudios de mercado, y que sí, que eso solo está en la mano de grandes empresas, y bla, bla, bla… esa excusa se lleva utilizando desde antes que a Carlos Sainz se le gripara el Toyota en el Rally de Inglaterra, se utilizaba entonces y se sigue utilizando ahora. Antes no se hacía casi nada y casi nada se está haciendo ahora.

Que si, que si el lenguaje utilizado para hablar sobre vino echa p’atrás, que si la imagen que se tiene del vino es de un mundo rancio, de otro tiempo, pero a muy poca gente se la ve preguntando “oye, ¿por qué te gusta tanto esa cerveza o ese refresco?”

Atraer gente significa escuchar a tu cliente final, y este, siento decirlo, no es tu distribuidor. Tu cliente final es el que paga por tu botella y se la bebe, es el que va a decidir volver a comprar tu vino o no, es el que va a recomendar a su círculo de amistades que pruebes esta etiqueta o el que va a decir que no le pareció para tanto. Es el que va a llevar vino a una cena o el que lo va a pedir en un restaurante o finalmente va a decidirse por una cerveza.

Al cliente final, al que quieres fidelizar, se la refanfinfla muy mucho si la Rioja Alavesa va ser una nueva denominación de origen o si va a fichar por la Ribera del Duero, porque al cliente nuevo y al que quieres que consuma más vino, lo primero que tienes que hacer es que le guste lo que está bebiendo y busque más. Pero además olvídate de que vaya a ser un consumidor fiel y que solo vaya a consumir vino, lo más probable es que consuma otras bebidas, primero porque no tiene ningún sentimiento de fidelidad, y segundo, porque no tiene ninguna necesidad de estar bebiendo siempre lo mismo.

Para que todo eso de la Rioja le importe, para que tenga ganas de que salga la próxima añada de tal o cual vino, para que el consumo per cápita de vino no baje de 15 litros toca hacer todo el trabajo que no se ha hecho en años y ahora toca hacerlo a la carrera.

Y os puedo asegurar que no se trata de hacer bromitas de parvulario con la palabra Rioja (ja ja).

 

11/09/2021

¿Y si nos estamos equivocando? 1ª parte.

 

Autor: ronleishman


Se habla mucho, mucho del consumo del vino, que si esto, que si lo otro, que si antes bebíamos más, que no sabemos valorar lo que tenemos, que si las nuevas generaciones, que si el terroir, la mineralidad, las microparcelaciones, los vinos baratos, la moda vegana, el vino natural y el SO2, el vino en lata, los #winefakers y los “concursos” de vinos (de esto tenemos que hablar otro día sin falta), etc.

Hablamos del consumo de vino, hablamos de consumo de cerveza, de cómo (según algunos) estamos sustituyendo el “tradicional” consumo de vino por otro que no tiene alma, que no tiene tradición y que no tiene arraigo histórico. Me pregunto si alguna vez bajan a un bar o si echan un vistazo a las cifras de consumo por habitante de ambas bebidas.

El consumo de vino, al menos en España, está demasiado romantizado, se le ha dado y se le insiste en dar un halo de cultura y patrimonio, que en mi opinión, no tiene. Si pudiéramos viajar en el tiempo, situarnos en cualquier bar/tasca/mesón de la primera mitad del s.XX en España, sería bastante complicado pedir que te sirvieran un botellín de cerveza, no digamos ya que te sirvan una cerveza de grifo; lo más probable es que te pidieras un vino, generalmente de la misma zona de donde te encontraras, quizás algún vino de Jerez o de la Rioja, si acaso, o algún licor o bebida local.

Lo que quiero decir es que esa tradición de vino no es realmente una tradición, es que no había otra cosa, se podría decir que el consumo de vino fue prácticamente un monopolio, incluso la gran mayoría de aguardientes y destilados provenían del vino o derivados, sería realmente curioso saber qué es lo que bebía alguien que no le gustara el vino, aparte de agua, claro.

El vino ahora se está enfrentando a otras bebidas, y en ese enfrentamiento tiene casi todas las de perder (y de goleada). Entras en cualquier bar, da igual que sea el que tienes debajo de casa, que el del chiringuito de la playa o de un restaurante finolis, raro es el que no tiene uno o dos grifos de cerveza y/o botellines de cuarto, de tercio… de una o varias marcas, incluso últimamente te puedes encontrar con distintos estilos de cerveza, y lo que es más sorprendente, las cerveceras industriales se han dado cuenta, y de momento, han apostado por sumarse a ese carro. Vas a un hipermercado, y lo mismo, ¿cuántos lineales de cerveza había antes, cuántas marcas distintas había, cuántos estilos?

 

El vino lleva confiando en la vuelta del hijo prodigo unos 35 años. Siguen esperando a que los consumidores se den cuenta de que, ¡oh, maravilla!, el vino, esa bebida sagrada está ahí y yo quiero tres botellas, en serio, hay gente que espera que el consumo aumente por arte de birlibirloque, porque si hay algo que está claro, es que el mundo del vino es tremendamente inmovilista.

