29/08/2026

Si el vino no es el problema, el problema eres tú. (II/II)

 


Como ya he comentado en otras ocasiones, el consumo de vino lleva cayendo desde hace ya muchos años, pero no caen de igual forma. Ha bajado mucho más el consumo de los vinos de calidad mediocre-media, mientras que los vinos de calidades altas han bajado menos, cuando no se ha estabilizado, e incluso hay encuestas y estudios que dicen que ese consumo aumenta, aunque claro, no tanto como para compensar la caída de consumo de los otros vinos.

Aunque no existe una única causa para esta bajada de consumo, una bastante fundamental es que el mercado es cada vez es más grande y más diverso, hay más opciones de consumo tanto con alcohol como sin alcohol; tanto lo que se consume en casa como fuera de ella, y sobre todo, a precios similares que los vinos más mediocres.

Se ha pasado de un mercado donde el rey era el vino porque básicamente no había otra cosa, a un mercado donde el vino es un actor más y cada vez más irrelevante.

Sin embargo, hay dos cosas que el vino todavía conserva y que muy pocas bebidas pueden reivindicar: el origen y la tradición.

Coca-Cola y Pepsi llevan décadas formando parte de nuestro imaginario colectivo. Antes eran el sabor de América; ahora son el sabor del mundo. Pero nunca podrán decirte que forman parte de la historia de un pueblo, de una comarca o de una tierra concreta… salvo que seas yankee.

Las bebidas energéticas, aunque dominan el marketing, todavía no han tenido tiempo suficiente para entrar en ese imaginario, salvo algunas marcas que ya están dejando su poso de nostalgia del que tirar en el futuro. ¿No me crees? Pues eso de “te da alas” tiene 25 años ya.

Las cerveceras, sin embargo, han entendido perfectamente el valor de la tradición. Si os fijáis, cada vez más reivindican más su historia, su paso en el tiempo y lo hacen a través del nombre de sus cervezas:

1906 de Estrella Galicia, la 1904 de Cruzcampo o la 1925 de Alhambra.

Ya no venden solo cerveza; te venden antigüedad, legado, autenticidad

Y no se quedan ahí. También empiezan a reivindicar el origen. Antes éramos nosotros quienes poníamos a cada marca de cerveza en una región determinada… Ahora son ellas quienes nos dejan muy claro de donde son.

Hay, incluso muchas cerveceras artesanales presumen del origen local de sus ingredientes.

Pero…tanto estas, como las grandes…, les falta un origen mítico. Como mucho, pueden decirnos que Carlos I trajo maestros cerveceros a Yuste o que tal alemán abrió una fábrica a finales del siglo XIX en tal ciudad.

 El vino, en cambio, juega en otra liga.

El vino no puede competir con las demás bebidas siendo una bebida más. Tiene que tener más cabeza. Tiene que competir siendo aquello que las demás nunca podrán ser.

Por eso es importante ese cambio en el concepto de “cultura del vino” se adapte a la realidad de este momento, y me parece genial que sea así, pero su problema fundamental, es que no se está haciendo suficientemente bien.

A día de hoy, muchos de esos que piensan que cultura del vino solo es válida para vinos a partir de cierto rango de calidad y precio, también piensan que los que no “comulgamos” de estas formas, poco menos que no sabemos o no tenemos criterio.

Hace unas semanas, leí una entrevista que le hicieron al crítico Tim Atkin durante la celebración en Madrid de Lo Mejor de Tim Atkin España, un salón al que acudieron las bodegas españolas mejor puntuadas por él. En un momento dado, le preguntan que “qué es lo peor del vino en España”, y el bueno de Tim responde esto:

- “Lo peor es que los españoles no creen en lo que tienen. Esto es lo peor de España para mí porque creen que el vino de aquí no vale y todavía hay una falta de confianza.”

Esta frase tan manida de que los españoles no sabemos lo que tenemos, que no creemos en lo que tenemos, ha sido dicha mil veces por otros tantos mil expertos, y cada vez que la leo, me sienta como una patada en los mismísimos cojones.

De Tim no me lo esperaba porque me da la sensación de que es un tío que no solo conoce el vino de España y si no que sabe cómo somos los españoles (cosa que no se puede decir muchos de nuestros gurús patrios); pero lo peor es que el entrevistador asume la respuesta, pasa al siguiente tema, cuando lo suyo hubiera sido repreguntarle:

- Tim, ¿por qué crees que ocurre eso, en qué te basas?, ¿no crees que esto pasa, no porque no queramos, si no porque no nos lo podemos permitir?

