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14/06/2024

Puntos, guías y gurús.

Si hay un tema polémico entre los consumidores de vino, y se podría decir que también entre los que hacen vino, este es el de los concursos de vinos y las guías que los gurús y críticos del vino suelen presentar todos los años, repartiendo puntos como si fuesen los niños de San Idelfonso en Navidad.

De los concursos de vinos he hablado no hace mucho en el blog, esencialmente no voy a hablar de algo muy distinto, peor también tiene su enjundia. Veréis.

Todo empezó en 1975, en Estados Unidos. Allí, un abogado de Baltimore amante de los vinos franceses y californianos, crea un boletín en el que publica las críticas de los vinos que bebe. Lo hace a su estilo, no se limita a poner cinco o seis adjetivos, el precio del vino y el nombre de una tienda donde comprarlo, Bob hilvana los adjetivos y les da un poco de vida. Al final de la crítica sigue poniendo su precio, la tienda donde comprarlo y un número al lado, 89, 93, 96… ¿de qué va ese número? Pues es una nota. Nunca antes nadie le había puesto una nota a un vino, como mucho se les había puesto otro adjetivo: excelente, bueno, feo o malo. Bueno, quizá feo no. Pero a lo que iba, el bueno de Bob pensó que poniendo una nota a cada vino que probaba, sería más facil comparar dos vinos que a lo mejor solo tenían en común su color, y de alguna forma, eso también ayudaba a ahorrar un poco de dinero, ¿para qué gastar, por ejemplo, 100€ en un vino francés que tiene 88 puntos, si este vino de Napa cuesta la mitad y encima tiene 92 puntos?

Dado el éxito que tuvo, en 1978 el boletín pasó a ser una revista, The Baltimore-Whasington Wine Advocate aunque poco tiempo después paso a llamarse The Wine Advocate. (Si, lo habéis adivinado, Bob es Robert Parker). Poco más adelante, en 1982 el sr. Parker calificó la cosecha de ese año de Burdeos como “Soberbia” y animó a sus lectores a comprar masivamente esos vinos, pues con el tiempo, no solo mejorarían, si no que se revalorizarían, en contra de lo que opinaban el resto de críticos el mundo.

La historia dice que el sr. Parker acertó de lleno, de hecho, poco tiempo después dejó su trabajo como abogado y se pudo dedicar de lleno a su publicación, hasta que en 2019 la vendió a la guía Michelín.

A estas alturas quien más y quien menos ya sabe la repercusión que ha tenido la guía de Parker y sus opiniones sobre vino, nos pueden gustar más, menos, o casi nada, aunque hay que reconocer que la idea es buena, alguien con criterio te pasa decenas de referencias sobre vinos, utilizando un lenguaje, digamos que accesible, y con un simple vistazo a la nota que ha obtenido te puedes hacer una idea de la calidad que puede tener, a poco bien que esté estructurada la guía puedes hacer comparaciones entre vinos con muchísima rapidez. Además, este modelo de guía se puede replicar facilmente, se puede hacer con todos los vinos de todas partes del mundo, todo parecen ser ventajas, pero, sin embargo, últimamente las guías, no sólo The Wine Advocate, están siendo cuestionadas.

Razones hay muchas, la primera y más simple quizás sea el abuso de lo que precisamente era lo que le hacía diferente a otras críticas, es decir, los puntos. Casi todas las guías, casi todas las listas de vinos dan puntos, es bastante fácil ver una botella que tiene nosecuantos puntos Parker, otrostantos Suckling, uno menos que le da Peñín y que coincide con la nota que le da Decanter. Y esta es otra razón, mucho crítico, mucha guía, pero luego las puntuaciones son muy similares, es raro ver que haya una diferencia de mas-menos cuatro o cinco puntos entre las distintas guías o gurús, lo más común es ver diferencias de mas-menos uno o dos puntos.

 Esto puede deberse a que los métodos de cata usados por las guías son muy similares, extremadamente estandarizados y homogeneizados, de modo que un vino que tenga un patrón de aromas, color y sabor determinados, irremediablemente va a tener una puntuación muy concreta.