Ya en alguna ocasión hemos hablado del “relato” del vino, de cómo se repiten incesantemente las mismas palabrerías de acercar el vino a los jóvenes, utilizar un lenguaje menos técnico, que sea parte de la dieta mediterránea y bla bla bla; el 95% de las entrevistas a bodegueros, enólogos, sumilleres, variopintas gentes que “saben” de vino, siempre está la preguntita de “¿cómo acercaría el vino a lo más jóvenes?” y todos, y digo TODOS, sueltan la misma retahíla, y los que éramos jóvenes lechones en el 2000 escuchamos las mismas respuestas que escuchan los tiernos corderetes del 2021. No funciono antes, ahora menos.

¿Se puede recuperar el consumo de vino de antaño? Ni en el sueño más húmedo del mayor de los optimistas. Primero, porque antes se bebía lo que había, segundo, porque lo que se bebía (en el 90% de las ocasiones), eran vinos de una calidad mediocre, y aquí me voy a parar un poco. Vino bueno y de calidad lo bebían antes y ahora quienes lo han podido pagar. Los bares y tascas de nuestros abuelos, ni de coña servían un vino de una calidad y salubridad a la que pueda tener hoy en día un vino de 2€, y todos sabemos la calidad que tienen esos vinos. Si se gastaban algo más de dinero por un vino mejor, era cuando había dinero, se podía hacer ese gasto y normalmente era por alguna celebración extraordinaria, pero eso pasaba en el S.XX y en tiempo de los romanos y los griegos. Ahora hay una mayor masa de la sociedad que puede permitirse pagar algo más por el vino, a pesar de lo que dicen los lineales de los súper e hipermercados, pero ahora se puede elegir qué mediocridad podemos llevar a casa, y sinceramente, puestos a elegir mediocridad, solemos comprar la más barata y accesible.

Tercero, bueno, esta razón la dejo para la segunda parte, que ya os he aburrido bastante.

08/05/2021

El nuevo huevo de hormigón (por @aesteladodelduero)

(Música recomendada para la lectura de esta entrada)

Veréis. Hará como unos 10 años, se empezó a hablar de crianzas de vinos en depósitos de hormigón en forma de huevo. Criar vinos en hormigón y cemento no era ni es nada nuevo, pero sí la forma del depósito. Lo que empezó siendo una noticia esporádica, de bodegas pequeñitas, embotellados de menos de 1.000 botellas, vinos casi experimentales, empezó a generalizarse, las bodegas se volvieron locas, mostraban en revistas y sus webs esos depósitos ovoides. Posteriormente salieron con formas troncocónicas, luego enormes depósitos en forma de cubos. La cosa que partió de tres o cuatro, pasó a ser una cosa relativamente común, si algún bodeguero afirmaba que hacía sus fermentaciones en huevo de hormigón, al momento salía un coro que decía “y yo, y yo, y yo”.

A día de hoy ya nadie presume de hacer este tipo de crianzas, ojo, eso no quiere decir que no se realicen, si no que ya está tan extendida que realmente no es un hecho diferenciador.

 

Hace unas semanas leí un artículo (este) en el perfil de tuiter @spanish_wl acerca de un premio que le habían concedido al enólogo de la bodegas Verum. Antes de seguir, y una vez más, quisiera mostrar mi total respeto al enólogo de la bodega (Elías López Montero), tanto mi comentario en tuiter (este) como las posibles referencias en esta entrada, no pretenden menoscabar o minusvalorar su trabajo, más bien al contrario, mi crítica está más enfocada a cómo se ha contado un relato.

El artículo ensalza la labor del enólogo al querer utilizar las castas tradicionales de la zona en la que se encuentra la bodega (otro día tenemos que hablar sobre eso de castas tradicionales), el valor de las enseñanzas de sus antepasados, el valor de la tierra en la que crecen las viñas (terroir, lo llaman), el uso de antiquísimas tinajas de barro que a día de hoy ya no se hacen (y es verdad), envuelto todo en un relato épico en el que se muestra el respeto a la naturaleza, que aumenta el valor de vino que sale de esa bodega. O eso dicen.

La combinación del concepto terroir, respeto a las tradiciones, el ecologismo, la investigación y un adecuado uso de las redes sociales, son el “huevo de hormigón” de hoy en día, e insisto, ni me parece mal, ni estoy diciendo que las bodegas hagan mal en hacer este tipo de vinos, el “problema” es que el concepto comienza a estar manido, lo que antes era un detalle diferenciador, ahora está siendo el factor común.

