11/03/2026

Sobre el premio AEPEV: II. Bisturí, por favor.

 



Si la anterior entrada hacía una descripción del concurso de los mejores vinos de la AEPEV, en esta voy a hacer un análisis de esos que me gustan: con bisturí y paciencia.

Voy a empezar por la parte positiva.

Me gusta mucho el estilo de este premio, al menos la parte teórica.

La forma en cómo se desarrollan normalmente los concursos, donde las catas (ciegas o no) se parecen más a un proceso industrial en el que hay que cumplir con normas y parámetros definidos matemáticamente, me parece algo frío, inerte.

Esta mentalidad tan cuadriculada, tan anglosajona de evaluar vinos, ha hecho un daño irremediable a su percepción, sobre todo en cómo los países mediterráneos vivimos el vino.

Claro que las puntuaciones y las descripciones pueden ayudar a la hora de crearte una idea de algo que aún no tienes ni siquiera entre las manos, que te permite comparar vinos y añadas entre sí, pero todo esto es un conocimiento de usar y tirar.

Por ejemplo: Viña Brabante  2012, DO Cardeñosa de las Zaheras, rojo picota, irisaciones violetas, frutas del bosque, madera bien integrada. 94 puntos Peñín, 93 Parker, medallas de Oro Decanter, Gran Oro Mundial de Bruselas y una de estaño en los Bacchus…, ¿es o no es carne de ficha de archivador para que luego alguien lo use en un folleto de publicidad?

La AEPEV, por el contrario, tiene las bases de un premio genial.

Al menos en teoría.

Que unos socios dispongan de todo un año para poder evaluar vinos, de compartirlos, de estudiarlos, de divulgarlos; que hayan tenido la posibilidad de cambiar opiniones y contrastarlas, y que eso sea la base para votar por un vino o por otro; me parece mucho más útil y que tiene mucho más valor que lo que diga una cuartilla de papel que se tiene que hacer en menos de tres minutos.

Eso sí.

Es útil siempre y cuando se haga desde la sinceridad y la honestidad.

Hasta aquí, la parte buena del premio.

Lo que viene ahora es una crítica con intención constructiva, crítica que sale de la recopilación de datos que he hecho a lo largo de tres años, basada en los resultados y medalleros oficiales (siempre que estén disponibles) que he podido encontrar de las 17 ediciones que lleva en funcionamiento.

Me gustaría dejar claro que cualquier crítica o alabanza, no la hago por un interés personal. Cuando cite bodegas y marcas de vinos, lo haré porque son quienes aparecen en los documentos oficiales de la AEPEV, no estaré cuestionando la calidad ni de unos ni de los otros. Si en vez de estar la bodega “X” hubiera estado la bodega “Y”, diría exactamente lo mismo.

Dicho esto: enfermera, por favor, el bisturí.

A grandes rasgos, lo que le falta al premio es más de transparencia. Un concurso como el Mundial de Bruselas (por ejemplo), necesita desarrollar un reglamento complejo para que quede meridianamente claro quién puede participar, cómo se van a evaluar los vinos y por qué un vino puede tener una medalla, un diploma o una tarjetita que diga “Sin premio. Sigue intentándolo”.

El premio de la AEPEV no necesita tanto, por una cuestión muy sencilla, pero de mucho peso: mientras que las bodegas son las que buscan méritos en los concursos de vinos, el premio de la AEPEV te busca y premia a las bodegas, no necesita ser tan puntillosa, no necesita pedir un análisis técnico del vino, ni muestras envasadas.

No obstante, sí que al menos debiera de hacer público un reglamento o unas bases de desarrollo del mismo. Buscando por su web, solo he podido encontrar la descripción premios AEPEV 2021 que poco menos es la descripción que he hecho en la otra entrada. Echo (mucho) en falta algunas definiciones, sobre todo a la hora de diferenciar las categorías de los vinos. Pero de eso ya hablaremos cuando toque.

También sería necesario el que se indicara cuántos socios han votado en cada edición. En los concursos, está normalizado el que nos digan (incluso con cierto orgullo), el número de jurados con los que ha contado.

La AEPEV tiene entre 180 socios (según su perfil de los premios PwC) y 203 (que se indican en esta publicación). Si la principal razón de ser del premio, el orgullo de la asociación, recae en la elección de sus socios, ¡tendrás que poner cuantos votan!

Quizás esto puede parecer una tontería, pero creo que es bastante relevante. No es lo mismo que voten 135 o 150 socios (más o menos el 75%), lo que le daría un gran empaque a los resultados del concurso; a que voten entre 50 o 60 socios (más o menos el 30%) y la cosa quedaría deslucida, sería como en las reuniones de la comunidad de vecinos, que van tres y el del tambor, es decir, las decisiones de unos pocos afectan a toda una colectividad.

Lo siguiente a aclarar es de pura lógica: cuantos puntos o votos han tenido los vinos ganadores.

¿Por qué nos fascina Eurovisión, incluso a sus “haters”?

No es por la música

Es por los votos, es por ver el apoyo que tiene cada canción o cada país. Este premio (teóricamente) no tiene que rendirle cuentas a nadie. Si las votaciones son honestas y sinceras, no puede haber bodega que se moleste porque tal o cual vino la ha sacado X puntos más que los suyos.

Es más, en el caso del premio al mejor vino del año, es fundamental saber cuántos puntos ha obtenido, incluso no estaría de más hace un top 5.

El summum de la transparencia sería publicar, con unos días de antelación, la lista de los vinos nominados. Haciendo una buena comunicación (se supone que es una asociación de periodistas…) y moviendo las listas de una forma atractiva por las RRSS, conseguirían esa transparencia y algo también importante: fijar la atención de un público objetivo, lograr que estén al tanto de ti.