Quizás esto os pueda sonar algo raro, pero a poco que se introduzca la Inteligencia Artificial en los sistemas de cata, si es que no lo está ya, es relativamente fácil crear un algoritmo que busque ciertas palabras clave en notas de cata y opiniones de un vino, a cada palabra clave le va a dar un valor, y según como este armado este algoritmo, la IA va a generar una nota automáticamente, y ya os digo que para esto no hay que correr mucho, lo vamos a ver en no menos de 5 años.

También resulta muy aburrido ver que los mismos vinos, año tras año, tienen las mismas puntuaciones, casi no hay variaciones, ¿realmente ninguno de los grandes vinos nunca jamás ha tenido un mal año, todas las añadas tienen que ser de 96 puntos p’arriba?, ¿ninguna bodega pequeña que se tira años y años haciendo buenos vinos va a subir de los 94 puntos? Bueno, si que es verdad que alguna bodega hay que ha pasado de 92/93 puntos a tener 95/96, pero en casi todas las ocasiones, esto ha sido al mismo tiempo que ese vino ha subido de precio, y no poco precisamente, ¿tiene algo que ver el precio con la puntuación de los vinos? En cierto modo yo lo veo así. Los vinos que más alta puntuación tienen, entre los 95 y 100 puntos, raramente estarán por debajo de los 30€, y normalmente, cuanta más puntos tienen, más euros cuestan, aunque no necesariamente el vinos con más puntos es el vino más caro.  Admito que puede haber excepciones, pero a lo que voy es que el precio es una parte muy importante de la identidad del lujo, de lo exclusivo, sería muy extraño ver un vino de… pongamos ¿25 euros? con 98 puntos Parker, Peñín, Atkin o Jancis… Esto me lleva a otro melón que antes he medio rozado.

Casi todas las catas para las guías son a botella vista, asumo que la gente que realiza las catas son profesionales, no dudo que hagan esfuerzos para que esto no les influya, pero al fin y al cabo somos seres humanos y ahí está nuestro subconsciente. Creo que la forma más objetiva es la cata a ciegas pura y dura, con la copa oscura. Por supuesto que hay profesionales que son muy capaces de identificar vinos y bodegas míticas, pero lo que casi más me interesa es justo lo contrario, que los vinos que se caten puedan estar libres de nombres y etiquetas, estoy seguro que algunos grandes vinos obtendrían menos puntos de los que realmente tienen ahora, pero estoy más convencido de que vinos más “anónimos” obtendrían puntuaciones más justas y más altas.

Tampoco ayuda mucho cierto oscurantismo que hay en la elección de los vinos que aparecen en algunas guías. Cierto es que es inabarcable el poder catar los miles de vinos que se producen ya no en España, sino en todo el mundo, y por lo tanto resulta comprensible que se tengan que hacer selecciones previas, el problema es cómo se realizan esas selecciones. Como dije antes, y repito, no pongo en duda que haya profesionales encargados de hacer esta tarea y que la hagan con la mayor sinceridad del mundo, es completamente lógico y comprensible que además exista cierto anonimato a la hora de realizar la selección, con el fin de evitar presiones innecesarias a la hora de elegir los vinos, pero creo que, al menos, las guías o los catadores deberían divulgar más y mejor cuáles son los criterios de selección de los vinos, de esta forma también disminuiría esa sensación de que las guías tienen sus puntos dispuestos a quien lo quiera pagar, porque, de verdad, en ocasiones ver ciertos vinos con un nivel entre 87 y 90 puntos y cuyo mejor uso sea para kalimocho o mezclado con gaseosa, no hace más que alimentar este ¿mito? Puestos a pedir, tampoco estaría mal que las guías explicaran mucho más cómo funcionan sus escalas de puntos, porque a lo mejor estamos pensando que 87-90 puntos es un vino que tiene una calidad más que aceptable, cuando realmente lo que quiere decir esos puntos es que ese vino solo sirve para hacer tinto de verano…

Entiendo que tienen que existir las guías, que como idea es una idea genial, pero lo que no tengo tan claro es a quién van dirigidas, les ha pasado como con los concursos de vinos y sus medallas, nacieron con la idea de acercar las bodegas a los consumidores pero al final se han transformado en una herramienta, una carta de presentación de las bodegas a un cliente que se parece más a un mayorista o a un importador que al consumidor final del vino, al que han dejado de lado. Las guías ahora son un activo económico más que pude ser comprado y vendido como ya ha pasado con The Wine Advocate o Jancis Robinson, o en otros casos pueden hacer las veces de una agencia de comunicación o casi un mayorista como le está haciendo Peñín.