El caso es que cuando alguien toma una iniciativa, alguien le sigue, toman relevancia, en poco tiempo todo el mundo cambia lo que estaba haciendo para seguir esa moda, y eso es lo que critico. Parece que si sale una moda a la hora de hacer vinos, casi todos corren a hacer lo mismo. Si Mengano dice que hace crianzas en ánforas de barro grecochipriota, al año resulta que todos tienen ánforas de barro de cuando Aníbal cruzó los Alpes. Si uno de los grandes gurús ensalza los vinos hechos con uva bobal en Alicante, empiezan a salir majuelos centenarios de bobal en Zamora (y eso lo he oído yo). Ahora resulta que las grandes bodegas de DO Ribera del Duero tienen cepas de albillo por castigo divino y en DOCa Rioja hacen los mejores vinos blancos de España. Y nosotros sin saberlo.

 

El nuevo “huevo de hormigón” parece que serán los vinos que han padecido una crianza submarina en ánfora o en botella, vinos que no saben a mar pero que tienen notas saladas y yodadas (dicho en este artículo).

Siempre puede venir algún listo y decir que esas crianzas sólo las podrían hacer bodegas próximas a la mar o al océano.

¡Ay, almas cándidas!

¿Qué no?

Anda, mira aquí.


11/04/2021

Dime de que vas, y te diré de qué me acusas.

 

Bienvenidos al circo. 

La idea de esta entrada, la idea inicial, era poner al consumidor de vino frente a los gurús y a los @winefakers. Claro, nuestro punto de vista está supeditado a nuestro consumo y a cómo entendemos nosotros el vino y lo que le rodea. Cuando íbamos por la sexta página, nos damos cuenta de que el relato no termina de funcionar. Nuestras experiencias se empiezan a llenar de contradicciones, ya no las que puede haber entre dos o más personas, si no entre los relatos y experiencias habituales.

Si hay algo que quería, que queríamos hacer con esta nueva etapa del blog, es y será mantener ideas que se mantengan lo más cerca posible del sentido común y con la mayor coherencia posible. No siempre lo lograremos.

 Cuando leemos estudios sobre los “beneficios” para la salud manteniendo un consumo ““moderado”” de vino, al final ves que todo se basa en experimentos in vitro, o con ratones, o estudios basados en dietas para personas afectadas por diabetes tipo II que quieren extender al resto de la población, y los propios estudios dicen que los resultados no son concluyentes y que necesitan de más resultados. Aquí es fácil ser coherente, distinto es que otros prefieran quedarse con el cuento por sus propios intereses (si es que realmente ha leído alguno de estos estudios).

Pero claro, querer creer que nuestro sentido común y nuestra coherencia es representativa…, hay un mundo.

Al final esto queda como una opinión, en algunos casos basada en hechos y experiencias, en otros casos, basada en como sentimos las cosas.

Bajo nuestra perspectiva, el consumidor de vino es tratado como una marioneta. Tanto gurús, como @winefakers tratan de llevarte a su huerto. Los gurús, las viejas guías de vino tratan de retenerte en el mismo camino que llevan desde hace 50 años, han pasado de ser descubridores a ser dictadores de dogmas y falsos axiomas.

El mundo @winefaker no es que sea muy distinto, en algunos casos son como gurús con Instagram, donde lo que importa es que su producto es el más guay porque ellos dicen que es muy trendy o cool, aunque sea aguarrás, pero es el aguarrás de moda de esta semana, o de este mes, y tiene importancia esa semana o ese mes, una vez pasado ese tiempo, en el pasado se queda. Si se quedan sin recursos (o directamente no quieren quebrarse la cabeza) pueden retomar uno de esos “viejos” contenidos y los vuelven a publicar, es vintage.

 


Haciendo una comparación musical, tanto las grandes guías como los @winefakers son el mainstream de la opinión del vino, existen corrientes underground y outsiders, cada cual con más o menos gracia e influencia.

Lógicamente el consumidor habitual no puede escapar, o no es fácil escapar de la opinión mainstream por lo que nos podemos ver influenciados con alguna de estas corrientes.

Con la pandemia, al no poder hacer nuestra vida “normal”, de alguna forma juega a favor de la corriente dominante, y esta corriente últimamente está machacando al consumidor más débil.

Salvo muy contados casos (cada vez menos), esta corriente presta atención principalmente a vinos que superan los 20€, puntualmente hacen algo con los vinos por debajo de este nivel económico, casi siempre con aires un poco de perdonavidas o como favor para los tiesos.

Hombre, hablar bien de vinos de 20 € en adelante es fácil. Claro que hay truños y vinos hipersobrevalorados, claro que hay vinos perfectamente olvidables, sería atrevido decir que son los menos, pero es más frecuente encontrar más vinos buenos que malos. Y si son malos, tampoco es problema, es aquí donde gurús y @winefakers tiran de sala VAR y pitan lo que les es más conveniente. Por conveniente queremos decir cling-cling-caja.

Ahora bien, ¿qué pasa con los vinos de menos de 20€? Por lo pronto el consumidor habitual de estos vinos se le considera un mindundi, en más de una ocasión hemos leído alguna crítica que dice que es preferible beberse un vino de 30€ que dos de 15 ó tres de 10€.