Y ya puestos a preguntar, yo le hubiera hecho un par más:

-  Tim, majo. Has traído a tu salón a la flor y la nata del vino español, ¿cuántos de ellos crees que realmente, de verdad, les preocupa que los españoles no creamos en lo que hacen? Pero sinceramente, no de boquilla.

- Y por otro lado. De los que estáis aquí, tú incluido, ¿cuántos realmente estáis haciendo algo, o habéis tenido una idea, un proyecto por acercar el vino a esos españoles que no creemos en lo que tenemos? Pero no cuatro líneas en un papel o una declaración de intenciones, o un manifiesto en un club social patrocinado por la Mahou, o las típicas frases como la que te acabas de marcar.

No.

Hechos.

¿Cuándo los Tim Atkin, los Peñín, las Jancis, los Parker… van a hacer sus actos más grandes (como puede ser la presentación en primicia de sus guías) en Zamora, Badajoz, Teruel o Santander? Por citar unos ejemplos, dejar a Madrid y Barcelona de segundo plato por una vez en la vida.

Pero la cuestión es echar la culpa al consumidor.

¿Por qué? Pues porque es lo más sencillo que hay.

No.

A nosotros no nos interesa el vino, no nos acercamos al vino y no tenemos criterio, porque no queremos.

Punto.

Esa es la tesis.

Los inmovilistas somos nosotros.

Me podéis decir que en tal pueblo o en tal ciudad o en tal palacio donde está la sede de la diputación provincial, cada año se hace un encuentro o una presentación de los vinos de las bodegas locales, cosa que me parece estupenda y que sería poco menos que magnífico que se hicieran más y en todas las provincias.

Y ya sería la locura total si alguna consejería de agricultura de cualquiera de las comunidades de España, aprovechara subvenciones del estado y de Europa para promocionar vinos en otras comunidades españolas, pero no como un acto institucional. No. Presentar el vino en un espacio público, por donde pasa la gente todos los días, que se vean, que se den a probar.

Esto sí sería cultura, esto sí sería fomentar la relación entre el vino y la sociedad que lo consume, y no esta impostura, mal disimulada que algunos nos quieren vender.

El mito de la cultura del vino proviene de la idea de algo elevado, místico. Es la exaltación en los convivium y symposion; son las reuniones de Madame Pompadour con la élite intelectual de la época; son las mesas de palacio con exquisitos platos, es Churchill pidiendo más champán. Es una persona que es capaz de identificar un vino son tan solo olerlo o cincuenta borregos que van con un vaso de plástico de la mano a ver si le caen cuatro gotas de un champán de 2000€ la botella.

Cuando el legionario romano bebía posca, cuando en el pueblo se bebían vinos rancios, avinagrados o mezclados con agua (en el mejor de los casos). Cuando se pisaban las uvas, las romerías, las fiestas del pueblo, ver quien se manchaba menos bebiendo del porrón o de la bota, a eso no se le calificó como cultura.

En el mejor de los casos lo llamaron folklore.

Pero ahora vienen a que ¡nosotros! reivindiquemos nuestras raíces históricas y sociales, nuestras transcendentales costumbres como tesoro que conviene perpetuar. ¡Hay que volver al vino de nuestros abuelos!, nos dicen, a pesar de que ese vino, hoy en día, diríamos que es una porquería.

En definitiva, quieren hacer un banderín de reenganche ahora que las ventas se hunden.

Claro que la cultura del vino tiene que relacionar a aquellos que elaboran el vino, desde el campo a la bodega, con quienes lo bebemos, como lo bebemos, cuando lo bebemos, qué repercusión social tiene, pero se olvidan de que esta cultura convive con otras culturas de consumo, como puede ser la de la cerveza.

Sería un error infravalorar esta cultura, como hacen algunos, al considerarla cultura menor, o incluso negarle la condición de cultura.

A estos, me gustaría recordarles que sólo el consumo de cerveza con alcohol ya triplica al consumo de vino, y lo quintuplica si se tiene también en cuenta la cerveza sin alcohol.

Bastaría recordarles que en octubre se celebra una fiesta de la cerveza en Baviera, con tal repercusión mundial que ya se replica en todo el mundo.

Decidme: ¿Qué fiesta del vino hace eso?

Y hacedme un favor, no vayáis a decirme que la Feria de Abril de Sevilla.

Habría que contarles que más del 90% del lúpulo en España se cultiva en la provincia de León, que aunque no sea tan conocido, también hay variedades, hay terroir, hay investigación científica y técnica, y que este lúpulo se exporta a otras partes del mundo.

Habría que decirles que aunque en España solo consumamos fundamentalmente dos tipos de cerveza, hay muchísimas más, con sus características y su historia. Que aunque no tenga, ni de lejos, la tradición y la historia que tiene el vino en nuestra tierra, si la tiene en países no tan lejanos a nosotros.