Creer hoy en día en las guías y en las puntuaciones, se ha convertido en un acto de fe. Como consumidor, tiendo a desconfiar cada vez más de la pegatina con un número pegada a la botella de vino, realmente ¿qué significa ese 92?, ¿por qué me debería ofrecer más confianza lo que pone esa guía, que las opiniones que me puedo encontrar en redes sociales, de gente que a lo mejor no conozco de nada, pero que se expresan con más coherencia y credibilidad de lo que un gurú o un experto puedan poner en su guía?



22/11/2015

¿Quién me presta una hora?



Sé que soy muy pesado con este tema, pero ya en serio, ¿cómo lo hacéis los que tenéis hijos para sacar una hora para vosotros mismos?, ¿de dónde sacáis tiempo, de dónde lo robáis, controláis la curvatura del espacio-tiempo a vuestro antojo, tenéis una máquina que genere cuartos de hora o qué?

Dadas las fechas en las que andamos, ya estoy liado con los vinos que quiero poner en la mesa para los días de Navidad. Este año no he podido “experimentar” tanto como yo quisiera. En otras ocasiones y con tiempo más que de sobra, suelo pedir vino a bodega o darme una vuelta por las vinotecas de Sevilla, ver, probar y dejarme aconsejar. Personalmente, creo que es la tarea más interesante para aquellos que nos gusta el vino: investigar, probar, leer...

Para escribir dispongo de mucho menos tiempo, pero para mí fortuna, hay gente que no solo tiene buen gusto con el vino, sino que además también sabe plasmar por escrito las sensaciones que les ha generado esos tragos: los hay academicistas, los hay “modernos”, los hay serios, y los hay tremendamente divertidos; todos ellos tienen que tener cabida en este mundo, todos son igualmente de importantes, si bien y como en todas las cosas de la vida, finalmente sientes más afinidad por unos que por otros.

Como ya he dicho en otras ocasiones, estamos en una época en la que tan importante es probar, probar y probar vino cómo importante es saber comunicar las sensaciones que nos deja. El que el mundo del vino deje de estar tan “¿mitificado?” depende y mucho de cómo contemos como es.

El vino no es mejor o peor porque Parker, Peñín o el cuñadísimo lo digan. Lo más seguro es que tus gustos no coincidan completamente con los suyos. De hecho, las puntuaciones de Parker, Peñín, Proensa, Tanzer y de otras tantas guías no las hace la misma persona. Por muy objetivas y honestas que sean, estas puntuaciones dependen muy mucho de los gustos de una o más personas. Añadamos que catar/probar 10 vinos es una mañana y otros tantos por la tarde puede ser de todo menos objetivo. El hecho de mirar un vino, olerlo, catarlo, escupirlo, beber agua, anotar sus sensaciones, una vez, dos, cinco, diez…; es completamente imposible que a partir de la cuarta vez puedas ser objetivo. Quieras que no, algo de alcohol ya le has metido al organismo, por otra parte, por muy buenos profesionales que sean (y que no dudo que lo sean), por mucho que hayan entrenado, llega un punto en el que los sentidos de gusto, vista y olfato los tendrán saturados.

Estas guías, además, cada día están más cuestionadas. Muchas veces el criterio para seleccionar los vinos o el método utilizado para catar los vinos, no es el más claro, y se dice que predomina más el interés económico que el de la calidad del vino.

No poseo los suficientes conocimientos del vino como para poder decir si estas afirmaciones son más o menos correctas. Hay ocasiones en las que vinos que me puedo permitir y con altas puntuaciones de la Guía Peñín o Parker (más de 90 puntos) me han parecido muy corrientes, demasiado. Por ello creo que estas guías deben de ser utilizadas, al menos hoy en día, como mera referencia para saber situar un vino en un mapa, saber quien lo produce y en menor medida, conocer su evolución a lo largo de los años.

Bajo estas premisas ¿de quién deberíamos fiarnos a la hora de elegir un vino? Mi respuesta es siempre la misma: de uno mismo. Y con todo y con ello, nos solemos engañar.

