21/02/2024

Trasteando con Audacity.

 

Entre tuit y tuit, ando trasteando un poco con Audacity, un sencillo editor de audio, con el fin de hacerme un poco a él, ya que los trabajos escolares de los niños de hoy en día, algunos lo llaman proyectos, incluyen crear podcast para luego emitirlos en el cole en una especie de radio escolar.

Bueno, por eso y porque también me interesa manejarlo bien para el mini-proyecto de las audio entradas del blog, para que nos vamos a engañar.

La práctica ha consistido en realizar un segundo episodio del complemento sonoro del blog, no lo llamo podcast porque el nombre me viene grande, y siendo completamente sincero, no llego a la altura del sublime podcast de @BodegaAteneo sobre Vangelis (aquí os dejo el enlace) o el mismo podcast Vino entre amigos, que tanto Bodega Ateneo como yo colaboramos. Confieso que la entradilla que hago en ese episodio, se la he copiado a   @WineInspirers (¡gracias!).

Y poco más, aquí abajo os dejo los enlaces a Spotify y a Ivoox por si queréis escucharlo.

Muchas gracias de antebrazo.



09/01/2024

¿Tiene que ser más caro el vino? 1ª parte: Las mentes pensantes.


Dale al play si prefieres escuchar esta entrada.


Aunque la pregunta lleva dando vueltas por ahí un montón de años, desde la pandemia se ha ido haciendo más fuerte, perdura en el tiempo, ya no se limita sólo al tiempo en el que dura la vendimia, cuando bodegas y viticultores mal llegan a un mal acuerdo en el que quien vende su uva casi nunca está conforme con el precio al que se la pagado, y no es para menos. Habrá quien siempre salga ganando con el precio al que se lo pongan porque si alguien se va a quedar en la ruina ese siempre será el que se encuentre más abajo en la cadena de alimentación, ¿qué el bodeguero dice que solo me paga a 0,38€/kilo la uva?, pues alguno o alguna intentará pagar la mano de obra a precio de usura. Y lo mismo pasa con la naranja, con el melocotón, los tomates o el kilo de trigo, que de eso también habría que hablar (y mucho), la mierda de pan que comemos y que pagamos a precio de oro.

El problema ahora es que se ha juntado el hambre, las ganas de comer, mucho vino almacenado y pocas ganas de hacer nada.  Bueno, las pocas ganas de hacer nada no es ninguna novedad, seamos sinceros, las mentes pensantes del vino siguen esperando a que por arte de bir li bir loque la gente de este país se decida a volver a beber vino, a ser posible mucho y muy malo. Como ya he dicho otras veces, vino bueno en España se ha bebido siempre y siempre por los mismos, a saber: los que lo hacen, los que lo pagan, los que “se lo agencian” y a los que se lo regalan. Bienaventurados todos ellos y ellas.

Mientras estos sesos con patas siguen mirando al Este cada amanecer esperando a que llegue un Gandalf a vaciar sus bodegas, los consumidores por iniciativa propia o llevados por gente más realista, hemos decidido que no hay necesidad de beber porquerías porque si, y si hay que beber porquería, podemos decidir con cuál de ellas nos queremos envenenar.

El caso es que de tanto esperar a que llegue el mago blanco o que se obre el milagro de Moisés, ni se quiere ni se puede dar salida a todo el vino inmovilizado en bodegas y almacenes, muchos menos con la vendimia ya terminada. Si antes quedaba poco o nada de sitio en las bodegas para guardarla, una vez que comience el embotellado, mucho menos. A esto hay que añadir las subidas de precio, entre otras cosas, de los materiales y la energía (qué os voy a contar, ¿no?) y que los sueldos de los mortales… pues no han subido tanto. Quedaros con este último concepto, que lo retomaré en la segunda parte.

A pesar de ello, hay gente que busca soluciones, mejores, peores, pero al menos hay alguien que piensa como se puede solucionar, aunque estas soluciones se basan en destruir la viña y/o destruir el vino, tirarlo por la fregadera, vamos. Mejor o peor, es un primer paso, o al menos se supone que es un primer paso, y hasta cierto punto tiene sentido. Es un poco muerto el perro, se acabó la rabia y si se hiciese de una forma quirúrgica, bien pensada y enfocada a futuro, pues ni tan mal, sería traumático, pero al fin y al cabo permitiría hacer tabla rasa y empezar desde un punto, que no sería cero absoluto, pero sería un punto de partida. La idea no es original, en Francia, por ejemplo, apuntan al arranque de miles de hectáreas de viñedo (aquí un interesante artículo) subvencionado por el gobierno francés y con el permiso de Bruselas, dando como “excusa” el querer erradicar una enfermedad de la vid, pero es una excusa barata, también en Francia está bajando el consumo de vino de una forma sostenida desde 1961 y algo más acelerada desde hace 20 años y también les sobra vino. 

https://www.observatoriova.com/2023/07/evolucion-del-consumo-en-los-20-paises-con-mayor-ingesta-per-capita-de-vinos-del-mundo/#:~:text=Francia%20tiene%20el%20segundo%20mayor,vitivin%C3%ADcola%2C%20muestran%20una%20evoluci%C3%B3n%20similar.