Por eso, por eso mismo, debemos cuidar, mantener y evolucionar nuestra cultura del vino, no podemos ningunearla o, peor aún, utilizarla a conveniencia del interés de unos pocos.

Parafraseando a los Sex Pistols, Dios salve al vino (y a nosotros, también).



26/08/2026

Si el vino no es el problema, el problema eres tú. (I/II)

I'm learnin'to taste again

Uno de los motivos que me llevó a crear este blog y después el no-podcast, fue defender una idea muy sencilla:

- que en este país se pueden beber muy buenos vinos a precios razonables, incluso asequibles; que no hace falta comprar etiquetas míticas ni dejarse un pastizal para disfrutar de un buen vino.

La idea sigue viva, aunque con el paso del tiempo he tenido que matizarla un poco: la realidad es bastante más complicada de lo que uno podía llegar a pensar.

A veces tengo la sensación de que bodegueros, distribuidores, tiendas, hostelería y nosotros, los consumidores, no terminamos de escucharnos. Hay tanto ruido de fondo que cada vez resulta más difícil entendernos.

De esta ecuación, he excluido (deliberadamente) a gurús, prescriptores, prensa, winefakers, y mis amados concursos y premios del vino; por una única razón:

A ellos no les interesa el vino.

Sólo les interesa vendernos los vinos que pasen por su caja.

Me podéis decir, “no, hombre, no son todos iguales, hay verdaderos profesionales interesados en hacer bien su trabajo.”

Y si, es así.

Hay justos en Sodoma.

Hay profesionales que deberían ser el referente de su sector, pero la realidad es que hay más pecadores que justos; pecadores que hacen más ruido, a los que se les presta más atención por el cómo dicen las cosas, que por lo que dicen, y que en muchos casos silencian e incluso los ningunean a quienes se les debería prestar más atención.

Un ejemplo: tenemos un gurú, muy respetado, con predilección por una determinada zona de vinos de España, enamorado de los vinos franceses, con amplios y sólidos conocimientos (siendo completamente sincero); que entre copa y copa va repartiendo hostias a otras denominaciones:

Que si son muy malas…

Que si no tienen ni idea de hacer buen vino…

Que si hacen buenos vinos luego no saben venderlo...

Pero un día, una de esas horribles denominaciones le llama y le dice: ¿cuánto nos cobras por venir a un encuentro que organizamos y hablas bien de nosotros?

El otro, que no es tonto, les pasa la tarifa. A los de la denominación les cuadra, lo pagan y ya puestos, le ponen hasta las trancas de lechazo y cochinillo en Peñafiel por la cara.

Y entonces ocurre el milagro.

Donde antes decía digo, ahora dice Diego.

Durante esos días, todo son alabanzas, elogios, se echan flores los unos a los otros: “yo siempre he creído en vosotros”, dice el gachó.

Pero cuando el entusiasmo (y la pasta) se enfrían, Diego transmuta en digo y el tío vuelve a rajar... hasta que aparece otra propuesta, otra invitación y el consabido atracón de cortesía.

Entiendo perfectamente que todo el mundo tiene que comer, pagar sus facturas y comprar los vinos que le gustan (concretamente, los que no le regalan), pero una cosa es ganarse la vida y otra muy distinta poner el criterio en alquiler, o peor aún, poner su coherencia al mejor postor.

Este tipo de cosas no son una simple anécdota. Forman parte de un problema mucho más profundo.

Cuando llevas un tiempo observando cómo se comunica el vino, acabas dándote cuenta de que casi todo gira alrededor de las mismas ideas, de los mismos lugares conocidos y los mismos personajes.

Y aquí es donde aparece una expresión, no sé si decir un dogma, que llevamos años repitiendo sin detenernos demasiado a pensar qué significa realmente: "cultura del vino".

Creo que entre unos y otros hemos manoseado tanto el término "cultura del vino", que ha acabado significando casi cualquier cosa. Se ha vuelto tan difuso que cada uno lo utiliza como le conviene.

Cuando empecé con el blog, hará ya quince años, para mucha gente tener cultura del vino significaba conocer determinadas bodegas, determinadas zonas, determinadas variedades de uva; saber quién era el enólogo de tal o cual bodega, cuántos meses había pasado un vino en una barrica o si Parker le había dado 94 o 95 puntos a un vino de Barbate.

Era, en el fondo, una cultura basada en soltar datos. Puede que en tu puta vida hayas probado un Borgoña de mil euros la botella y, aun así, pasar por un auténtico entendido si recitabas marcas, nombres y puntuaciones, como el que dice de carrerilla la lista de los reyes godos o la alineación del Real Valladolid que ganó la Copa de la Liga en 1984.