Nadie posee la objetividad plena. Subconscientemente siempre elegimos por una de nuestras filias o fobias, por nuestras afinidades, por nuestro carácter o el carácter de los otros.

Este año me he dejado llevar.

Este año he elegido parte de los vinos por las recomendaciones de otras personas, por exceso o por defecto, porque me satisfacía lo que decían  o porque aborrecía lo que no decían.

Varios de los vinos que se van a beber estas navidades, he decidido que sean otras personas quienes los elijan, a pesar de que no van a estar sentadas a la mesa.
Esto que puede parecer una patochada (o una gilipollez como un camión de grande…), creo que es un experimento bastante interesante.

No dispongo de los recursos económicos, ni tiempo, ni espacio para poder realizar una cata de vinos, pero puedo juntar a personas importantes para mí y que me pueden dar su punto de vista sobre el vino que vamos a beber. No somos expertos, la verdad es que no bebemos mucho vino, unos porque no podemos, los otros porque (aún) no son muy aficionados, pero creo que disponen de un nivel de objetividad cercana al 99 %.

De sus resultados, intentaré plasmarla de la mejor forma posible, si es que puedo y me dejan.


Ya por entonces pediré a esos padres que tienen algo de tiempo libre, que me presten una hora (u dos…).


20/01/2013

Yo no quiero beber mal vino.


Hace unos cuantos días, leí éstaentrevista a un conocido bodeguero de Ribera del Duero, es más, la he leído detenidamente varias veces antes de realizar esta entrada, incluso os animo a que la echéis un vistazo antes de seguir leyéndome, de otro modo, puede que lo que figura renglones más abajo adquiera tintes extremistas, o al menos de tío cabezón, emperrado con las mismas ideas.

Sé que últimamente me autojustifico mucho (incluso a veces me pongo que pesado), pero insisto: saber, lo que es saber de vinos, lo justo. Y sé por mi propia experiencia, lo aprendido en cursos que he asistido, lo que he leído de profesionales y de profanos, tanto en publicaciones expertas, como en blogs de aficionados.
Antes de realizar la mayoría de las entradas de este blog, suelo contrastar mis opiniones, e incluso releo mis entradas más antiguas, me gusta comprobar si yo mismo me contradigo, pero leyendo, releyendo la entrevista, analizándola desde distintos puntos de vista, saco las mismas conclusiones.

La más clara de ellas es que no quiero beber vino malo (si puedo evitarlo). A ver. Entiendo que cuando el bodeguero dice que “Hay que beber vino aunque sea malo”, se refiera a beber a un vino de una calidad normal, baja, no a un vino echado a perder, pero ¿por qué, para vender más vino, para “educar” al paladar? NO. Sinceramente, tenemos la enorme fortuna de tener vinos de buena calidad a buenos precios, somos la envidia de franceses e italianos que tienen que gastarse más dinero que nosotros por un vino de la misma calidad.

Nuestro consumo desciende y baja porque el vino no es atractivo, por muchos motivos que he comentado en otras entradas (aquí y aquí), no estoy de acuerdo cuando dice “ No estamos llegando a los jóvenes. No estamos proyectando el valor cultural del vino” . Precisamente somos una sociedad que ha tenido el vino como icono cultural, nuestras comidas, nuestras celebraciones, nuestra forma de vivir ha tenido una vinculación muy especial con el vino y que ahora ha sido sustituido por la cerveza y las bebidas de alta graduación. Puede que el marketingtenga mucho que ver, pero creo que tiene mucho más que ver la propia imagen que las bodegas se han empeñado en mostrarnos: un producto para sibaritas, con un ritual en muchas ocasiones, no solo no es comprendido, si no que además no se ha sabido, no se ha querido explicar. Saber de vinos no es gastarse una pasta gansa en una botella de setenta y cinco centilitros, no es beber las grandes marcas de Ribera y de Rioja.

La gente no es tonta, la gente lee, pregunta, prueba, va a las bodegas, y en las de más renombre siempre se dice lo mismo: “Nosotros tenemos las mejores materias primas: la mejor fruta, las mejores barricas...”, añado, las mejores instalaciones, los mejores enólogos…, puede justificar en parte que una botella de vino cueste 45, 98 o incluso 900 euros, pero solo una parte, ¿Cuántas bodegas, cuantos vinos hemos visto que han comenzado a bajar los precios porque los vinos se quedan en las tiendas o en los almacenes porque la gente ya no se arriesga como antes a gastarse el dinero por algo que no les gusta, o que antes utilizaban como objeto de lujo?

