28/03/2020

Lo tuyo es puro teatro


Se corre la voz en el hipermercado. En la sección de charcutería están dando muestras de jamón 5J a todo quisque que se acerque por allí. Como era de esperar, alrededor del cortador surgen manos a la espera de un trozo de jamón, pequeño, minúsculo. En el mejor de los casos, la loncha no supera los dos centímetros de alto por otros dos de ancho. Más que loncha, parece una viruta.

A pesar de ello, la gente se agolpa, se aprietan entre ellos, de modo y forma que el que ya ha recibido su trozo de manjar le cuesta la propia vida poder salir de allí ileso y alguno seguro que termina por el suelo. Hay quién se pone nervioso y empieza a resoplar, en parte por los que están detrás empujando, en parte porque el tamaño del jamón mengua alarmantemente y cabe la posibilidad de que no llegue a catarlo.

¿Realmente merece la pena pasar por ese trago por un trozo de carne seca?
Sí, lo más normal es que no comas jamón ibérico 100% muchas veces en tu vida, pero es que no te están dando un jamón, ni medio, ni siquiera un sobre de 20 gramos, que no. Te están dando un recorte de una lámina.

Hay gente para todo. Hay quien no puede resistirse al mágico embrujo de la palabra “GRATIS”, hay quien cree que ese cacho carne bien valen tres empujones, hay quien se siente poderoso o influyente al hacerse una foto poniendo morritos junto a su ridícula loncha de jamón y que luego cuelga en una red social con un texto tipo “in love con el jamón 100% bellota, babys”.

Pero todo esto es una mentirijilla, un pequeño cuento. En realidad no había ni cortador de jamón ni pata de gorrino, pero ¿a que te ha resultado creíble, a que has sido capaz de recrearlo en tu mente e incluso has asentido con la cabeza?
Pues bien, mira ahora esta fotografía. Se trata de un evento llamado La música del ví, organizado por Vila Viniteca, uno de los mayores distribuidores de vino de España.
Mírala atentamente, acuérdate de la historia que te acabo de contar. El cortador, el jamón, la gente empujándose por una muestra gratis…

Fotografía: VilaViniteca, extraída desde su perfil de Twitter @vilaviniteca.
20 copas de vino alrededor de una botella de 0,75 l., un champán, Salon Blanc de Blancs 2007.
Si hubiera que repartir sólo esa botella entre la veintena de copas, suponiendo que no se pierde ni una sola gota, y no queda una sola gota en la botella; cada copa debería contener 37,5 ml., la cuarta parte de una copa normalita.
20 copas para un vino que cuesta a razón de 450€/botella, unos 23€ el traguito.
¿Realmente merece la pena tantos apretujones por un sorbo de vino?
Sí, no es usual que se abra una botella de 450€ y te den a probar por la cara.
Sí, no es un vino que se pueda beber uno todos los días.
Sí, es probable que se abriera alguna botella más y alguno se quedara con la botella vacía o el tapón para luego ir “presumiendo” en Instagram.

Pero esta fotografía, aparte de dar vergüenza ajena, creo que es un claro reflejo de cómo se trata al vino en España: puro postureo.
Hay quien da peroratas sobre el bajo consumo de vino en España, hay quien se escandaliza por el alto consumo de cerveza, hay quien invoca a nuestra ancestral dieta mediterránea y filosofa acerca de la condición de alimento que debería tener el vino, e incluso algunos le quieren otorgar cualidades terapéuticas. Hay quien se esfuerza en demostrar que una botella de vino es el espejo idealizado de una sociedad con una historia, también idealizada, de una localidad, de una comarca o de una región. Hay quien construye poemas liricos (alguno dignos de la mismísima Safo) inspirados en el líquido elemento. Hay quien escruta colores, aromas y sabores en una copa, que sólo habitan en la mente de algunos cráneos privilegiados. Hay quien se empeña, quien machaca, quien impone desde una cátedra invisible lo que es vino, lo que no lo es, quién puede (y es digno de) beber vino y quién no.

Entre tanto charlatán de feria, entre tanto bodeguero endiosado, de entre tanto sumo sacerdote que pontifica desde un periódico, desde una guía de vinos o de una red social; cada vez es más difícil encontrar voces discordantes, que den el valor que merece el vino, y que si hay que decir la verdad y decir “ese vino no hay Dios quien se lo beba y se llama X” lo diga.

Yo no soy ninguna de esas voces. Ni antes, ni ahora. Me gusta el vino, aunque reconozco que cada vez menos y cada vez cuesta más encontrar vino decente a un precio decente. No sé si llegaré a alguna parte o si permaneceré por aquí mucho tiempo. Tal y como pasó antes, iremos paso a paso.

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