Bajo ese prisma, yo mismo pensé y pasé muchos años diciendo que en España no había esta cultura del vino.

Poco antes de la pandemia, este concepto de cultura, vamos a llamarla erudita-elitista, empieza a cambiar y a ampliarse. Se sigue dando importancia a conocer datos del vino, pero el relato se humaniza. Si antes parecía que el vino lo hacía únicamente el bodeguero en la penumbra de su bodega, ahora también se mira a quien cultiva la viña, a quien la cuida, las personas que deciden cómo y por qué ese vino acaba siendo como es y cómo se pone en el mercado.

Pero, sobre todo, por fin se empieza a reconocer el papel que el vino ha tenido a lo largo de la historia.

Nos dan cuenta que el vino ha estado presente en todos los estamentos sociales todo este tiempo:

del rey a la mendiga, de la fiesta al duelo, pasando por la comida; de la abuela al nieto; desde los cartagineses, griegos y romanos, al hombre y mujer moderno actual.

Tal y como nos lo cuentan, parece como si se te tuviera que llenar el pecho de orgullo. Dan ganas de servirte un vino, levantar la copa sujetándola desde el fuste (como no puede ser de otra forma); contemplar el divino elixir como si ese líquido te fuera a revelar el sentido de la vida. Deberías notar cómo te embarga una emoción ancestral, ¡casi podrías escuchar a romanos, griegos y cartagineses, brindando fraternalmente por el nacimiento de la civilización occidental!, mientras el legado de incontables generaciones de viticultores fluye por tus venas. Y, en ese momento, ese instante casi místico, comprendes que no estás bebiendo vino: ¡estás paladeando siete mil novecientos cuarenta siete años de historia líquida, el alma de nuestra tierra y el sacrificio de nuestros antepasados!

Y todo eso nos lo están vendiendo…, igual de mal que yo te lo estoy contando.

 

Estoy muy de acuerdo con que hay que concederle reconocimiento a cómo el vino ha influido en la sociedad, cual ha sido la relación con el territorio, con la gente, con la gastronomía, y la relación social que tiene, tanto para lo bueno como para lo malo. La cuestión es que esto no se está haciendo de una forma completamente sincera, es un poco… una impostura.

¿Por qué digo esto?

Como he contado en los episodios 2 y 11 del podcast, creo que en España no existe una única cultura del vino. Existen, al menos, dos.

Una es la que yo llamo cultura madre: la del vino como bebida alcohólica cotidiana, social y popular.

La otra es la cultura hija: una cultura especializada, más hedonista, donde el interés ya no está solo en beber vino, sino en conocerlo, compararlo y que te vean beberlo. Que se te note que hay perras, vaya.

La cultura madre se cimentó, por un lado, con el vino de autoconsumo, el que elaboraban las familias para ellas mismas y para su entorno más cercano. Por otro, con el vino a granel elaborado por bodegas y cooperativas locales, y que… muchas veces, seamos sinceros, eran bastante malos y con graves defectos.

En los últimos treinta años esa realidad ha cambiado.

Estos vinos que podríamos considerar de proximidad, se sustituyen, en su gran mayoría, por vinos elaborados por grandes bodegas y cooperativas industriales de cualquier parte de España. Son vinos mucho más seguros desde el punto de vista sanitario, técnicamente mejores, pero en su mayoría, son vinos de calidad es mediocre. Existe, también, una minoría de vinos hechos por bodegas medianas y pequeñas, de calidades mejores pero muy dispares, cuya característica común es que el precio por botella no sobrepasa, en el mejor de los casos, los 30€.

La cultura “hija”, la hedonista, es esa cultura erudita-elitista a la que me refería al principio, es una cultura en la que se consumen vinos de calidad alta, y que ya no son tan accesibles al público general, tanto por distribución como por precio. Es una cultura de consumo de marcas y nombres propios, en la que los vinos extranjeros están presentes, no son una minoría discreta.

Ninguna de las dos es mejor que la otra, pero hay quien se empeña en hacernos creer que solo puede haber una única cultura verdadera.

Adivinad a cuál de las dos se refieren… 



25/05/2026

#NoLo (vais a creer)




Ea.

Pues ya tengo una nueva muesca en mi revólver enovitivinícola:

Ya he probado el vino desalcoholizado, y no solo un vino, no.

He probado dos vinos sin alcohol:  uno tinto y otro blanco.

 Ahí, arriesgando a tope.

No me han gustado, o al menos no lo suficiente.

Realmente, la entrada podría terminar aquí. El vino desalcoholizado, el vino sin alcohol no es para mí.