Tres consideraciones: primera, hay buenos vinos por debajo de 20€. Segunda, también hay mucho vino malo y sobrevalorado. Tres, son, de largo, los vinos más consumidos en España, y no necesariamente son los vinos de supermercado.

Hablando de super/hipermercados. Cuando toda la hostelería estaba cerrada, cuando nos daba miedo recibir un paquete, los supermercados eran el único punto donde conseguir vino. Y seamos francos, eran tablas de salvación, y salvo excepciones, no eran ni son el mejor la forma de conseguir vino, por muchas razones, desde la monótona variedad del producto, hasta el tratamiento del mismo. Pero tampoco podemos ser cínicos, sobre todo cuando hemos hecho series en el blog y en los perfiles de Twitter y (antaño) de Facebook, sobre vinos de supermercado, y algo se puede rascar, aunque en el mejor de los casos sean poco más que vinos para pasto diario.

 

Aquí solo bebían vino de super, desataron la ira del gurú.

Pero últimamente notamos que este consumo ha sacado de quicio a los gurús y @winefakers más canónicos. No es que antes no lo tuvieran atravesado, pero este consumo de último recurso les molesta. Aparte de despreciar al consumidor y al producto del súper, ahora esgrimen puerilmente el argumento del escaso o nulo margen de beneficio de la venta del vino por debajo de los 5€, y el caso es que el argumento es válido.

Una botella de vino que te vendan por debajo de 5€, independientemente de la calidad del mismo, es un precio con el que tienen que tener beneficio el que cultiva y cuida la viña, el que transforma las uvas en vino y lo embotella, el que transporta las botellas al supermercado y el que vende esas botellas en sus establecimientos, y eso es muy difícil de hacer por 5€, ya no digamos si el vino cuesta menos de 1€; y como siempre, la mayor pérdida es para la base del negocio: el precio de la uva, que en algunos casos llegan a comprarla por debajo de 0,30€/kilo, lo que no llega en ocasiones ni a cubrir gastos.

El argumento es veraz, tiene muchísimo sentido común y es coherente, pero hay que tener la cara de amianto para responsabilizar al consumidor de vino de supermercado de los males del campo.

¿Acaso los críticos de esas publicaciones tan canónicas y los personajillos posturistas de Instagram que beben vinos españoles de 50, 60 ó 200€/botella piensan que se ha pagado mejor al viticultor por el hecho de haber pagado más por una botella?

Son tan dados a exigir que conozcamos la historia del vino que bebemos, que demos importancia al terruño del que proceden las viñas, que no tienen ningún problema en exigir que se le pongan más etiquetas al vino, que si biodinámico, que si vegano, que si vino de tal o cual pueblo, villa, páramo, majuelo o mojón de tal camino, pero a ninguno les hemos oído decir que se le ponga una etiqueta al vino en el que se reconozca que se ha pagado al viticultor un precio justo por sus uvas. Pero para ellos es lo de menos, es más fácil acusarte a tí de insolidario porque has comprado una botella de vino de menos de tantos euros.

Quizás habría que hacer entender a estos botarates, que no todos estamos en disposición de gastarnos cada semana 50 o 60€ en una botella de vino, ni podemos hacer reuniones de amiguis llevando botellitas de 200€ de tal vino (para que luego te guste más una botella de vino de 18€), siempre y cuando no bebas de gañote porque tal o cual bodega se presta a “regalarte” la botella o la caja de botellas, así sabemos todos beber buen vino.

Ellos mismos que van tan prepotentes pidiendo y exigiendo medidas, lo mínimo que tenían que hacer es cambiar tanta soberbia por más humildad, y que aquello que pontifican en las redes y en sus revistas, lo cumplan, que den ejemplo.

07/03/2021

El cochero y el banquete, por @aesteladoduero

La pausa que refresca

 

Llevo varios días rumiando esta entrada de @Terroaristas, El festín de Babette, ni que decir tiene que es altamente recomendable leerla.

Si la entrada per se es un más que necesario y conseguido homenaje al sector de la hostelería, una vez leída y vista la película (que os recomiendo ver, la tienen en el Prime aquí) en la que se basa la entrada, para mí hay una parte de la trama que se me acomoda a algo que le vengo dando vueltas últimamente.

Para ello, tengo que poneros en situación y desvelar parte de la trama de la película. En el improbable caso de que alguien quiera ver la película antes, que sepa que de aquí en adelante esto está lleno de spoilers.

Nos encontramos en un pueblo de la costa de Dinamarca, aproximadamente en 1875. Parte de sus habitantes, todos ancianos, son miembros de una piadosa congregación protestante que viven voluntariamente en la más estricta austeridad, su dieta se basa en una especie de gachas a base de pan negro, cerveza y bacalao. Una mujer francesa, Babette, llega a la isla buscando refugio tras estallar una guerra en Francia y es acogida por dos viejas hermanas, hijas del fundador de la congregación, que la toman como doncella sin sueldo.