En España se espera que también se den ayudas para arrancar viñedo, pero tanto aquí como en Francia, la pregunta sería ¿qué viñedo se quiere arrancar? En Francia dicen que ha de ser el viñedo que produce el vino de peor calidad, pero eso habría que verlo. Aquí, en España, la cosa no está tan clara, el runrún y la experiencia de los últimos años apuntan a que se arrancaría viñedo menos productivo para dejar viñedo más productivo, que traducido al castellano popular quiere decir que la idea es seguir haciendo vinos de mierda (sic) porque es lo que se compra aquí en el supermercado y a granel en el resto del mundo (Francia incluida). De todo tiene que haber en el mundo y en este país se ha decidido que hagamos vinos forrajeros. Enhorabuena, también, a todos los premiados.

Pero, por un momento, sólo por un solo momento imaginemos que entra la cordura en las casas de los que tienen que decidir cosas, en las consejerías y ministerios del ramo, y decidieran que lo que hay que arramplar es con la producción de vino de bajísima calidad (nótese que he dicho “de bajísima”), y que el viñedo que nos sobra es el que produce ese vino.

 Pues bien:

-       ¿Quién y cómo se tomaría esa decisión?

-       ¿Cuáles serían los criterios para arrancar esos viñedos?

-       ¿En cuántos años habría que realizarlo?

-       ¿Quiénes serían los más perjudicados?

Respondan primero a la última pregunta.


Sigamos suponiendo (ya puestos) que las cosas se van a hacer con cabeza y que se establecen unos criterios más o menos ecuánimes, supongamos que se establece el arranque de determinadas hectáreas, que se dan una serie de ayudas que llegan en tiempo y forma para este arranque (si, ya sé que es demasiado imaginar); y se consigue que buena parte de ese vino de bajísima calidad se deja de hacer, las bodegas supervivientes pueden ver por fin la luz al final del túnel, vamos, que se empieza a realizar menos vino pero de más calidad, la siguiente pregunta sería ¿alguien ha pensado en el consumidor final de esos vinos, es decir, en nosotros?


25/02/2023

Sobre los concursos y premios del vino, 4ª parte ¿Para que sirve un concurso de vinos? (y II)

 

Echando un vistazo a los ganadores españoles de los distintos galardones de concursos de vinos, abruma la cantidad de vinos que se producen por decena o centenares de miles de botellas, es decir, bodegas industriales como Félix Solís, García-Carrión, Freixenet, Grupo Zamora (Ramón Bilbao), grandes cooperativas, etc. Los reconocimientos son en todas las categorías, desde la más alta a la más baja, da igual, ahí tienes un vino que no pasa a ser mediocre codeándose con grandes vinos. Tomando el ejemplo del vino de la entrada anterior, el Marqués de Carrión reserva, Decanter le puntúa con 92 puntos y le otorga una medalla de plata. Este mismo concurso da el mismo reconocimiento a un Termanthia 2014, pero mientras este último se vende por unos 250 €, el Don Simón embotellado cuesta ¡20 veces menos!, unos 12€, ¿realmente alguien se puede creer que ambos vinos tienen la misma calidad? Sinceramente, no he probado ninguno de los dos, pero me resultaría muy difícil de creer que ese vino en concreto, el de 12€, sea comparable al otro que cuesta 250€. Y lo peor es que hay ejemplos parecidos en casi todos (por no decir que todos) los concursos, vinos mediocres con puntuaciones idénticas a vinos que tienen un reconocimiento muy superior, tanto por los expertos como por los iniciados, y esto tiene su miga.

 

Al final la sensación es que nos encontramos con dos vinos de características similares con el mismo galardón y/o puntuación pero con unas calidades y precios muy alejados, ¿cómo se come esto? No estamos comparando entre un vino tinto y uno blanco, o entre un vino joven o un crianza que pueden ser catados por distintos jurados, muy por el contrario, se supone que estos vinos han tenido que catarse en la misma sesión y ahora entramos en las suposiciones:

 

Supuesto nº 1:  los jueces que cataron el Termanthia ¿fueron los mismos que el Marqués de marras? Si la respuesta es si ¿realmente no encontraron ninguna diferencia entre ambos vinos, son tan parecidos cualitativamente? Si la respuesta es no ¿existe alguna escala para puntuar los vinos?, quiero decir, unos jurados determinan que el vino X tenga una puntuación determinada, al tiempo que en otra mesa otra serie de jurados deciden dar la misma puntuación a un vino Z, luego entiendo que tiene que existir un vino patrón o un elemento patrón que sirve para adjudicar las puntuaciones.