Hala, hasta luego.

Pero dejad que os cuente algo más de lo sucedido con esos dos vinos.

He probado un Natureo 0,0 Muscat de Torres y un Win 0 de Matarromera. No he escogido estos vinos al azar. De entre todos los vinos sin alcohol que he visto en los súper/hiper que hay por la zona donde vivo, estos son los más comunes.

Hay que reconocer que Torres (a excepción del Lidl), está en todas partes. Esto me jode un poco, porque demuestra que si se quiere, se pueden poner vinos en casi cualquier parte.

Vale, me vais decir que Torres no es una bodega pequeña y que tiene un músculo que no todas las bodegas tienen; pero si han logrado colarnos hasta la gola sus vinos sin alcohol, se pueden poner BUENOS vinos a BUEN precio en cualquier parte. Pero bueno, de eso habrá que volver a hablar en el futuro (otra vez)

Al tema.


La intención de la cata era haberla grabado en vídeo y haberla subido a las plataformas en las que tengo el no-podcast y que admiten video. Incluso pensé en subirla al blog también. Pero tras varias pruebas, no terminó de convencerme como quedaba. La cámara del portátil da para lo que da, y más allá de lo feo o muy feo que pueda salir en un vídeo (poco me importa), a la hora de la verdad..., el resultado no era el que buscaba. Tengo otras ideas para hacer un episodio en formato vídeo. Todo se andará.

Finalmente decidí grabar la cata en riguroso directo para el podcast, y ahí la tenéis a vuestra disposición el episodio nº 26 (dejo un enlace al final del blog).

Problema: las catas no son lo mío, y hablar por el micrófono de forma demasiado…, espontánea, ha hecho que no haya contado todas las sensaciones que me han dejado ambos vinos en el momento de la grabación, y obviamente, tampoco he podido contar las que me dejaron cuando volví a beber los vinos horas después.

Por eso mismo, he decidido trasladar aquí la cata de ambos vinos, mucho más completas e inteligibles. Sacad la libreta de apuntes.

 

Natureo 0,0 Muscat 2024. Bodegas Torres.

Torres ha elegido una botella tipo Rhin (creo que es como se llaman este tipo de botellas) para sus vinos desalcoholizados. Me gusta el detalle de que el tapón sea de rosca. Realmente el corcho, aunque fuera de silicona, no tiene demasiado sentido aquí. “No added flavours” reza una etiqueta en el cuello de la botella. Chorrocientos premios y medallas avalan este vino. (Ya sabéis lo que opino de estos engendros)

Según la web de la bodega, está hecho a base de moscatel de Alejandría. El color es bonito, amarillo pajizo, a primera vista me pareció ver algo de vede al borde. Brillante. Los aromas son los típicos de la variedad, flores blancas, manzana y pera, algo parecido a limón. La verdad es que de aromas va bien cargado. Son intensos, correctos, demasiado perfectos diría yo. En cuanto a sabor… es un mosto blanco, dulce, pero diluido. Tengo una sensación de limón o de algo cítrico cuando termino el trago.

 Es demasiado ligero.

Cuando bebes vino, el alcohol tiene peso en la lengua. Con este Torres, me da la sensación de estar bebiendo agua o un vino aguado, porque aunque a primer trago lo haya identificado como un mosto sin alcohol, los mostos, los zumos de frutas noto que son más densos. Como no he probado este tipo de vinos, quizás me extrañe esa sensación. No es desagradable, pero es rara de narices. Horas después, el sabor se ha vuelto más ácido, pero no el ácido normal del vino, sino que se ha vuelto más tirando a limón o a una mandarina ácida. La sensación de estar bebiendo un zumo de bote se vuelve muy intensa. Si bien la primera cata, la del podcast, me dejó sorprendido porque el sabor era agradable, conforme han pasado las horas, el vino se ha convertido en una especie de refresco cítrico, muy cítrico. Hace un montón de años, Pepsi y Cocacola lanzaron unos refrescos de “frutas”, Fruitopía y The Radical Fruit Company. Bueno, pues así sabía este vino.

Conclusión: es agradable, se deja beber, pero no va más allá de un refresco de frutas. Mejor que un Tang pero mucho peor que un mosto industrial. Como decía en el podcast, es un refresco, una bebida que ya existe en el mercado, pero esta es mucho más cara, casi 8,50€ que me costó la botella. No aporta nada más allá del postureo de decir que estás bebiendo un vino sin alcohol. Punto.



Win 0 2025 Tempranillo. Bodegas Win (Matarromera).