Lo de publicar los resultados del premio el primer minuto del primer día del año, solo podía sonar bien en la cabeza del que lo pensó. El primer minuto del año (para los que no estáis trabajando), la gente está más concentrada en si la yaya no se ha atragantado con las uvas, si el cuñado ya ha soltado la primera gilipollez del año, o si queda aún algo de ese vino tan rico que te han puesto en la copa.

Y seamos sinceros. Se nota bastante que la publicación está programada. Las propias bodegas ya saben que han sido galardonadas antes de la publicación, ya que la AEPEV sólo entrega el premio a aquellas bodegas que han aceptado el premio y se comprometen a ir al evento en el que se entregan los premios.

De la difusión del premio, también hay que hablar, porque tiene tela.

Pero ahora quiero hablaros ahora de las “cosas raras” que he visto en los medalleros.

Digo “cosas raras” porque realmente es muy difícil justificar de una forma puramente estadística la repetición de tantos premios a ciertas marcas y bodegas en años consecutivos, así que prefiero llamarlo “rareza”.

La primera rareza es un patrón que se repite a lo largo de los años.

Una bodega empieza a ser premiada por un mismo vino, premio que se repite en años sucesivos. En ocasiones, consigue premios hasta en dos o tres categorías simultáneamente, e incluso alguno de esos vinos es el más votado en alguna edición. Pero en un momento dado, esa bodega deja de ser premiada. Se acabó. Fijaos en este cuadro.


Observad cómo Marqués de Riscal, Pago del Vicario e incluso Vega Sicilia comienzan a ganar en años consecutivos… para dejar de aparecer en ediciones posteriores. Habla, Torres y Martín Codax, muestran un comportamiento parecido: irrumpen en la escena, la mantienen unos años y después desaparecen.

En estos últimos cuatro o cinco años, son Fariña, Pago de los Capellanes e Hispano-Suizas quienes han empezado a acumular premios. En muy llamativo el caso de esta última, por la intensidad y variedad de categorías en las que está siendo premiada. Ha sido un poco alucinante comprobar que, salvo en el caso de vinos dulces y generosos, ha ganado premios en TODAS las categorías.

Bueno. Tampoco ha ganado nunca el premio a mejor vino del año.

Todavía.

Va a ser muy interesante ver si la presencia de estas tres bodegas persiste en próximos años, o si les pasará lo mismo que a Pago del Vicario.

Y no, no me he olvidado de González-Byass, Torelló o Chivite. Estas bodegas tienen su “rareza” particular, pero esto os lo contaré en la siguientes entradas.

Por hoy ha estado bien y os necesito con la cabeza despejada.

Atentos, que la próxima entrada, promete.

 


07/03/2026

Sobre el premio AEPEV: I. Ni muerto, ni de parranda.

 


Sobre los premios AEPEV (título provisional).

 

Antes de comenzar, tengo que disculparme dos veces.

La primera tiene que ser con los que me seguís por el blog. Como habéis comprobado, hace tiempo que no escribo nada, ni siquiera la transcripción de los episodios del no-podcast. No hay (realmente) una explicación.

Bueno… si.

Que me estoy haciendo un poco vago.

El blog es el alma de A Este Lado del Duero, sin duda. Es el origen, la semilla, pero últimamente la creación y edición del no-podcast me lleva cada vez más horas delante del ordenador, me satura un poco. Me gustaría decir que esto no volverá a pasar, que me comprometo a trabajar un poco más en el blog…, pero estaría mintiendo.

Honestamente, me comprometo a darle un poco más de vidilla, al menos lo voy a intentar, de hecho, he renovado por un año más el dominio, así que…, muchas gracias a los que aún me leéis y me seguís por aquí. Va por vosotros la primera copa del próximo vino que descorche.

 

La segunda disculpa es para todo el mundo, tanto para aquellos y aquellas que me leen, escuchan, ignoran, repudian, aman y/u odian.

En el episodio 22 del no-podcast, titulado “Una de concursos”; no llegaba a afirmar que la AEPEV había fusilado su concurso de vinos, pero que lo había sustituido por un sucedáneo del Bacchus (del que ya hice un largo análisis aquí). Prácticamente lo di por muerto.

Craso error.

El uno de enero miré las redes sociales de la AEPEV para comprobar si habían publicado o anunciado algo sobre el concurso.

No vi nada de nada.

El perfil de tuiter está más que muerto, llevan sin publicar nada desde mayo del 25. En sus perfiles de Facebook e Instagram no aparece nada relacionado con el concurso, y no ha sido hasta el 22 de enero de este año cuando ha aparecido algo y de refilón: tarde, poquito, y por terceros.

Confieso que ni me molesté en mirar su web. Si en sus tres redes sociales no había nada, di por hecho que tampoco lo habría en su página oficial.

Pasan los días, y de repente veo en una publicación (no recuerdo dónde ni de quien), que dice que Pago de los Capellanes ha ganado el premio al mejor vino de la AEPEV 2025.

“Imposible”, me dije. Me pongo a buscar… y bingo.

Ahí, en su web, aparece la noticia de los premios y el enlace a su medallero.

La madre que me parió.

Tengo que reconocer que me he equivocado, que he di prácticamente por muerto el premio de la AEPEV, y aquí lo tenemos vivito y coleando.

Así que, sin más: mis más sinceras disculpas.

Mea culpa, mea maxima culpa.

Dicho esto, poneros las gafas, ajustaros los cinturones, y poned la copa de vino en posición vertical. Por el lado donde se echa el vino, claro.