Unos diez años después, Babette gana 10.000 francos en una lotería francesa, y como muestra de agradecimiento por todo el tiempo que ha estado acogida, decide preparar una auténtica cena francesa para la congregación en el centenario del nacimiento de su fundador, en la casa de este, que es donde viven Babette y las dos viejas hermanas, que aceptan el ofrecimiento a regañadientes, ya que disfrutar de la comida es prácticamente pecado.

A la cena acuden otras dos personas vinculadas con la congregación pero que no viven en el pueblo, una vieja duquesa y su sobrino, un general del ejército que cortejó a una de las hermanas cuando eran jóvenes.

Este prestigioso militar ha estado destinado en varios países, por lo que ha adquirido cierta cultura gastronómica.

Hay otra persona que acude a la cena de forma indirecta, el cochero que ha llevado a la duquesa y al general, que cena en la cocina idéntico menú que los que se encuentran en la mesa, bebidas incluidas.

La cena se desarrolla en el salón de la casa de las hermanas, la mesa ha sido engalanada para la ocasión, un buen mantel, candelabros, vajilla de porcelana, copas de cristal, es un lujo en sí misma.

La descripción de los platos y el nombre de los vinos, las peculiaridades de los mismos las describe muy bien @Terroaristas en su entrada y no son el interés principal de esta entrada, fundamentalmente porque jamás he comido (ni por asomo) los platos del menú y desconozco los vinos más allá de la literatura especializada que se puede encontrar en internet. En definitiva, no los he probado, y salvo que me toque la lotería, es bastante complicado que pueda hacerlo por mis propios medios, al menos en un mismo día.


Entonces, ¿de qué quiero hablar?

Gran pregunta.

En la película, la cena se desarrolla cordialmente, todo el mundo come, bebe y disfruta de los manjares, son felices como no han sido en mucho tiempo.

Al final de la película, descubrimos que Babette es una gran cocinera y antigua chef del Café Anglais de París, y que se ha gastado los 10.000 francos de la lotería en realizar esa cena. Todo el mundo vuelve feliz a sus casas y hasta aquí podemos leer.

 

Yo la película la afronto desde el punto de vista de los comensales:

-       Los integrantes de la congregación: (se supone) que toda la vida se han visto obligados por su fe a no disfrutar de la comida, ya que moralmente disfrutar de los alimentos es poco menos que un pecado mortal. A pesar de hacer la promesa de no disfrutar de la comida ni hablar en el futuro de la misma, su resistencia se ve vencida por la espectacularidad de los platos, y muy seguramente, por el alcohol del vino. Es cierto que disfrutan con comida y bebida, pero no le dan importancia al origen o historia de los platos. Seguramente se comportarían igual si les ponen un pollo al ast y un vino más asequible, disfrutarían igualmente. Claro que se han ido a casa contentos y bailando, pero para eso no es necesario tomar una cena francesa obligatoriamente.

 

-       El general: distingue, aprecia y valora viandas y vinos con solo paladearlos. Conoce sus detalles, su historia, lo difícil que es conseguir alguno de los vinos que hay en el salón. Realmente es un conoissieur, disfruta de la comida por la comida en si misma y la intrahistoria que tiene cada plato, cada copa. Sin duda es el que más está disfrutando del evento.

 

-       El cochero: está disfrutando, casi seguro por primera vez, de esos platos que puede considerar hasta exóticos, es más que posible que jamás haya probado esos vinos. Disfruta de la comida por la comida, por lo que le ponen en el plato y en la copa sin necesidad de saber si tal receta es de tal chef o si el vino proviene de tal o cual zona de Francia, simplemente disfruta.

 

De los tres tipos de comensales, está claro que solo el general podría repetir en el futuro una cena parecida, tanto por motivos culturales como económicos, mientras que para la congregación y el cochero, esa cena solo supone una excepción a la norma. Dejando de lado a la religión, de no haber sido invitados a esa cena, es improbable que se la hubieran podido permitir por sus medios. “Una cena para 12 comensales en el café Anglais costaba 10.000 francos” dice Babette en un momento de la película, no es descabellado pensar que ni 12 cocheros o los congregacionistas pudieran pagarse una cena como esa, es obvio que tendrían que rebajar sus expectativas.

Y aquí es donde enlazo con mis barruntos.

Cada vez veo más que el enfoque actual del vino es a un modelo de gamas medio-altas, a vinos de 20€/botella y de vinos no necesariamente españoles, es sorprendente la cantidad de vinos franceses que veo en los perfiles de aficionados al vino, que me parece poco menos que estupendo, que cada uno beba lo que le dé la gana y pueda permitirse. Por un momento pensé que se debía a los perfiles que seguía por RRSS, pero dando vueltas fuera de mis círculos, veo que esa tendencia se mantiene.

Claro que no son Pingus o Clos de Vougeot, pero son los típicos vinos que los tiesos compramos para ocasiones especiales (cumpleaños, días señalados, navidad) y que te animan a consumir a diario.