 

Supuesto nº 2: los vinos que participan en los concursos, ¿son los mismos que nos podemos encontrar en la calle? Todos los concursos establecen que así sea, pero ¿eso luego se comprueba? Hay concursos que dicen que si, que hacen una selección de los ganadores, los compran a ciertos distribuidores y comparan. Vais a perdonarme que sea un mal pensado, pero ¿por qué los organizadores no hacen una compra de incognito en tiendas y/o supermercados?, vamos, donde el consumidor realiza sus compras.

 

Esto me lleva a otra pregunta, cuando se hacen públicos estos premios, ¿a ningún jurado le extrañan estas puntuaciones o reconocimientos? Y me refiero concretamente a los jurados que luego trabajan como sumilleres, prescriptores, críticos… ¿tampoco se extrañan de estas cosas, nadie les ha preguntado cómo es posible que valoren vinos corrientes de la misma forma que vinos más serios?

 

En el mismo sentido, ¿qué pensarán los pequeños bodegueros cuando ven que sus vinos tienen el mismo premio (o incluso inferior) que los vinos industriales, aún cuando sus vinos cualitativamente son superiores? Por poner un ejemplo, Dominio del Bendito Las Sabias 2018, Decanter le concede una medalla de bronce y 86 puntos, ¿realmente es inferior a un Pata Negra o a un Mayor de Castilla?, ¿realmente es interesante “competir” en estos concursos?

 

Entiendo que sí a juzgar el número de participantes en los mismos, pero cuando coges una lista de premiados y compruebas el número de premios que se llevan las bodegas industriales, no puedo evitar pensar en si realmente podemos criticar a un paisano por comprar estos vinos mediocres si tienen el mismo reconocimiento que vinos más serios.

 

A lo largo de esta entrada me he centrado (quizás demasiado) en un vino y un concurso en concreto, puede ser, he preferido ilustrarla con un ejemplo por no marear mucho la lectura, pero con los enlaces que he ido dejando en estas cuatro entradas, si queréis podéis comprobar que hay muchos más casos. Lo curioso del caso es que al hablar de este tipo de concursos casi nadie me ha hablado demasiado bien de forma positiva, quiero decir, reconocen que hay mucho trabajo y muchos profesionales que sacan adelante este tipo de eventos, al tiempo que reconocen que los criterios a la hora de conceder reconocimientos están bastante cuestionados, premios exagerados, demasiados vinos “batalleros”, demasiada mediocridad; pero también se habla de que es una de las pocas posibilidades de dar relevancia al vino, de darlo a conocer tanto a los consumidores como a los profesionales, lo cual suena más a una excusa baratera que a un alivio.

Evidentemente hay que promocionar los vinos, hay que promocionar las bodegas, hay que mostrarlos al público, ¿pero ésta es la mejor solución posible?

 

 Yo creo que no.

19/02/2023

Sobre los concursos y premios del vino, 4ª parte: ¿Para qué sirve un concurso de vinos? (I/II)


Creo que en las dos últimas entradas he podido dar una visión relativamente objetiva de lo que es un concurso de vinos, o al menos esta es la idea que me he formado estos años.

En esta entrada y la siguiente, intentaré explicar lo que yo entiendo para qué sirve un concurso de vinos, a quién se dirige y si realmente el consumidor tiene en cuenta los premios y medallas para comprar un vino.


A grandes rasgos los concursos de vinos ya no buscan la excelencia entre los concursantes, si no que sirven como una:

- “[…] herramienta de marketing para aumentar las ventas y la visibilidad en un mercado altamente competitivo” (Mundus Vini).

-  “[…] Una herramienta de venta. Una medalla del CMB puede aumentar sus ventas y abrirle nuevos mercados de exportación” (Concurso Mundial de Bruselas).

- “[…] Participar en el International Wine Challenge […] tiene una serie de grandes beneficios, desde la evaluación comparativa hasta el reconocimiento de la marca y las innumerables oportunidades de relaciones públicas y marketing[…]” (IWC).

 

Vale, me podéis decir que me he quedado con la parte que me interesa o que pongo el foco donde yo quiero, pero lo cierto y verdad es que (al menos) los grandes concursos enfocan el (supuesto) prestigio de sus premios como algo que sirve para revalorizar la marca del vino premiado y por ende de la bodega, es decir, que la participación en el concurso no es tanto por una búsqueda de los mejores vinos y su reconocimiento, sino como un reclamo de venta.