Voy a diseccionar el concurso de la AEPEV, desde 2009 hasta 2025. Y como no puede ser de otra forma, lo haré por capítulos aquí en el blog y dedicaré un episodio en el no-podcast.

Vamos allá.

 

El Premio a los mejores vinos y destilados/espirituosos de la Asociación Española de Periodistas y Escritores del Vino (lo de espirituosos se lo añadieron entre 2023 y 2024), es un concurso/premio curioso y singular. Este en concreto, no reparte puntos ni medallas evaluando vinos mediante una o varias catas.

La asociación pide cada año a sus miembros que indiquen los tres mejores vinos de una serie de categorías. A saber: vinos blancos con y sin crianza en madera, tintos jóvenes, tintos con reserva, espumosos, vinos dulces y vinos generosos; que hayan probado el año en curso. Desde 2019, hay una categoría que han llamado “Premio al vino más innovador” que he ignorado. En la última entrada sabréis porqué.

También les pide que valoren una serie de destilados, pero como ese no es mi negociado, no lo voy a desarrollar.

Una vez que tienen los votos, hacen una nueva lista por cada categoría, con aquellos vinos que han tenido el aval de tres o más socios.  Esta nueva lista se pasa de nuevo a los miembros, y se les pide que de cada categoría elijan 5 vinos y los puntúen de 1 a 5 puntos, siendo 5 para el vino que más les guste, 4 para el segundo y así sucesivamente.

Sumados todos los puntos, se distingue por cada categoría, los tres primeros vinos con más puntos obtenidos (en alguna ocasión se han reconocido hasta cuatro vinos), y aquel vino que haya sido más votado entre todas las categorías, se le da un reconocimiento especial.

Hasta aquí, me parece una idea genial, diferente, algo que, como ya he dicho, es una seña de identidad del propio premio-concurso y de la asociación.

Vale que en otros concursos el sistema de puntuación y elección de los vinos se puede considerar más justo y aséptico: todos los jurados prueban un mismo vino de una misma botella y se le da una puntuación. Teóricamente (y solo teóricamente), estos jurados no pueden hablar entre ellos, no puede haber un debate o cambio de impresiones, lo cual le quita algo de humanidad a esa puntuación, es algo que tiene más de mecánico, de robot más que de humano.

Sin embargo, la metodología de la AEPEV me parece todo lo contrario. Un socio o socia que durante un año ha probado vinos, elige los que más le han gustado, ha podido hablar con otras personas con los que ha podido intercambiar opiniones, puede que alguien le haya hecho notar un matiz que haya pasado por alto, o ha podido conocer los entresijos del vino y lo valore de otra forma. Si decimos del vino trata de contarnos una historia, quién es, de dónde procede, quiénes son los que le han hecho; la historia se completa con quién lo bebe y lo que le hace sentir.

Esto es bueno y malo al mismo tiempo.

Nuestra condición humana nos hace capaces de lo bueno y de los menos bueno. Nuestra condición de formar parte de un grupo, de una tribu, convierte nuestra individualidad en un corporativismo, en ocasiones, para no tan bien como pensamos.

Pero no adelantemos acontecimientos.

En este capítulo, os voy a presentar los resultados del concurso, y en el siguiente las valoraciones y mi opinión crítica, sincera y constructiva.

Voy a suponer que no me seguís por Twitter/Tuiter/X (cosa que os agradecería que hicierais), y que por lo tanto no habéis visto nunca los cuadros con los medalleros. No son demasiado complejos: en las filas están dispuestas las marcas que alguna vez han recibido un premio, y en las columnas aparecerá una “X” en el año o años que han recibido un premio.

Ojo, atención. Hablo de marca y no de vino porque (lógicamente) cada premio casi siempre corresponde a una añada distinta.

Para elaborar los cuadros de esta entrada, he descargado los medalleros oficiales que se encuentran en la web de la AEPEV, para lo que he tenido que realizar tareas de arqueología digital, ya que están algo escondidos y sólo tienen disponibles los medalleros a partir del año 2011. De las dos primeras ediciones (2009 y 2010) he encontrado recopilados en varias páginas web.

Empezamos.

 

Vinos blancos (sin barrica).


Se han premiado 26 vinos distintos, siendo claramente los dominadores de la categoría los vinos gallegos. Poca presencia, casi testimonial, de vinos de fuera del noroeste español. Se ve como hay una evolución de vinos Rías Baixas-Rueda a Valdeorras, siguiendo un poco las “modas” de cada momento. En cuanto a marcas, pocas repeticiones, aunque muy “curiosas”: sólo hay tres vinos con cuatro o más premios. Parece que hay socios fieles a sus vinos favoritos.

 

Vinos blancos con barrica.


Tenemos otras 27 marcas de vino premiadas. La zona de Valdeorras es la ganadora indiscutible, tanto por número de premios como por el podio (As Sortes). Es sorprendente el dominio del norte peninsular. Galicia, Castilla y León, Rioja, Cataluña…, parece que la zona sur y levante tienen poco que ver por aquí, aunque la cosa está más repartida. En cuanto a marcas, solo dos marcas están por encima de los cuatro premios. Algo tuvo que pasar entre la edición de 2017 y 2018, porque hasta el 17, el reparto de premios estaban muy comprimidos entre cuatro marcas.

 

Vinos Rosados.


Posiblemente esta es la categoría más curiosa de todas. Me voy a limitar a dar una descripción como hasta ahora, pero en el análisis…, hay tema, ¡vamos que si hay tema!