Pareciera que cada vez hay menos interés en los vinos de gama media, media-baja, y tengo la misma sensación que el cochero que se sentó a cenar en la cocina, si me ponen el vino por delante, estoy seguro que puedo disfrutarlo sin la necesidad de saber su historia, y seguro que no es una experiencia tan completa como aquel que la conoce, pero realmente me sorprende muchísimo que por un lado exista el discurso del vino como elemento de una dieta cultural, ancestral y mítica, que se realice un discurso para fomentar un consumo (más o menos moderado) de un producto de calidad y de origen español, pero por otro lado se desprecia el consumo de vinos de supermercado o de un valor inferior a esos 20 €/botella que mencionaba antes.

Claro que hay un vino industrial insípido, sin calidad y que apenas si sirve para cocinar, pero entre esos vinos y los vinos tope de gama hay un recorrido enorme y sólo se presta tanta más atención cuanto más cerca está del tope.

¿Existe realmente el interés por fomentar un consumo de vino a escala nacional que complemente a la exportación, que tenga en cuenta que no todos podemos permitirnos beber semanal o mensualmente vinos de más de 25€, o vamos a seguir escuchando a las sirenas plañideras quejándose de lo mal que va todo y de lo malos que somos cuidando nuestro patrimonio mientras abren una botellita del último Jura que han comprado?

¿Acaso somos nosotros el cochero?

22/02/2021

De gurús y el Síndrome de la Morena.

 

Maharishi Tempranillo en pleno mantra. Ohmmmm


El otro día hablábamos de influencers, perdón, influfakers del vino, y se dejaba en el aire ocuparnos de otros actores de esta película. Surgió la duda de si abordar a los gurús del vino y sus publicaciones, o si bien llevar la conversación, complicada, sobre si las bodegas saben quiénes son sus clientes, y si estos clientes son realmente los consumidores últimos del vino que crean.

Finalmente, una moneda ha decidido que hoy se dispare (con intención de dar) hacia los gurús del vino.

Gurú es (entre otras cosas) un guía espiritual o una persona a la que se le atribuye cierta autoridad intelectual, pudiendo coexistir a la vez más de uno, sin que sus postulados tengan por qué coincidir completa o parcialmente con los postulados de los otros, ni necesidad (aparente) de luchar entre si e imponer su pensamiento. Para eso ya están sus seguidores que pueden ventilar dos hostias al de enfrente si osa a cuestionar las enseñanzas de su maestro.

El gurú ni nace, ni se hace, lo llaman. Todo gurú que se precie siente una llamada dentro de su ser que le impele a divulgar las magnificencias de su filosofía, ya sea divina o terrenal. Los gurús no son Mesías, no son semidioses, ni siquiera los dioses hablan por su boca, ¡quía! Los gurús te muestran un camino y tú decides seguirlo, no seguirlo, o seguirlo y dejarlo cuando te dé la gana. Al gurú no le importa, aunque hay seguidores que no tienen la misma paciencia y bondad que el maestro y quiera devolverte al rebaño calzándote hostias espirituales y/o físicas.

El Gurú del Vino.

Dicho esto (un poco en plan coña, sí, pero quedaros con la esencia): ¿qué es un gurú del vino? Pues es toda esa persona que en un momento dado siente que el vino no es simplemente una bebida, si no que posee unas cualidades metafísicas capaces de transformar a la persona y/o a su entorno, de una forma lírica o no; y siente la imperiosa necesidad de comunicarlo a sus semejantes. No es necesario que sea enólogo o haya trabajado en una bodega, aunque hay gurús bodegueros. Lo mismo puedes ser abogado, matemático o incluso haber sido un abstemio acérrimo.

El éxito del gurú depende, no tanto en el número de seguidores directos, si no en cuán lejos lleguen sus ideas, aunque lleguen a ser odiadas.

Estas ideas van desde la recomendación de los vinos y bodegas que son del agrado del gurú, a sus inspiradas ideas, en (demasiadas) ocasiones bastante abstractas y arbitrarias, sobre cómo debe ser el vino ideal, el viñedo ideal…, para lo cual se crea un lenguaje que sólo es comprensible para los iniciados, pudiendo tomar palabras de otros idiomas o inventarla directamente, basten como ejemplo los conceptos de terroir y mineralidad. La percepción que tienen estos seres sobre colores, olores y sabores, darían para varias tesis doctorales, que no es el tema de esa entrada, ya veremos en el futuro.

Estos mantras se transmiten mediante reseñas en periódicos, revistas especializadas, blogs, libros…, si bien el núcleo central, la esencia destilada de estas ideas son las listas de vinos: listas de vinos recomendados, listas de vinos para ocasiones especiales, etc.

En algún momento de la historia de los gurús vitivinícolas, a alguno se le ocurrió puntuarlos y apareció la escala malo-regular-bueno-muy bueno-excelente, pero se conoce que se debió quedar corta y se generalizó el uso de una escala entre 0 (malo) y 100 puntos (excelente), aunque hay gurús que usan otras.