La cosa tiene una lógica impepinable: cuantos más premios tienes, más visibilidad se genera, más hablan sobre ti, más veces apareces (o te hacen aparecer) en los medios de comunicación. Ahora bien, ¿a quién va dirigido este marketing?


¿A quién le interesa los resultados de los concursos de vinos?

En teoría tendría que ser al consumidor final del vino, que no es otro que…

-       ¿el que se bebe el vino?

-        ¿el mayorista, el distribuidor de los vinos, la tienda o supermercado que vende la botella?

Digo y mantengo desde hace mucho tiempo que la promoción del vino se está haciendo fatal, mal, horriblemente mal porque el sector no tiene ni puñetera idea de quién es el cliente final del vino, y este no es el que compra los palés de vino, ni el hostelero que deja las cajas en un almacén, no, repetid conmigo NO, el cliente final somos los que nos bebemos el vino, que también somos los peor atendidos y muchas veces los peor formados. Por supuesto que quien vende vino tiene que estar bien formado, por supuesto que el distribuidor tiene que saber qué es lo que vende y a quién se lo vende, claro que la hostelería debe saber cuáles son los gustos de sus parroquianos y, en la medida de sus posibilidades, saber ofrecerles nuevos productos; pero la gran mayoría de los que terminamos por comprar la botella para beberla en casa o en un restaurante/bar/garito/tasca, somos los que menos sabemos qué es lo que nos estamos bebiendo.

Personalmente no tengo ninguna formación específica sobre vino, quiero decir, no tengo unos cursos WSET o equivalentes, no tengo una formación profesional sobre vino o gastronomía. Me preocupo por leer, ver y escuchar algo más sobre la materia más allá de publicaciones específicas y lo que se puede encontrar en las redes, y para eso os aseguro que hay que quitar mucha paja para encontrar algo de grano.

Admito que tengo muchos fallos e ideas preconcebidas, y que muchas veces creo que entiendo de algo hasta que alguien (casi siempre de buena fe) me hace ver otro punto de vista, quiero decir, intento saber qué bebo, quién lo hace, dónde se hace y qué otros vinos similares me puedo encontrar y me estoy perdiendo. Sé que esto no es una formación per se, pero me sirve para que el brilli-brilli de una etiqueta dorada o que una pegatina con un número entre 1 y 100 no sea el motivo principal para agarrar una botella y llevármela a casa.  

Si para mí, que soy un ignorante, estos premios tienen una importancia más bien relativa, ¿qué importancia puede tener para alguien que tiene una formación o al menos una buena base de conocimientos?, ¿sirven los concursos como una especie de reclamo para todo aquel que no tenga ciertos conocimientos sobre vino?

No lo tengo claro. Quizás para alguien que esté empezando o para alguien que no quiere complicarse la vida pueda ser una ayuda a la hora de escoger una botella, y de hecho este debería ser uno de los objetivos de los concursos, pero al igual que las guías de vinos, al final todo se mueve por intereses, y el mejor vino de su categoría quizás tenga más que ver con un motivo económico que realmente con criterios de calidad.

Si el consumidor final del vino no es el objetivo de estos concursos, ¿quién lo puede ser?

Quizás para las bodegas, este tipo de concursos pueden ser una especie de escaparate, no para el consumidor final de la botella, si no que va a ser un mayorista o un distribuidor, y me explico.

Si tú quieres vender un vino en Alemania, en California o en el Estado Independiente de Escalerillas de Abajo, lo más fácil es que acudas a un distribuidor de la zona para que venda tus vinos. Como se puede suponer, en cada país hay multitud de distribuidores y cada uno de ellos con sus características, sus servicios y sus precios. Lógicamente a todos nos gustaría que nos llevase la representación un distribuidor que coloca tus vinos en los mejores sitios, que todos los años nos haga pedidos de un montón de cajas/palés y todo esto al menor precio posible, y esto no se consigue llamando a la distribuidora y decirle que queremos que nos lleve la representación, muy por el contrario, a esta distribuidora hay que conquistarla y hay que hacerle ver que nuestros vinos son la caña de España y que merece la pena que nos lleven la distribución en su zona.

Dicen (se dicen tantas cosas…) que tener muchos premios de prestigiosos concursos es una carta de presentación bastante recomendable. Sin menoscabo al Concurso de Tintorros de Robledillo del Secarral, estas distribuidoras (dicen) se fijan en los concursos internacionales, los mismos que he estado describiendo en las últimas entradas, en parte por el “prestigio” que han adquirido estos y a la hora de que una distribuidora pueda hacer clientes, el propio concurso ha generado una publicidad casi gratuita. No es lo mismo llevar cuatro vinos de una buena bodega de Quintanilla del Corzo que poder decir que llevas X medallas de oro de tal o cual concurso.