Si, es verdad que hay gente que ha comprado y siguen comprando botellas a razón de trescientos y cuatrocientos euros la pieza, no dudo que alguno de ellos entienda mucho más que yo de vinos y sepa apreciarlos en su justa medida (a ver cuando me invita), pero sigo pensando que tendría que vender el bodeguero muchas más botellas de las que realmente justifica en las contraetiquetas, para que el negocio sea viable, pero a esos precios ¿quién bebe vino?

También he leído en otra entrevista, cosas como esta:
¿Por qué se bebe cada vez menos vino, en España?
¡La pregunta del millón! En primer lugar, por falta de cultura. En las escuelas debería explicarse que somos el país del mundo con más viñedos; el tercero en producción de vino... y, sin embargo, estamos por debajo de los 20 litros por persona y año, cuando hay países, como Suiza, que casi triplican esa cifra.
¿Le echamos la culpa a la DGT?
Si vas a conducir, no hay que beber alcohol: ni vino, ni cerveza, ni nada. ¡Eso es una máxima absoluta! La base está en la educación. No se trata de que los menores beban alcohol.Lo que sí quiero es que sepan qué es una uva, que se adentren en este mundo. Nuestro gran reto es llegar a los jóvenes.
Pues los jóvenes españoles beben bastante...
Sí pero prefieren los destilados, y luego está el marketing de las cinco o seis grandes cerveceras,que aglutinan mucho poder. El sector del vino está muy atomizado: hay unas 2.000 bodegas y casi 15.000 marcas.
Difícil competir, entonces...
Sí pero nosotros contamos con la gastronomía y por ahí sí se puede entrar. ¡Hay que fomentar los maridajes!
 El entrevistado es Carlos González, director de la Guía Peñin, uno de los referentes, a nivel mundial, del vino español, guía a la que suelo acudir para resolver alguna de mis dudas.
Es cierto que ya no damos el valor al vino como le dábamos antes, y que quizás su valor como cultura y como industria ha de ser explicada en el colegio o en el instituto, pero eso no va a hacer que aumente el consumo de vino de los mayores de 18 años.
Por contra, aún no he visto a nadie (o casi nadie) de una bodega, de un observatorio o de publicaciones serias; analizando el por qué un suizo bebe 60 litros al año y el francés 44, ¿Qué franja de edad, qué poder adquisitivo tienen, qué les motiva a pedir vino: valores culturales, sociales? Nosotros, de mientras, vemos la tabla de la salvación en la gastronomía, en maridajes. Si uno va a la Plaza del Salvador de Sevilla una mañana del fin de semana, verá como la gente está “maridando” una cerveza con unas aceitunas o unos cacahuetes, que en muchos casos hasta te los dan con la consumición. En la misma plaza te venden un hermoso cucurucho de patatas fritas por un euro. Si nos juntamos cuatro amigos, con cinco euros nos hemos tomado una cerveza, hemos picado patatas y/o cacahuetes y lo más probable es que nos atrevamos a repetir. ¿Podríamos realizar la misma acción con el vino? Lo más probable es que no. La copa más barata de un vino “decente” cuesta 1,50 €, y en muchos casos es un vino que para los que no están acostumbrados a tomarlo, se pidan una cerveza en la siguiente ronda. 
Bajémonos de una vez del burro, hay que hacer un cambio de mentalidad, un cambio cultural, si, es cierto; pero en muchos casos hay que ser mucho, mucho más humildes, acercar a la gente el vino, desmitificar rituales cada vez que tomamos una copa, o al menos explicar el porqué de ese ritual.
No estoy en contra de que se hagan vinos caros, el que pueda pagarlos, que los compre, pero si estoy a favor de que el precio de un vino vaya en consonancia con la calidad del mismo y no por el nombre de la bodega, sobre todo cuando ha quedado más que patente estos últimos años, que podemos y sabemos hacer vinos de calidad a precios para todos los bolsillos, y bajo esta premisa ¿por qué hemos de beber malos vinos?