Esta forma de puntuar es tan arbitraria como el propio gurú. Comparar un Don Simón con un Dom Perignon lo hace cualquiera. Comparar vinos de calidades similares, de la misma o distinta procedencia, hay que apelar a la profesionalidad del catador.

 Es comprensible que exista una crítica, es relativamente comprensible que esa crítica tenga cierta arbitrariedad, nuestras percepciones de vista, olfato y gusto no pueden ser medidas por una serie de parámetros fijos o una escala. Una guía, una lista, un ranking es en el fondo una muestra del gusto de una o varias personas.

Cierto, un vino que tenga entre 90-95 en una de las listas de cualquier gurú, tiene ± 2 o 3 puntos de diferencia con las otras guías de los otros gurús, y a partir de los 96-100 puntos, esta diferencia pasa a ser de ±1 punto, por lo que esos vinos tienen que ser maná o ambrosía divina.

Maharishi Cabernet y su equipo.


Si los Beatles seguían al Maharishi, las bodegas no tienen porqué conformarse con seguir al gurú local de turno, es más, muchas de ellas prefieren llegar a gurús con una relevancia más internacional, pero ¿cómo hacer llegar tu vino a los próceres vínicos?

Pues la cosa tiene bemoles. Para empezar, los gurús no beben todos los vinos que salen en sus publicaciones, ese honor solo lo tienen las vacas sagradas, bodegas históricas y más raramente los descubrimientos casuales. Lo normal es que tu vino lo cate alguno de los delegados que el gurú tenga, lo cual tampoco es demasiado fácil.

Algunos de estos representantes cuentan historietas de cómo viajan a ciertos lugares donde le han seleccionado doscientos, trescientos vinos listos para probar. Si, si, 200 o 300 vinos a probar en un número determinado de días. En más de una ocasión se han oído las quejas de bodegueros porque sus vinos no han sido elegidos en esas 200/300 muestras que, ojo al dato, una cosa es ser elegido y otra muy distinta es que pases el corte del catador. Algún día habrá que hablar de cómo se hacen esas catas y tirar de sentido común.

En otras ocasiones, es el propio delegado quien te pide visitar tu bodega, por la razón que sea, que tus vinos sean muy buenos y sean todo un descubrimiento, o porque has pagado una campaña publicitaria en la publicación del jefe, porque los gurús y sus acólitos no viven del aire ni hacen esto por puro altruismo. De esto también habría que hablar otro día.

 

El caso es que una o varias etiquetas de una bodega consiguen, de una forma u otra figurar en una de esas listas, ¡ya salen en los papeles!, ya pueden poner un trozo de etiqueta monísimo con los puntos que le ha dado tal o cual gurú, e incluso poner la de todos los gurús que le han puntuado.

Y desde ya, el vino entra en un círculo vicioso. Unos años subirás puntos, otros bajaras, pero ni se te ocurra salir del sistema

La anterior entrada decía que los gurús del vino, de alguna forma pueden manipular el precio de los vinos, y esta puede ser la herramienta.

Y ya por último, rama lama din don.

Existe el trabajo duro, existe la dedicación, existe el reconocimiento, por supuesto, que no falte, pero muchas veces este reconocimiento parece artificial. Todos los grandes vinos suelen mantener siempre la misma altísima puntuación. No dudo que la exigencia del trabajo en esas bodegas sea muy alto, pero parece que nunca les afecta el mal tiempo o que sus vides nunca enfermen. Es verdad, es cierto que pocas bodegas pueden decidir no realizar una o varias añadas de sus vinos si estos no cumplen ciertos parámetros de calidad. También es cierto que esto hace que las añadas anteriores y posteriores se revaloricen, hasta que punto esta medida no es especulativa.

También decíamos que estos gurús que al principio lograron que el vino dejara de ser tan elitista, y que de alguna forma dieron cierta democratización a este mundillo a base de difundir el trabajo de pequeños productores, de zonas vinícolas menos conocidas, al final se han marcado un Síndrome de la Morena (SDLM): comenzaron denunciando las viejas formas mostraron una nueva forma de hacerlas, para posteriormente convertirse en lo mismo que habían denunciado.

Los gurús del vino han logrado que se cate vino, no que se beba. Han dictado cómo hay que beberlo, han dictado en qué copa hay que servirlo, a qué temperatura, etc. Al final han dado una vuelta de tuerca al elitismo, y ahí está el resultado, cada vez hay menor consumo de vino.

Durante tantísimo tiempo se han dedicado a escuchar a quien es bailaba el agua, que no se han dado cuenta que han ido perdiendo seguidores, se les han muerto por el camino y nadie se ha preocupado por sustituirles, no se da cuenta que poco a poco se están quedando desnudos, y dentro de poco se quedarán en pelota picada y casi solos.

 


26/01/2021

De influencers y vetustos gurús.

 

El @WineGuruChachi de Instagram que lo peta con los vinos.

Al tiempo de  todo el ruido y polémica que está generando el cambio de residencia fiscal de un influencer, el pasado día 20 de enero leí en la revista especializada Sobrelías el artículo Instagram no tira: Los baby boomers se jubilan y los millennials no cogen el testigo en el consumo de vino

Bastante explícito, ¿verdad?