Por ejemplo, vino tinto  reserva de la DOCa Rioja que su añada 2017 ha sido premiado con una medalla de Oro en el IWC, de plata en el Concurso Mundial de Bruselas y también en el Concurso Decanter, puede sonar a las mil maravillas, si encima te digo que se está vendiendo a menos de 12€/ botella PVP te puede explotar la cabeza, pero ¿y si te digo que es un Marqués de Carrión, vamos, un Don Simón embotellado? Ahí, como poco, ya empiezas a dudar.

 

No tengo conocimientos de los vinos más allá de nuestras fronteras, lo que me arriesgaría a sacar conclusiones demasiado generalistas, y que quizás en otros países de nuestro alrededor (Francia, Portugal, Italia…) estas conclusiones no sirvan, así que lo que aquí opino son impresiones de vinos españoles para el mercado español y a nivel “usuario”. Como en otras ocasiones, si opináis cosas distintas o creéis que me estoy equivocando (siempre y cuando seáis educados), por favor, dejad un comentario.


09/11/2022

Sobre los concursos y premios del vino, 3ª parte: Teoría de la Conspiración

 

Si en la anterior entrada daba una idea general sobre lo que es y cómo funciona (en líneas generales) un concurso de vinos, en esta voy a intentar profundizar en algunos aspectos, sobre todo los que más me chirrían.

Me hubiera gustado desarrollar un poco más el tema de cómo se realizan las catas, pero los reglamentos de los distintos concursos se quedan muy cortos, poco menos que indican como se forman los jurados y como ha de hacerse la cata. Hasta donde he podido encontrar, las bodegas están obligadas a presentar, como mínimo, el equivalente a 3 ó 4 botellas de 750 ml.  por cada vino que presentan a concurso. Una de ellas se la queda la organización mientras que las otras pasan a ser catadas por los jurados, y aquí es donde empieza el jaleo, el calor güeno, güeno.

¿Quién forma parte de estos jurados? En los grandes concursos lo forman profesionales del vino: bodegueros, enólogos, Masters of Wine, sumilleres, críticos gastronómicos, prensa especializada (ejem); y últimamente también hay jurados que proceden del mundo de las redes sociales. Si, debería poner #FakeInfluencers, pero de momento hay que darles el beneficio de la duda y/o el beneficio del novato. Los organizadores bien pueden solicitar catadores de forma voluntaria o bien pueden “reclutarlos”. Normalmente estos catadores y jueces no son anónimos y los propios organizadores se encargan de publicar en sus webs quienes son. De alguna forma eso también da cierto prestigio al concurso, no es lo mismo que te cate Tim Atkin a que te cate una técnica de la Junta de Castilla y León (mis respetos para ambos). Estos jurados, posteriormente, se dividen en mesas de 5 ó 6 miembros, pudiendo ser uno de ellos el jefe de esa mesa (cuando no lo es un delegado de la organización), encargado de coordinar la cata, responsabilizarse de que esta se realiza con normalidad y de acuerdo al reglamento; y da fe de las puntuaciones que este jurado emite en cada jornada de trabajo. No hay una norma fija para constituir estos jurados en cuanto si debe de haber tantas enólogas o tantos sumilleres, si bien en los concursos internacionales, se intenta que las mesas haya varias nacionalidades, con el fin de limitar el exceso de chauvinismo a la hora de puntuar.

¿Cómo se catan los vinos? Las catas son ciegas (en teoría), se pone una funda que cubre por completo la botella, de tal forma que no se vea la etiqueta del vino y que no se pueda reconocer la silueta de la misma, ni ningún otro detalle que permita reconocer la marca o bodega que elabora el vino. Como hay varias categorías de vinos, la organización publica un calendario en el que se dividen las distintas fases, así unos días se realizan, por ejemplo, las catas de tintos jóvenes, el día que esté determinado se hará lo mismo con los blancos, tintos con crianza, etc; de modo y manera que en todas las mesas se caten el mismo tipo de vino al mismo tiempo, no pudiendo ninguna de las mesas adelantarse o retrasarse respecto de las otras del tipo de vino que se está catando.

Hay concursos, como el de Bruselas, que dividen las categorías por sesiones y se celebran por separado, incluso en distintas partes del mundo. Sin ir más lejos, este año la sesión de vinos rosados se ha celebrado en Valladolid, la de blancos y tintos en Cosenza (Italia), el de espumosos en Anadia (Portugal) y el de vinos dulces en Marsala (Italia).