Con este pseudo vino voy a ser muy claro, corto y conciso: no vale ni como refresco. No lo compres, de verdad. No merece la pena. Los casi 9€ que me he gastado en esta botella me hubiera merecido más la pena habérmelos gastado en otra cosa (moto Greip, cervezas artesanales, 10 sobres de Tang…).

Bueno. Mejor en un vino de verdad. Sinceramente.  

Por seguir como el anterior, Matarromera ha decidido meter este “mejunje” en una botella bordelesa y ponerle un corcho de silicona. El vino tiene un color rojo, granate, borde violeta, es lo único positivo que se puede decir de este vino. El olor inicial es como de medicina, concretamente, a esta:



En alguna ocasión, con vinos tintos, he tenido la misma sensación, pero no tan fuerte. Afortunadamente, ese olor se va a disipar, y en su lugar va a oler… a NADA. Y cuando digo a nada, es a nada. En un principio pensé que el vino estaba frío. Le di quince minutos, que cogiera algo de temperatura y se desprendiera algún aroma, algún olor. Nada, seguía prácticamente igual. De fondo había algo parecido a frutas negras, pero creo que fue más por sugestión que por verdadero olor o aroma. De sabor…, nada, nada, nada. Es un líquido ligeramente dulce y cítrico. Al igual que el Natureo, es muy fluido, demasiado. Me hubiera resultado muy fácil creer que es un vino aguado, que ni siquiera haya necesitado una destilación completa. Es como si hubieran destilado una parte y se la han añadido a un vino normal y corriente. Incluso creo que hubiera sido hasta mejor.

Le di varias horas más por si acaso, a ver si como en el caso del vino normal y corriente, necesitara tiempo para abrirse. Pero nada. Más acidez y poco más. Habré tirado como media botella al fregadero.

Insisto: no sirve ni como refresco.

A ver. Sé que sacar conclusiones habiendo probado solo dos vinos desalcoholizados, es tomar el todo por una parte, pero esta “experiencia” ha marcado o va a marcar el que yo quiera probar más vinos sin alcohol. Creo que estos dos vinos, a tenor de lo que leo, son de lo más representativo de su gama, al menos en lo que se refiere a venta en supermercados…, pero…, claro…

¿Cuál podría ser el siguiente vino desalcoholizado a probar?

¿Me arriesgo a comprar un vino más caro, y que en vez de tirar 9€ por el fregadero, tire 15 o 20€?

¿Compro un vino desalcoholizado de 4 o 5€, lo que quiere decir es que el vino base no cuesta más de 3€/botella?

Y voy a darle otra vuelta a esto.

Con los métodos actuales, ¿qué tipo de bodegas pueden permitirse hacer vino desalcoholizado?

Sólo dos tipos:

1.   Bodegas con funcionamiento puramente industrial, es decir, vino industrial desalcoholizado.

2.   Bodegas con un músculo financiero que le permita arriesgarse en invertir en esta gama. Unicornios financieros, vaya.

Es decir, hay que olvidarse de bodegas pequeñas, artesanas, que les cuesta incluso sacar beneficios con lo que ya están haciendo. Invertir en una maquinaria que realice una desalcoholización, no es nada barato.

Del primer tipo de bodegas, vamos a obtener vinos desalcoholizados malos o muy malos, pero porque parten ya de vinos muy malos. Si encima la desalcoholización se va a llevar aromas y sabores, pues…

Del segundo tipo de bodegas…, a ver. Hay vinos buenos, o cuanto menos decentes, que se hacen por cientos de miles de litros. Se podrían dedicar unos pocos de miles de litros para desalcoholización, apostar por ver como lo recibe el mercado. Pero, claro, es el mismo mercado del que dicen, auguran, vaticinan que el vino sin alcohol está en auge; pero qué queréis que os diga, yo veo que esas botellas acumulan la misma cantidad polvo como todas las botellas de vino en un súper.

No me resisto a terminar con algo que he visto en la etiqueta de la botella de Matarromera: vino hecho en una bodega sostenible.

A ver.

Me puedes vender que te has esforzado al máximo en el viñedo para hacer una viticultura sostenible, que apenas hayas usado fitosanitarios, que hayas intervenido lo mínimo para hacer un vino auténtico, fiel y respetuoso con una filosofía y con el origen de la uva; que lo hayas elaborado con el máximo interés, usando técnicas que tratan de sacar su máxima expresión; que además tienes no sé cuántas certificaciones bio, eco, ultra, DIN, UNE en ISO… para luego gastar un montón, pero un montón de energía para:

-      pasarlo al vacío.

-      calentarlo a unos 30º, si no son más. Tratad de imaginar la energía necesaria para calentar miles de litros de vino a esa temperatura, aunque sólo sea unos segundos.

-       en algunos casos, también lo están centrifugando a miles de rpm durante el proceso.