18 marcas han obtenido algún premio en las 17 ediciones del concurso. Esto ya nos quiere decir algo. El gran dominador es Pago del Vicario Petit Verdot. No solo es el vino con más reconocimientos de todo el concurso desde el comienzo del mismo, si no que (como veremos más adelante), es el vino que más veces ha ganado el premio al mejor vino del año. Mucha atención también a Navarra, tierra de rosados por excelencia, y en concreto con Chivite, que están muy próximos a rebasar a los manchegos. Ojo también a Hispano-Suizas y su Impromptu que lleva seis años consecutivos ganando. Me sorprende muy mucho la ausencia de más premios para los claretes de Cigales. Algo no se está haciendo bien. Y no son los vinos.

 

Vinos tintos de 1er y 2º año.


31 marcas conforman este medallero. Dicen que en la variedad está el gusto, y esta lista les da la razón. Apenas hay tres marcas que superan cuatro premios, si bien lo más curioso es como Habla del Silencio y Fariña Primero lo han hecho de forma bastante consecutiva. Dominan la tabla la dupla Toro y Ribera del Duero, seguidos por la zona de Rioja (que no denominación, ojo) y de alguna forma ahí están a la zaga Extremadura, Castilla-La Mancha y Utiel. De aquí tendremos que hablar… cositas. Lo que está muy claro es la diversidad de vinos, de calidades. Tienes un Nunmanthia, Alabaster, Pisón, La Nieta, y al lado un Penta (no confundir con Pintia), Cuatro Pasos, Juan Gil… que no quiero decir que sean malos, pero estaremos de acuerdo en que juegan en ligas diferentes, ¿no?

 

Vinos tintos de añadas anteriores.


Este medallero es el más extenso, con 39 marcas que han obtenido alguna vez algún premio. Solo hay un vino que ha obtenido más de cuatro premios a lo largo de todas las ediciones: Calvario. Están casi todos los nombres de la realeza enovitivinícola española: Artadi, Vega Sicilia, Rioja Alta, Mauro, Castillo de Ygay… y Gladiator. A ver si algún día nos enteramos como entró ese vino en esa lista. No lo he probado, no sé cómo será, pero que me llama la atención…, vamos. Echo de menos algún vino, Pingus, Aurum Red… Una cosa que me llama la atención y que también pasa con los vinos blancos: hay varias marcas que tienen premios en ambas categorías, en vinos jóvenes y reservas. De esto también habrá que hablar.

 

Vinos espumosos.


Este es el medallero más corto. 19 marcas, cuatro de ellas con cinco o más premios recibidos a lo largo de los años. Clarísimo (y evidentísimo) dominio de Cava y Corpinnat. Sorprendente podio de un espumoso que está fuera de lo que cabría esperar: un rosado de una casta francesa. Más sorprendente todavía es la presencia de un espumoso sevillano entre los mejores. No lo he probado, no me importaría, pero cuanto menos, es llamativo. Está claro que los socios reducen su consumo de espumosos a dos/tres bodegas… que no digo que sean malas o mediocres, pero creo que se podría abrir algo más el abanico,.

 

Vinos dulces naturales y licorosos.

No diga vinos dulces, diga Pedro Ximenez. Es la uva reina de la categoría, ya sea de la zona de Montilla o de Jerez. El fondillón está ahí, al acecho. Muy poca presencia de otras variedades o zonas, me extraña muchísimo la ausencia de más vinos moscateles que se hacen en casi toda España. Da la impresión de que los socios prefieren los vinos con larguísimas crianzas. Aunque solo tres marcas de las 27 existentes en el medallero tienen 4 o más premios, casi siempre son las mismas bodegas las premiadas.

 

Vinos con crianza biológica, oxidativa y mixta.

Esta categoría la podían haber llamado perfectamente Jerez. Que sí, que al igual que al decir vino espumoso nos vamos a ir todos a Cataluña, decir vino con crianza oxidativa o biológica todos nos vamos a ir a Jerez o a Montilla-Moriles. Hasta cierto punto estoy de acuerdo y es lo lógico. Se han premiado unos pocos fondillones, un dorado de Rueda y un vino bajo velo sevillano. Quizás se debiera tener un poquito más de apertura de miras. A pesar de que hay unas pocas manzanillas y de finos, al igual que con los vinos dulces, los socios prefieren vinos con muchísima solera.

 

Vino más votado del certamen.

Me ha parecido curioso añadir también esta categoría aquí y ahora. No voy a deciros mucho. Si habéis llegado hasta aquí, si habéis leído y visto los cuadros más o menos…, me gustaría saber MUCHO vuestra opinión sobre los vinos MÁS VOTADOS cada año.

Sólo voy a decir una cosa.

Bueno, dos.

Lo del rosado de Pago del Vicario… mucha tela. Pero lo que más me llama la atención es la bodega que no está ahí, pero es la que más vinos premiados tiene estos tres/cuatro años. ¿No es un poco raro?

 

Hasta aquí la entrada descriptiva. En las próximas entradas, nos meteremos a saco con el concurso. No necesito que os estudiéis los medalleros (porque es tontería), pero si estaría bien que los rumiaseis un poco, a ver si veis tantas cosas raras como yo estoy viendo.

 

 


03/08/2025

Alcohol, alcohol.


Esta entrada la vengo rumiando desde hace varios meses. Hasta ahora, había tratado el tema del alcohol desde el punto de vista de los polémicos vinos desalcoholizados, pero hoy lo voy a mostrar desde otro punto de vista, también algo controvertido desde hace ya bastante tiempo.