¿Cómo se evalúan o puntúan los vinos? Cada organizador indica en su reglamento cómo se realiza la puntuación de cada vino, normalmente se apoyan en fichas de cata que estén internacionalmente reconocidas como puede ser esta de la OIV, o esta de la WSET. Los grandes concursos, al estar reconocidos/amparados por la OIV, utilizan la primera. En cada mesa, los jueces catan a la vez el mismo vino y lo puntúan sin realizar ningún comentario entre ellos (ejem, ejem). Una vez que han rellenado la ficha de puntuación, se la entregan al jefe de la mesa correspondiente. Este jefe de mesa comprueba que la ficha se ha realizado conforme reglamento, las valida y posteriormente entrega para que sean tabuladas por los organizadores, según los criterios que ellos establecen y que pueden estar avalados por entidades independientes. Esta tabulación al final se traduce en una puntuación en una escala de 0 a 100 puntos, y dependiendo de los puntos obtenidos, se le declara ganador en uno de los premios/grados que establece cada organizador. Por ejemplo, un vino obtiene 90 puntos, pues habrá concursos que le otorguen una medalla de plata, mientras que para otros será de bronce. Hay concursos como el de Bruselas y el Bacchus que limitan el número de premiados, ambos (“curiosamente”) solo premian al 30% del total de vinos presentados. Según su reglamento, en el momento en el que se sobrepasa este porcentaje, se eliminan los vinos que hayan obtenido las puntuaciones más bajas.

Importante: los vinos obtienen una puntuación individualizada, no se comparan vinos entre sí. Esto quiere decir que los jurados prueban un vino y luego pasan al siguiente, no hay posibilidad de volver a catar vinos que ya se hayan catado con anterioridad. La idea es buena, pero es posible que algún año pueda haber más medallas de una categoría superior que de una inferior.

¿Todos los catadores/jueces catan los mismos vinos? Este es uno de los puntos negros de estos concursos. Todos los reglamentos indican el número mínimo de botellas que hay que enviar para participar en el certamen, pero no hay ninguna indicación de si tienen que enviar más o cómo se comunica a la bodega que necesitan más botellas de tal o cual vino para su evaluación, ni tampoco las organizaciones dejan muy claro si todos los jueces prueban los mismos vinos, si los reparten de alguna forma aleatoria o con un criterio determinado, por lo que tampoco queda muy claro qué jueces han catado qué vino.

Por poner un ejemplo, Concurso Mundial de Bruselas 2022 (sesión de rosados), según la propia organización se presentaron más de 1000 vinos a concurso (en otra noticia se hablaba entre 1200/1300) a catar por unos 60 jurados, a puro huevo eso significaría que por cada marca presentada a concurso, a razón de 4 botellas de la misma marca (si la organización no se queda una), se tendrían que sacar 15 muestras por botella, una copa de 50 ml.

Se puede pensar que una cata competitiva tampoco necesita mucha cantidad de líquido y que, quizás, esas 4 botellas se pueden dividir perfectamente entre esos 60 jurados, o que se puede pedir un pequeño esfuerzo a las bodegas para que envíen un par de botellas más para que todos los jurados puedan realizar su cata, es plausible, pero las normas del concurso indican que no se pueden compartir las botellas entre las mesas (en teoría cada mesa puede tener 5 o 6 jurados, saldrían entre 10 y 12 mesas). Pero veamos las cifras de ese mismo concurso para la sesión de vinos tintos y blancos. Según la propia organización, se presentaron 7370 vinos en total (recordad, blancos y tintos con varios tipos de crianza) para 310 jurados, lo que vienen siendo entre 51 y 62 mesas, es imposible repartir tres, cuatro o doce botellas entre tantas mesas.

Entonces la pregunta es obvia. Si tal y como parece, los vinos no son catados por todos los jueces, ¿cómo y quién  decide qué jueces prueban qué vinos?, ¿es una selección completamente aleatoria para ambos casos o existe un sistema?

Sinceramente, no he logrado encontrar nada meridianamente claro, lo más que he llegado es que son las distintas organizaciones quienes eligen qué vinos son catados por tales o cuales jueces, lo cual puede generar bastantes interpretaciones, pero no veo a un Ferran Centelles, Pedro Ballesteros o Tim Atkin rodeados de Pata Negras, Estolas o Jaume Serra Brut Nature; ni tampoco creo que sea igualmente justo que jurados noveles caten en exclusiva vinos de gamas medias o medio altas.