-      recuperar aromas y sabores para luego añadirlo a posteriori al vino desalcoholizado y homogenizarlo todo de nuevo, casi seguro que de una forma mecánica a muchas rpm.

-      y a mayores, hay que pensar qué uso darle al alcohol que has retirado, o cómo destruirlo de forma legal

¿Realmente eso es sostenible?

 Francamente, a día de hoy me parece muy complicado que el vino sin alcohol/desalcoholizado logre hacerse un hueco en la cesta de la compra: 

- no le va a gustar al aficionado del vino. No va a pasar como el consumidor de cerveza que puede abrirse a probar la cerveza sin alcohol como cualquier otro refresco. Aunque la cerveza también posee un ritual ornamental y social, los del vino están mucho más marcados, más acentuados. La mayoría de los consumidores de vino considera al vino sin alcohol una aberración.

     -  no va a calar a un consumidor que busca bebidas no alcohólicas. Existen productos similares mucho más implementados y que gastan millonadas en publicidad, y que con tres campañas pequeñitas, pueden tapar, ocultar, incluso ridiculizar este refresco. (Distinto sería que las grandes empresas apostaran por este producto).

 --  si es una tendencia, todas ellas tienen un principio, un auge y una caída. En estos tiempos, cada 18 meses hay una tendencia de consumo nueva (fijaros en el pistacho). ¿Realmente el vino desalcoholizado dejará de ser una tendencia y convertirse en algo…? Bueno. Primero tendría que ser realmente una tendencia de mercado, no de marketing.

Con el vino azul (o de colorinchis) y el vino en lata, estuvimos como unos dos-tres años con cada uno, a base de noticias, tendencias, estudios que decían que aquello era un consumo en alza, unas previsiones de ventas futuras del copón… y a día de hoy, ya nadie se acuerda ni del uno ni del otro, ¿qué es lo que hace pensar a bodegas y sector del vino que el vino sin alcohol tiene futuro?



04/04/2026

Sobre los premios AEPEV: (y VI) Epílogo.

 


Sí. Esta es la última entrada sobre los premios AEPEV, hoy termino con casi 3 meses de redacción y análisis de este premio-concurso.

Como os decía en el episodio 25 del no-podcast, tenía redactadas las 5 entradas anteriores, solo había que pasarles una última mano de lija y darle el barniz. Ya estaba con la redacción del guion del no-podcast, y pensé que lo mejor sería que volviera a escuchar (por tercera vez) el episodio 22. Todo iba según lo esperado, hasta que oí como nombraba la marca de un vino: Vega Tolosa brut nature.

Ostras, ¿dónde he visto yo ese nombre antes?

Obviamente, es un vino premiado en el PwC, el nuevo concurso de la AEPEV, pero ese nombre me sonaba de otra parte.

En el medallero del 2025 del premio de la AEPEV no estaba, pero me sonaba de haberlo leído en alguna parte.

Bingo.

Estaba en la lista de finalistas de 2025.

En ese momento no le di mayor importancia. Una casualidad, me dije.

El caso es que mientras estaba escribiendo el guion del episodio 24, no paraba de darle vueltas a esa casualidad, ¿y si hubiese más?

Yo también ando trasteando con las IAs, subí los medalleros del PwC y del AEPEV y les dije a ChatGPT, Gemini, y Claude, que buscaran coincidencias. Cada una me dio un número distinto, pero muy bajito. La diferencia de coincidencias entre las tres inteligencias estribaba en cómo trataban los datos. Una variación de una tilde, la falta de un guion, y seamos francos, que cada medallero está hecho por su padre y por su madre, hacía que se saltaran o no supieran ver posibles coincidencias.

Con la experiencia del análisis de Bacchus, convertí los pdf de cada medallero a una hoja de cálculo, apliqué varios filtros para normalizar el nombre de marcas, vinos y categorías de ambos premios, y encontré 9 coincidencias.

Bueno, ni tan raro.

Repasando los nombres, me di cuenta que el Vega Tolosa no aparecía como coincidencia. Claro, el Vega Tolosa no había ganado nada en el premio AEPEV, se quedó como finalista…

Durante 1 minuto pensé si confrontar la lista de finalistas del premio de la AEPEV con el de ganadores del PwC. Al principio pensé que no era lo mismo, es como comparar una naranja con un zumo de naranja, pero una vez más, me pudo la curiosidad.

Nueva conversión, nueva normalización (qué pesadilla, de verdad) y pensé en darles una nueva oportunidad a las IAs.

GPT me dijo que había alcanzado el límite diario máximo de subida de archivos, a Claude se le fue la olla y me dijo que lo intentara otro día, y Gemini me dio un número relativamente alto: 22.