A finales del año 2020, mi insigne colega, Advocatus Vini, creó esta entrada en el blog que se titula “El alcohol es una droga”, a raíz de un reportaje de Televisión Española en el que se decía, literalmente: “La droga legal más consumida en España es el alcohol, concretamente el vino” Aquello provocó un enorme revuelo de todo el sector “eno-vini-vitícola” patrio, salieron bodegas, gurús, popes, rasgándose las vestiduras a decir que el vino no es una droga, que aquella afirmación demonizaba al vino y a la idiosincrasia mediterránea por los valores que el vino representa, su acervo cultural que blablablá.

De aquel entonces a día de hoy, la frase se ha repetido de formas parecidas y los cabreos de los rasga vestiduras más exaltados se han repetido en los mismos términos: el vino no es una droga, no hay que demonizar al vino, el vino forma parte de nuestra cultura, blablablá, blablablá, blablablá.

A ver, yo no estoy aquí para pontificar las bondades de la vida sin alcohol, ni soy miembro de alcohólicos anónimos, pero creo, desde hace ya mucho tiempo, que las cosas hay que llamarlas por su nombre y hay que asumir la realidad.

El alcohol es una droga, nos guste o no nos guste. Y es una droga, no sólo porque lo diga la OMS y casi todas las agencias de salud de los países occidentales, si no que comparte características que nos resultan evidentes en las drogas ilegales; cumple con los criterios que definen a una sustancia psicoactiva: altera el funcionamiento del sistema nervioso central, afectando el pensamiento, el estado de ánimo, la percepción o el comportamiento. Además, genera dependencia física y psicológica y está más que probado que tiene unos efectos negativos sobre la salud.

Vale, me puedes decir que con la cafeína del café pasa algo parecido y que nadie dice nada sobre los peligros del café, y … error, ya se está alertando de los peligros que tiene para la salud, el atiborrarse de refrescos con elevadas concentraciones de cafeína.

En contra de lo que muchos piensan, no se puede separar el concepto del alcohol de el del vino. Es más, toda esta campaña en contra de los vinos desalcoholizados, lo que está demostrando es cómo no se entiende el vino sin alcohol. Hay mucho movimiento que insiste, que pregona, que un vino desalcoholizado no puede llamarse vino porque le falta una parte esencial del mismo. Si esto lo tomamos como una verdad, si encima la definición de vino es "el producto obtenido exclusivamente de la fermentación alcohólica total o parcial de la uva fresca, estrujada o no, o del mosto de uva.", no queda más remedio que aceptar que:

-        Uno: el alcohol es una parte inherente del vino

-       Dos: los efectos negativos del alcohol no van a desaparecer mágicamente por decir tres obviedades.

Estoy muy de acuerdo con el concepto de consumo responsable, y aunque a mí me joda alguna que otra salida cuando como o ceno fuera de casa, creo que es tremendamente positivo que se reduzcan las tasas de alcohol cuando se tiene que conducir. Y te voy a pedir un favor especial. Antes de llamarme de todo, ponte en el lugar de una persona que ha perdido un familiar porque alguien bebido se lo ha llevado por delante o le ha dejado gravemente herido. Ponte, también, en el lugar de una persona, que simplemente ha ido a tomarse unos vinos con amigos y ahora tiene que vivir con el trauma de que ha herido o matado accidentalmente a una persona por haber bebido una copa de más.

Lo que ya no entiendo es cómo los mismos que están haciendo bandera de esa moderación, luego salgan indignados a decir que no se demonice el vino.

Oiga, mire, no.

Claro que tiene que haber una moderación, como todo en la vida, pero también tenemos que ser coherentes. El vino es una maravilla, hay una cultura y una historia detrás de él, cada uno de nosotros puede contar los buenos momentos que hemos pasado con una copa o una botella de vino, pero también nos sabemos o hemos vivido historias del exceso, que no necesariamente tienen que terminar en una tragedia, pero tampoco se pueden escudar en la tradición, las cifras de empleo o los datos económicos para pedir que esa moderación sea menos…, moderada.

El consumo de vino, de cerveza, me atrevería a decir que de cualquier alcohol, está cambiando, y no solo por los millenials o la Gen Z que son a los que están poniendo de ejemplo, es toda la sociedad la que está cambiando, de esto ya he hablado en este no-podcast. Sea como fuere, la solución no puede ser la misma que se está aportando desde el pleistoceno inferior: no hacer nada. Bueno, de vez en cuando pegarse golpes en el pecho y hacer comunicados copia pega de unos que se hicieron cuando Viriato.

Creo que es raro el episodio en el que no diga que el sector del vino es completamente inmovilista, que comprendo que un sector tan grande le cueste adaptarse, pero una cosa es que cueste adaptarse y otra cosa es no hacer nada, y ya sé que esto lo digo continuamente, pero es que tengo la sensación de que en este sector viven en el día de la marmota.

Cuando la sociedad entiende que el consumo excesivo de alcohol es un problema para la salud, ¿qué es lo que contesta el sector del vino? Pues decir que el vino es salud, y empezar a sacar estudios, de aquellas maneras, diciendo que una o dos copas de vino es muy sano, y que si la dieta mediterránea, que si la cultura, que si la importancia en la economía del sector, vamos, la misma respuesta que dan a distintos problemas.

Está claro que el sector no va a llegar y decir que no se consuma vino, pero tienen que enfocar muchísimo mejor el verdadero objetivo de su discurso: consumo moderado y responsable, adaptado a la situación en la que se encuentre el bebedor (no es lo mismo beber en tu casa una botella o estar fuera de casa y tener que coger luego el coche), y sobre todo, no engañar a la gente: el consumo de vino, por muy moderado que sea, no aporta ningún beneficio a la salud.

No sé si tiene que ser tal observatorio, o tal federación de consejos reguladores, o tal asociación de bodegas quienes tienen que decir que lo que llevan haciendo desde años, no lleva a nada, que lo que quiera que estén haciendo, no es el camino, ni tampoco pueden estar constantemente remando en contra de la corriente.