 

Los vinos que se envían a concurso ¿son los mismos que se pueden comprar en bodega y en la calle? Los distintos reglamentos de los concursos especifican que los vinos presentados han de ser los mismos que se encuentren ya a la venta o que vayan a ponerse a la venta al público o a la hostelería, punto pelota. ¿Existe alguna forma de que la organización se asegure de que no le están dando gato por liebre? Pues tampoco he encontrado nada al respecto, todo depende de la buena fe del que se presenta a concurso.

Como mucho, el concurso de Bruselas en su reglamento (sección 19), dice que una selección de los vinos premiados serán catados de forma independiente por un laboratorio ajeno a la organización, y que las muestras seleccionadas serán compradas por los organizadores del concurso de forma “anónima” a un distribuidor de los vinos, pero volvemos a lo mismo, ¿quién realiza la selección y bajo qué criterios?, ¿a qué distribuidor o distribuidores se compran la selección, los del país en el que se encuentre este laboratorio o a distribuidores del país en el que se celebra el concurso; al que tenga la mayoría de los vinos seleccionados? Hay que apelar de nuevo a la buena fe, en este caso la del organizador del concurso. 

Curiosamente, esta sección es de las pocas que no tiene reflejo en el reglamento de los premios Bacchus, porque la mecánica de ambos concursos son muy (muy) parecidas.


No es que quiera elaborar una teoría de conspiración, ni tampoco quiero que esto parezca una paranoia, pero la impresión que me estoy llevando es que los concursos dependen de la buena fe de todos los participantes del mismo: el que organiza, el que participa y del que lee los resultados del mismo, y eso es tener mucha buena fe.

En definitiva, ¿para qué sirve un concurso de vinos, para quién es importante? Pues esto lo dejo para la próxima entrada.

 

Adenda:

Sinopsis la admisión de muestras del concurso Decanter (aquí).

Sinopsis del reglamento del concurso IWC (aquí).

Sinopsis de la admisión de muestras del concurso IWC (aquí).

Reglamento del Concurso Mundial de Bruselas 2023 (aquí).

Reglamento del Concurso Bacchus 2022 (aquí)

27/10/2022

Sobre los concursos y premios del vino, 2ª parte: ¿qué es un concurso de vinos?.

 


Sobre los concursos de vinos, concretamente, sobre los grandes concursos que salen en los medios de “comunicación” y prensa especializada (aunque más que especializada, habría que llamarla “especialita”), no tengo una opinión favorable. Las próximas dos o tres entregas os iré desarrollando esta opinión.

Me parece interesante y coherente que la primera entrega describa de una forma lo más imparcial que pueda, qué es y cómo funciona un concurso de vinos, así que si ya sabes lo que es un concurso de vinos, ya te estás leyendo esta entrada hasta el punto final, que lo mismo te enteras de algo que no sabías (o lo que no sé yo y luego me cuentas lo que me falta).

Y si no tienes la más repajolera idea, entonces... al grano.

Un concurso de vinos, básicamente, es una competición en la que se eligen los mejores vinos dentro de una o varias categorías, determinadas (entre otras) por su color (blanco, tinto, rosado…), envejecimiento (joven, crianza, reserva…) o tipo de vino (tranquilo, espumoso, generoso, dulce.) o una combinación de estas. En cada una de las competiciones suele haber un cuadro de honor con los mejores vinos por cada categoría (no suelen pasar de los 10 vinos), y dependiendo de cada concurso, puede haber divisiones secundarias, en los que puede haber (y no exagero) cientos o miles de premiados.

Cómo se determina si un vino tiene que ser premiado o no, o que categoría de premio recibe, se realiza a través de unas catas, normalmente ciegas (o eso dicen), en la que una serie de jueces/catadores dan una puntuación a cada uno de los vinos que bebe, en función del reglamento del propio concurso o apoyándose en unas catas estandarizadas (WSET, OIV, por ejemplo). En función de los puntos obtenidos, los vinos consiguen un reconocimiento mayor, menor o ninguno.

Dependiendo de la relevancia del concurso, estos jueces/catadores pueden ser aficionados o profesionales del mundo del vino (bodegueros, enólogos, críticos, sumilleres, Masters of Wine, etc.), se supone que cuantos más profesionales cuente el concurso, mayor será su criterio o reconocimiento, no es lo mismo que a tu vino lo premien Juan, Perico y Andrés, a que te los premien dos enólogas y un MW.

Estos catadores pueden cobrar o no por hacer de jueces, y aquí la cosa no solo depende de la importancia del concurso, sino que también depende de quién eres dentro del mundillo del vino y/o que repercusión mediática tienes. Mientras que Juan, Perico y compañía se pueden llevar un par de botellitas por su trabajo, jurados profesionales pueden cobrar (por parte de los organizadores del concurso) una cantidad determinada por cada jornada de cata, mientras que los más mediáticos cobran algo o bastante más (y en muchas ocasiones) van a gastos pagados.