Ahí ya me quedé un poco picueto y me lancé a hacerlo a mano.

No eran 22 coincidencias.

Son 29.

Y eso solo en vinos.

29 de los 94 premiados del PwC formaban parte de los finalistas del premio AEPEV. Eso es casi una tercera parte, ya es menos casualidad.

Y ojo. Son 29 premiados, si se hubiera publicado la lista de participantes del PwC, ¿aumentaría mucho estas coincidencias?

El Press Wine Competitions es un concurso muy parecido al Bacchus, tiene un límite de ganadores. Como máximo puede haber un 30% de vinos premiados por cada categoría, es decir, si se presentan 10 vinos blancos sin madera (sic), sólo pueden ser premiados 3, aunque alguno de los siete restantes tenga la misma puntuación del último de los premiados; lo que me hace suponer que sí, que en caso de saber la lista de participantes, es más que posible que hayan más de 29 coincidencias entre ambas listas.

Tal y como he dicho en el no-podcast, puedo pensar bien, mal o regular. Puede ser que alguien considere que este número de coincidencias es relativamente bajo.

Yo opino que no, que este número de coincidencias no tienen una explicación tan sencilla, esto ya no es que voten pocos socios, o que voten lo mismo, o que se vote a favor de un vino o de una bodega.

No.

Siendo algo inocente, puedo llegar a pensar que algunas bodegas han querido colaborar con la AEPEV. La inscripción de cada vino costaba (según la web del concurso) 120 o 125€ (en las FAQ pone ambos precios, como se puede ver en las capturas que dejo abajo), aunque en función de los vinos presentados, este precio se reducía si se presentaban más de 2 muestras.



A este precio hay que añadir el que por cada vino hay que enviar tres botellas, más el pago de los correspondientes gastos de envío. Una bodega que haya presentado 5 vinos a concurso, por lo bajo, ha tenido que pagar 350€ de inscripción (rebaja incluida), y enviar 15 botellas. A eso, como mínimo, se le puede llamar una colaboración generosa.

Durante unos días, he sopesado si hacer un análisis más profundo del concurso, pero creo que voy a hacer algo mejor: os voy a dejar los cuadros con las comparaciones entre las listas de los finalistas de los premios AEPEV 2025 y los ganadores del concurso PwC 2025, y así sacáis vosotros las conclusiones.

 

Pequeña aclaración: como no coinciden las categorías del premio con las del concurso, he normalizado las del concurso al premio. Por ejemplo, en el PwC hay dos categorías de espumosos, las he unificado en una sola categoría. En el caso de los vinos tintos, el PwC tiene una categoría de vinos jóvenes, otra de vinos de primer y segundo año; y otra de vinos de añadas anteriores. He unificado la de vinos jóvenes con la de vinos de primer y segundo año. Me parecía lo más aproximado.

En las imágenes, a la izquierda vais a ver el listado de finalistas del premio AEPEV, a la derecha el listado de premiados del PwC. Sombreados en amarillo, las coincidencias de vinos premiados en el PwC y que son finalistas en el AEPEV. Los sombreados de color naranja, son los vinos ganadores en ambos eventos. He dejado debajo de cada lista el número y porcentaje de coincidencias, a modo ilustrativo.

Pasen y vean.

 

Vinos blancos sin madera


Vinos blancos con madera.



Vinos rosados.


Vinos tintos jóvenes.
Vinos tintos otras añadas.
Vinos espumosos.
Vinos dulces.
Vinos generosos.

Como podéis ver, no se tratan de coincidencias sutiles. A excepción de la categoría de generosos dónde no hay coincidencias (solo hay 2 vinos ganadores en el PwC), y en la categoría de vinos blancos con madera, donde sólo hay 1 coincidencia; en el resto de las seis categorías, el porcentaje de coincidencias supera el 20%, llegando en algunos casos a ser del 100%

Es evidente que hay una “contaminación” entre premio y concurso.

Cómo de casual o de provocada es esa contaminación…

Desde fuera no se puede saber, es la primera edición del concurso.

Por un lado, quiero ser bien pensado, pensar que son una serie de coincidencias debidas a la relación de la AEPEV con las bodegas, y que con el paso del tiempo, estas coincidencias tenderán a ser menos (o al menos, deberían ser menos).

Por otro lado…, por otro lado pienso que esto es demasiado sospechoso, que con el tiempo se va a ver si hay un juego interno entre ambos eventos, es decir, lo que no te doy en uno, te lo doy en el otro...

Lo que está claro es que esto se va a ver con el paso del tiempo, porque otra cosa no, pero tiempo por delante, hay mucho.