Pero todo pinta a que la próxima vez que algún medio diga que el alcohol es una droga, el sector del vino salga en procesión con sus acólitos, para rasgarse sus vestidos, gritando que no se tiene que demonizar el vino, que es mucho lo que nos jugamos. 

En fin.... 



28/06/2025

¿Hay que reinventar las Denominaciones de Origen? – Tercera parte: ¿queréis hacer el favor de mover ficha?



A ver, me quedan muchos charcos en los que meterme, pero no quiero que esto se convierta en una radio novela eterna, voy a intentar que esta sea la última parte de esta serie de episodios, y si me quedara algo en el tintero, pues le daré salida en el futuro.

En la entrada anterior, decía que varias denominaciones estaban creando microzonificaciones. Por no marearte mucho, las microzonificaciones son pequeñas demarcaciones territoriales que se realizan dentro de una DO, con el fin de resaltar alguna de las características que las pueden hacen diferentes al resto de territorios de la denominación, y que pueden ser por el tipo de suelo, por su microclima, por su orientación, su altitud, por ser un territorio histórico, porque realizan alguna práctica que solo se hace en esa zona en concreto, o porque a un señor de Soria se la ha ocurrido así…

Lo de “micro” tampoco hay que tomárselo demasiado al pie de la letra. En algunos casos, como por ejemplo viñas seleccionadas, viñas singulares, se pueden tratar de parcelas, pequeñas extensiones que no alcanzan dos hectáreas y en otros casos como los vinos de pueblo, o de paraje, puede haber cientos de hectáreas. Como esto es una cosa que crea cada denominación, no hay un criterio único a nivel nacional o europeo, y cada una de ellas lo hace a su gusto, le ponen los criterios que mejor se adapten a sus querencias, y allá el consumidor se las entienda.

Sobre el papel, tiene sentido, pero… llegar a un punto en el que se quiere ser tan sumamente específico, me genera dudas sobre la verdadera intención.

La idea en sí es cojonuda, es muy buena: te ofrezco un producto que viene abalado por el prestigio de tal o cual denominación, y yo además te doy un plus más de calidad, estos vinos sólo se pueden hacer en este punto concreto y determinado, y solo por dos o tres bodegas, y si esa zona es muy pequeña, sólo mi bodega puede hacer vino en esa viña singular.

El problema que le veo es que para que el consumidor aprecie esa calidad y exclusividad, el consumidor primero debe estar bien informado, saber qué es un vino de municipio, pueblo, paraje, montaña, pago, viñedo singular… y saber por qué un vino de Labastida, San Vicente de la Sonsierra, Roa, o Nieva es distinto a uno de Tudelilla, San Esteban de Gormaz o La Seca. Si con estas zonificaciones las bodegas se van a limitar a añadir una etiqueta más a su vino o hacer patria chica, entonces esto no va a servir de nada, más tarde o más temprano las bodegas industriales tendrán sus viñedos singulares, sus vinos de paraje o vinos de montaña, tienen el tiempo, dinero y capacidad para crear campañas de publicidad, que. solo por inundación de información, confunden al consumidor. Si alguien piensa que los consejos reguladores van a ser capaces de poner coto, de regular que esto no sea un desmadre, que pierda esperanzas.

 

Por el contrario, hay denominaciones que están haciendo poco o muy poco por destacar su territorio, como por ejemplo, Cava. Empezaron siendo unos pocos pueblos del Penedés donde se elaboraba un vino espumoso que podía competir en el mercado contra espumosos franceses e italianos, y que ahora se ha transformado en un monstruo sin identidad. Al igual que los franceses pusieron todo su empeño para que sólo los espumosos de Champagne pudieran recibir ese nombre, champán, en Cava se hicieron grandes esfuerzos, se invirtió dinero y se luchó lo indecible para que sólo los vinos espumosos amparados por esta denominación pudieran llamarse legalmente Cava… hasta que años después se permitió a ciertas bodegas fuera de su territorio original, llamar a sus vinos espumosos  cavas, previa admisión [ruido de caja] en la denominación de origen. A día de hoy se puede producir Cava en localidades de Cataluña, La Rioja, Álava, Valencia y Extremadura (y creo que también hubo un tiempo que se podía hacer en la zona de Aranda de Duero). El consejo regulador ha creado cuatro diferenciaciones territoriales bastante bastas (Comtats de Barcelona, Valle del Ebro, Requena y Viñedos de Almendralejo) y una figura exclusiva que es el cava de paraje calificado y que sólo lo tienen seis bodegas catalanas.

Algunos de los fundadores de la DO, han decidido abandonar Cava y formar denominaciones nuevas como Corpinat o se han reintegrado en la DO Penedés. Cava cuenta a día de hoy con bodegas que elaboran muy buenos vinos, pero también los hay muy mediocres, aquí hubiera tenido más sentido hacer zonificaciones más concretas y muy bien explicadas, saber que este cava de esta zona tiene tal calidad que le hace diferente al cava de una zona que se encuentra a 5, 20, 200 o 500 kilómetros de distancia, que no digo que sean necesariamente malos, pero que ayudaría a comprender por qué hay diferencias entre estos vinos si comparten la misma variedad de uvas y forma de elaboración.

¿Quieres que te muestre otro ejemplo? Vamos a por otro ejemplo, una denominación que no han querido saber diferenciarse todo lo necesario, y lo que es peor: han echado a perder su identidad. Con todo el dolor de mi corazón, Rueda es el principal ejemplo de todo lo que no se tiene que hacer y que nunca se debió hacer. Y créeme, para mí, es doloroso.