Pero, ¿de dónde sale la pasta para pagar a estos jueces, el lugar donde se desarrollen las catas, el personal que organiza y desarrolla el evento?

Pues este es el quid de la cuestión.

Mientras que el concurso de la Excelentísima Diputación de Barataria (nombre ficticio, que ya conocemos de nuestros chauvinismos…) tiene que ir convenciendo/regateando a las bodegas para que participen en estos concursos pequeñitos, los grandes concursos cobran por cada vino que se presenta.

El mecanismo es el siguiente, por cada vino que se presenta a un concurso, hay que pagar un canon o cuota de inscripción (más adelante doy unos ejemplos) por cada vino que se presenta a concurso. Hay que enviar (como mínimo) 3 o 4 botellas del mismo y un análisis químico con determinadas características, que tiene que realizar un enólogo/químico relacionado con la bodega o un laboratorio independiente), es decir, si Bodegas y Viñedos Mengánez quiere presentar a concurso 5 vinos, tiene que pagar 5 cuotas (algunos concursos hacen rebajas si presentas muchos vinos), 5 análisis técnicos y unos gastos de envío de ente 15 y 20 botellas. Este envío, algunos concursos obligan a que sea por determinada plataforma logística a un precio fijo, no es estrictamente parte del concurso, pero es un gasto a tener en cuenta.

La cosa no termina aquí. Imagino que alguna vez habéis visto botellas de vino tienen una pegatina que pone que esa añada ha ganado, por ejemplo, en el Concurso Mundial de Bruselas una medalla de plata, o de oro. Pues bien, esa pegatina y el “derecho” a ponerla en la botella también tiene un coste. Las bodegas no pueden hacer ninguna referencia en las etiquetas de sus propias botellas a los premios que han recibido, ni tampoco pueden poner una pegatina, etiqueta o contraetiqueta aparte indicando si tiene tal o cual premio. Tampoco están obligadas a tener que indicar lo que han ganado, pero si participas en un concurso no es para luego ocultar tus trofeos, ¿no?, así que dependiendo del marketing de las bodegas pues se compran más o menos etiquetas, mientras se da bombo en los medios de comunicación y redes sociales.

Por poner algún ejemplo de concursos:

Concurso Mundial de Bruselas.

Edición:

2022

Vinos presentados:

±10.000

Vinos premiados:

3.040

Tasa de premios:

30,40 %

Precio por muestra*:

185,00 € (2023)

Precio pegatinas**:

35,00 €/1000 pegatinas

* Hacen descuentos a partir de la 2ª muestra

** Hacen descuento a partir de 6000 etiquetas

 

Decanter.

Edición:

2022

Vinos presentados:

± 18.500

Vinos premiados:

14.858

Tasa de premios:

± 78.83 %

Precio por muestra:

169,00 £ (±194,00 €, 2023)

Precio pegatinas:

58,80 £ (±68,00€) /1000 pegatinas

 

IWC.

Edición:

2022

Vinos presentados:

"Thousands of wines"

Vinos premiados:

6.945

Tasa de premios:

¿¿??

Precio por muestra:

146,00 £ (±168,00 €, 2023)

Precio pegatinas*:

51,70 €/1000 pegatinas

*Hacen descuentos por grandes volúmenes.

 

Bacchus.

Edición:

2022

Vinos presentados:

1.747

Vinos premiados:

536

Tasa de premios:

30,68%

Precio por muestra*:

155,00 €

Precio pegatinas**:

25,00 €/1000 pegatinas

* Hacen descuentos a partir de la 2ª muestra

** Pedido mínimo: 10.000 etiquetas

 

 

 ¿Qué pasa si un vino de una misma añada gana en varios concursos? Está todo pensado. Habrá quien le guste eso de poner etiquetas y pegatinas por toda la botella (pagando religiosamente cada pegatina), y hay quien opta poner sus trofeos agrupados en una etiqueta. ¿Gratis?, ni de coña. Para eso existe una cosa que se llama tarifa de reproducción, lo que viene siendo un canon por reproducir la imagen del o los premios que has ganado, en función del número de reproducciones que se hacen, aquí no se deja nada al azar y sin que pase por caja. Y cuando digo nada, es nada.

Como curiosidad (y por ir terminando), el Concurso Mundial de Bruselas ofrece la posibilidad de comprar una reproducción de la medalla o placa conmemorativa de los premios que gane una bodega. Ahora ya sabéis, cada vez que veáis una botellita con una pegatina de tal o cual concurso, o si parece la orgullosa bodeguera con una medalla de la mano, ahí ha habido manteca de la buena, al menos, para inscribir el vino en un concurso y ponerle una etiqueta.

Malpensados.