Que el consumo de vino entre la generación millenial es inferior a la de sus padres, la generación baby boom (boomers), no es en sí novedad. Tampoco lo son las razones de este bajo consumo, si bien en este blog pensamos que ni se han descrito suficientemente bien todas ellas, ni casi nadie ha hecho por comprenderlas, mucho menos pensar cómo revertir la situación, dentro de un consumo moderado.

Sobrelías apunta muy bien alguna de ellas, se puede estar más o menos de acuerdo con todas, pero hay una que es singularmente llamativa:

 

[…] La publicidad barata, chabacana, como es la de los ‘influencers’ de Instagram, lo único que hace es ningunear el vino de una bodega.

 

Como se dice en el artículo, las bodegas se equivocan al perseguir perfiles de Instagram con muchas visualizaciones, para posteriormente llegar a un acuerdo para promocionar sus productos en estos perfiles mediáticos.

Es indudable que una foto de LeBron James, Cristiano Ronaldo o Messi sentados en una mesa con una botella de Vega Sicilia Único es una publicidad impagable, como marca y como estatus: Vega Sicilia, el vino de las estrellas.

Pero esta foto es poco repetible en la realidad y tampoco es que Vega Sicilia tenga una necesidad extrema de utilizar las RRSS para publicitarse de esta forma, puede que las tres fotografías hayan sido una casualidad, no están tomadas ni siquiera en el mismo año, pero aunque así fuera, ¿cuántas personas pueden comprar Vega Sicilia Único regularmente?, ¿es el público millenial el perfil de cliente que busca la bodega?

 

Pero en el caso de los influencers y de bodegas con menos (que no peor) caché que Vega Sicilia, es distinto. El artículo de Sobrelías enlaza a otro recogido en Wine-Searcher, escrito por James Lawrence: “La Incurable plaga de los influencers del vino, que es imprescindible leer. Aborda magistralmente cómo muchos perfiles que promocionan el vino, lo hacen de una forma superficial y pomposa, buscando alimentar sus egos y sus cuentas corrientes más que promocionar el vino. Fotografías bonitas en sitios bonitos, evocando sensaciones bastante hipócritas.


Lawrence afirma que el trabajo de críticos y autoridades, hacen más por el consumo de vino y el desarrollo económico sostenible de regiones vitivinícolas, que toda una legión de influencers, y que gente como Tim Atkins o Jancis Robinson son los verdaderos influencers, no cualquiera con un móvil en la mano.

 

Si bien el artículo es impecable hay algo con lo que no estamos de acuerdo.

 

Es cierto que críticos como Parker, Atkins, Robinson, Peñín…, en cierto modo pueden modular la venta de vino a través de la publicación de sus guías de vinos. Es imposible escapar a la expresión de vinos parkerizados, aquellos vinos que se “hacen” con características que se supone que son del gusto de Robert Parker, con el fin de conseguir la mayor puntuación posible en su publicación. Es innegable que hay bodegas que hacen todo lo posible para que sus vinos aparezcan en el mayor número de guías y recomendaciones con las mayores puntuaciones posibles.

Es más innegable todavía, que vinos que un año (y algunos de aquellas formas) consiguieron más de 90 puntos en algunas de estas guías, al año siguiente doblaron o triplicaron su precio. Para algunas bodegas fue más que suficiente para hacer caja, mientras que otras trabajan afanosamente para hacer un buen vino y mantenerse en lo más alto todo el tiempo que puedan.

Son estos gurús –que no influencers- quienes más se han dedicado a dictar cómo se ha de beber el vino, a qué temperatura, en qué copa, a qué precio hay que vender el vino, cómo se ha de vender, en ocasiones en complicidad más o menos manifiesta de otras guías gastronómicas, como la encarnada Michelín.

 

Si bien sabemos que una foto en un stories, o un vídeo en un perfil de Instagram,ni los mejores influencers van a ser capaces de alentar una la compra significativa de vino, ¿por qué no vamos a la raíz del problema?, ¿por qué no cuestionamos a todos los actores de la situación actual del vino, empezando por esos vetustos críticos que ni entienden ni quieren entender que lo que funcionaba antes ya no funciona ahora, y que si han sido grandes, ha sido por cuestionar el modelo dominante anterior?

La realidad es que el consumo de vino baja y va a bajar más aún. Esto no es una cuestión de con quién vendo mi vino y qué etiqueta pongo en la botella. La cuestión es que muchas bodegas, especialistas, gurús, pseudoinfluencers no se hacen las preguntas correctas, entre otras:

 

¿A quién le quiero vender mi vino?

¿Se lo puede permitir?

¿Cuántas veces se lo pueden permitir a lo largo del año?

 

Es verdad, al vino le sobra Instagram, Twitter y Tik Tok.

Y el olor a cerrado de los antiguos templos de los gurús, también.