Rueda en 1970 tenía más vides de palomino que de verdejo, pero poco a poco consiguieron cambiar esta proporción y elaborar vinos verdejos excelentes, alguno incluso se convirtió en el mejor vino blanco que se hacía en España, (luego nos peleamos si no quieres reconocerlo), la denominación consiguió lo más difícil, crear un excelente producto, lograr su difusión a nivel nacional, para luego meterlo en un saco, molerlo a palos, echarlo a la sima más profunda que encontraron y crear vinos muy mediocres. Esto ha sido así por varias razones.

Primera razón: poner el nombre de la variedad por encima del nombre da la DO, al principio de los tiempos pudo tener sentido, pero tenían que haber reforzado el nombre de la DO como marca, en vez de la variedad. Quizás en vez de verdejito ahora estaríamos hablando de ruedita, pero aún con eso, se podría hacer algo para solucionarlo, hubiera habido mimbres más que de sobra para cambiar la situación. Ahora Rueda comparte el nombre de verdejo con un montón de denominaciones e IGPs que no tienen nada que ver con ella y que, en muchos casos, lo único que hacen es desprestigiar a Rueda y al propio verdejo.

Segunda razón: se han emperrado en hacer lo mismo que le están haciendo a ella. Rueda ha admitido variedades como godello para mantenerse en lo más alto de la lista de ventas. Por lo pronto, se han metido en un berenjenal que incluso ha pasado a niveles institucionales, ya que hay otras denominaciones que la acusan a Rueda de querer apropiarse de la godello como uva propia. Curiosamente, esas mismas denominaciones, también tienen reconocida la verdejo como uva principal o secundaria para hacer vinos, e incluso amparan bodegas que ha comprado uva godello en la zona de Rueda, y hasta se sospecha que hay vino de godello hecho en Rueda, pero que se ha embotellado y etiquetado en estas denominaciones tan… “quejicas”

Tercera razón: admitir variedades tan castellanas como Riesling, Viogner o Gewürtztraminer, (¡hala a tirar años y años de esfuerzo!). Vale, Rueda tiene la sauvignon blanc como herencia de aquellos tiempos en los que se plantaron en España castas nobles internacionales como “mejorantes” de los vinos que se hacían con las castas nacionales. Hay que reconocer que se hizo un buen trabajo y que la sauvignon, a decir por los entendidos, hace buen papel en Rueda, pero traer variedades extranjeras en el s. XXI por hacer vinos que estén dentro de una órbita comercial…. Me cuesta entenderlo. Por un lado, puede que con estas variedades se puedan hacer buenos vinos en Rueda, pero no sé si se escapa del concepto denominación de origen, es decir, hacer vinos de aquí con variedades de aquí y de la forma que aquí lo hacemos. Quizás el uso de estas variedades, se podía haber derivado a otra figura de calidad que puede compartir espacio con las denominaciones, como pueden ser vinos de la tierra, o al menos haber dotado a la DO de alguna figura que distinga los vinos de las variedades propias del territorio, de las variedades ajenas, ya sean nacionales o extranjeras. En Italia, por ejemplo, están los Supertuscans, vinos hechos con variedades que no son las propias de la Toscana, y que durante muchos años gozaron de mucho prestigio. Ahora andan un poco de capa caída, pero me vale como idea de que se pueden hacer las cosas de distintas formas.

Cuarta y última razón: falta de visión de calidad. Casi todos los mejores verdejos que se hacen en la zona de Rueda están fuera de la denominación. Como lo oyes. Los Cantayano, Barco de Corneta, los vinos de Ismael Gozalo, están en la VT Castilla y León o simplemente como vinos de mesa. Creo haber leído hace ya tiempo a los responsables de El Barco del Corneta, que ellos querían haber entrado en su momento en Rueda, pero que la DO les exigía tener una capacidad de embotellamiento y un número mínimo de barricas muy superior al que ellos podían tener en ese momento. Cuando esta bodega y otras de similar tamaño fueron invitadas a pertenecer a la DO, aún cuando no cumplían requisitos, muy amablemente declinaron la invitación, preferían quedarse en la VT Castilla y León, a pertenecer a una DO con el aura de elaborar vinos de supermercado.

Estos problemas no solo los tiene Rueda, se me viene a la mente Somontano, La Mancha, Rias Baixas, incluso Rioja y Ribera, las denominaciones no están por la labor de cambiar… a su propio favor. Que el consumo está bajando desde hace casi cincuenta años no es novedad, que ahora esa bajada es más pronunciada tampoco, pero el comportamiento del sector como de las propias DO es como el que ve que la carretera se termina y se va a precipitar al vacío, a la espera que un ser divino ponga un puente, y los salve de la inminente muerte.




Los cambios que se están proponiendo son meramente estéticos, abordan la bajada de consumo como algo estacional, algo que se repite cíclicamente, y la respuesta que dan es “ya vendrán”, pero no se preocupan, al menos de forma pública, de ver qué es lo que verdaderamente quiere el consumidor y como ofrecerles su producto para que les sea atractivo. También está muy claro que hay un nuevo modelo de consumo, que el mercado ha cambiado y que no todo es por su culpa, vale, pero si apenas cambian, y entre que se lo piensan y lo hacen, el mercado ha vuelto a cambiar.

Asumo que es muy difícil seguir el ritmo al mercado cuando se va remolque, sobre todo cuando no se ha hecho nada para ir remontando, es como coger un autobús que ha pasado por tu parada hace tres minutos, tú te has quedado quieto, sin moverte, y de repente echas a correr a ver si llegas a cogerlo en la siguiente parada. Para empezar, las denominaciones asumieron que la generación X y los millenials consumirían vino a imitación de sus mayores, y comenzaron a darse cuenta de que el consumo no repuntaba, no cuando la generación X llevaba 10 años consumiendo masivamente cerveza y destilados, comenzaron a darse cuenta cuando los millenials expusieron su consumo en las primeras redes sociales masivas, y ni siquiera ahí fueron capaces de hacer algo más que preguntarse ¿K’apacháo?. Ahora están que no mean porque la siguiente generación, la Z, no se sabe si por modas, si por tendencias de consumo, beben aún menos alcohol. La respuesta han sido crear tendencias absurdas como la del vino en lata o la actual del vino sin alcohol o con menor contenido alcohólico, porque a las conclusiones que han llegado es que el problema podía ser el formato o que las generaciones venideras rinden culto al cuerpo, cuando de por medio ha habido dos crisis financieras y media (vamos a ver qué pasa ahora con lo de Irán), y que otros sectores como el de la cerveza y los refrescos han sabido leer mejor la situación y les han adelantado, por enésima vez, por la derecha. Los primeros están logrando trasvasar un número aceptable de consumidores de cerveza con alcohol a cerveza sin, y los segundos están creando productos constantemente para tapar cualquier hueco por el que se le puedan escapar sus consumidores objetivo.

Yo quería terminar aquí, pero no me resisto a comentar algo que he visto el otro día en redes sociales, aunque solo sea de pasada. La DOCa Rioja va a cambiar su reglamento para amparar vinos con un menor contenido alcohólico (entre medio y grado y medio menos, dependiendo del tipo de vino y su crianza), va a permitir una nueva etiqueta “vendimia temprana” o “early harvest” para vinos de menos de 12º (los tintos) y 11º (los blancos), y va a permitir que la mezcla de vinos tintos, la mezcla de vinos rosados y la mezcla de vinos blancos, contengan mayores cantidades de azúcar por litro. A mí, a primera vista me parece una respuesta para un nicho de mercado que busca bebidas más dulces y con menor graduación alcohólica, de alguna forma es aumentar la categoría de vinos semidulces, que no dudo que tenga su público, pero creo que es una medida demasiado amplia o vaga para atender a un sector de consumo minoritario. Pero en el post en el que comenté la noticia, otros usuarios apuntaban otras posibles causas:

-       - Que el aumento de la cantidad de azúcar se deba a que se quiere parar la fermentación entre los 9 y 12º. Me cabe la duda si es legal añadir azúcar al vino, si se realizará añadiendo mosto concentrado, o si se parte de un mosto con mucho azúcar, de modo que llegue un momento que no haya tanta levadura como para transformar el azúcar en alcohol.

-      - Vinos con menor contenido alcohólico con el fin de que en el Reino Unido post Brexit estos vinos paguen menos impuestos

-       - Vinos con destino a los EEUU

Pero ha habido una voz que ha apuntado que el problema no es realmente si el vino tiene menor graduación alcohólico o más azúcar, que también, sino la pérdida de identidad de la propia DOCa, se van a permitir unas prácticas a la hora de elaborar estos vinos, que poco o nada tienen que ver con origen del vino en Rioja, y que solo benefician a bodegas industriales (¡gracias, Ana!)

Y por terminar este inciso. Si esto se permite hoy, ¿qué permitirán que se haga mañana, dentro de un año, dentro de diez?

Llegados aquí y prácticamente antes de terminar este episodio, me planteo varias dudas.

La primera: alguien que hoy, junio de 2025 y tenga 20 años, que está consumiendo bebidas energéticas, refrescos a base de fuertes concentraciones de azúcar y cafeína, ¿qué es lo que consumirá en 2055, con 50 años, bebidas energéticas? Me juego el sexto dedo de mi mano izquierda a que ya hay gente pensando qué nichos va a ocupar este consumidor.

La segunda: se están planteando medidas solo para las generaciones que acaban de llegar a la edad legal de consumo, ¿realmente no ven que tienen que trabajar todo lo que no trabajaron con las generaciones anteriores?

La tercera: al hilo de lo anterior, ¿no se dan cuenta que la generación X y los primeros millenials somos los que ahora tenemos mejor poder adquisitivo que las posteriores, y que somos los que podemos gastar algo más en ocio y gastronomía?

Y la cuarta: ¿tienen que ser las denominaciones las que se tienen que dar cuenta de todo ello, coger al toro por los cuernos y pegar un viraje de 270º a la situación? ¡Demonios, si!, si en los consejos reguladores están esperando a que alguien les diga lo que tienen que hacer o que en un sueño el dios del vino les revele algún secreto, van realmente jodidos, nadie va a mover un dedo por ellos, si están pensando que la administración pública, la que sea, estatal, regional, local, les va a sacar las castañas del fuero, ¡oh, amigo!, el castañazo va a ser épico, y de hecho, ya está aquí, ya se está sintiendo.

Lo que se está haciendo hasta ahora no está funcionando, y lo que es mejor, no va a funcionar.

Estimadas denominaciones de origen calificadas o no españolas. No sé a qué estáis esperando a mover ficha, pero a moverla de una vez, porque os están moviendo la mesa, os quedan menos de 15-20 años de existencia, en el mejor de los casos. No podéis sobrevivir todas como vinos de altísima calidad a precio de lujo. está muy bien que queráis crear pirámides de calidad, que queráis reivindicar origen, territorio y una forma de hacer las cosas, pero recordad que la cima de una pirámide solo se sostiene si hay una base amplia y fuerte para sostenerla, porque de lo contrario, la cima se cae y se rompe.