Como ya he comentado en otras ocasiones, el
consumo de vino lleva cayendo desde hace ya muchos años, pero no caen de igual
forma. Ha bajado mucho más el consumo de los vinos de calidad mediocre-media,
mientras que los vinos de calidades altas han bajado menos, cuando no se ha
estabilizado, e incluso hay encuestas y estudios que dicen que ese consumo
aumenta, aunque claro, no tanto como para compensar la caída de consumo de los otros vinos.
Aunque no existe una única causa para esta
bajada de consumo, una bastante fundamental es que el mercado es cada vez es
más grande y más diverso, hay más opciones de consumo tanto con alcohol como
sin alcohol; tanto lo que se consume en casa como fuera de ella, y sobre todo, a
precios similares que los vinos más mediocres.
Se ha pasado de un mercado donde el rey era el
vino porque básicamente no había otra cosa, a un mercado donde el vino
es un actor más y cada vez más irrelevante.
Sin embargo, hay dos cosas que el vino todavía
conserva y que muy pocas bebidas pueden reivindicar: el origen y la
tradición.
Coca-Cola y Pepsi llevan décadas formando parte
de nuestro imaginario colectivo. Antes eran el sabor de América; ahora
son el sabor del mundo. Pero nunca podrán decirte que forman parte de la
historia de un pueblo, de una comarca o de una tierra concreta… salvo que seas
yankee.
Las bebidas energéticas, aunque dominan el
marketing, todavía no han tenido tiempo suficiente para entrar en ese
imaginario, salvo algunas marcas que ya están dejando su poso de nostalgia del
que tirar en el futuro. ¿No me crees? Pues eso de “te da alas” tiene 25
años ya.
Las cerveceras, sin
embargo, han entendido perfectamente el valor de la tradición. Si os fijáis,
cada vez más reivindican más su historia, su paso en el tiempo y lo hacen a
través del nombre de sus cervezas:
1906 de Estrella Galicia,
la 1904 de Cruzcampo o la 1925 de Alhambra.
Ya no venden solo cerveza; te
venden antigüedad, legado, autenticidad…
Y no se quedan ahí. También
empiezan a reivindicar el origen. Antes éramos nosotros quienes poníamos a cada
marca de cerveza en una región determinada… Ahora son ellas quienes nos dejan
muy claro de donde son.
Hay, incluso muchas
cerveceras artesanales presumen del origen local de sus ingredientes.
Pero…tanto estas, como las grandes…, les falta un
origen mítico. Como mucho, pueden decirnos que Carlos I trajo maestros
cerveceros a Yuste o que tal alemán abrió una fábrica a finales del siglo XIX
en tal ciudad.
El vino,
en cambio, juega en otra liga.
El vino no puede competir con las demás bebidas
siendo una bebida más. Tiene que tener más cabeza. Tiene que competir siendo
aquello que las demás nunca podrán ser.
Por eso es importante ese cambio en el concepto
de “cultura del vino” se adapte a la realidad de este momento, y me
parece genial que sea así, pero su problema fundamental, es que no se está
haciendo suficientemente bien.
A día de hoy, muchos de esos que piensan que
cultura del vino solo es válida para vinos a partir de cierto rango de calidad
y precio, también piensan que los que no “comulgamos” de estas formas, poco
menos que no sabemos o no tenemos criterio.
Hace unas semanas, leí una entrevista que le hicieron al crítico Tim Atkin durante la
celebración en Madrid de Lo Mejor de Tim Atkin España, un salón al que
acudieron las bodegas españolas mejor puntuadas por él. En un momento
dado, le preguntan que “qué es lo peor del vino en España”, y el bueno de Tim
responde esto:
- “Lo peor es que los españoles no creen en lo
que tienen. Esto es lo peor de España para mí porque creen que el vino de aquí
no vale y todavía hay una falta de confianza.”
Esta frase tan manida de que los españoles no
sabemos lo que tenemos, que no creemos en lo que tenemos, ha sido dicha mil
veces por otros tantos mil expertos, y cada vez que la leo, me sienta como una
patada en los mismísimos cojones.
De Tim no me lo esperaba porque me da la
sensación de que es un tío que no solo conoce el vino de España y si no que
sabe cómo somos los españoles (cosa que no se puede decir muchos de nuestros
gurús patrios); pero lo peor es que el entrevistador asume la respuesta, pasa al
siguiente tema, cuando lo suyo hubiera sido repreguntarle:
- Tim, ¿por qué crees que ocurre eso, en qué te
basas?, ¿no crees que esto pasa, no porque no queramos, si no porque no nos lo
podemos permitir?
Y ya puestos a preguntar, yo le hubiera hecho un
par más:
- Tim,
majo. Has traído a tu salón a la flor y la nata del vino español, ¿cuántos de
ellos crees que realmente, de verdad, les preocupa que los españoles no creamos
en lo que hacen? Pero sinceramente, no de boquilla.
- Y por otro lado. De los que estáis aquí, tú
incluido, ¿cuántos realmente estáis haciendo algo, o habéis tenido una idea, un
proyecto por acercar el vino a esos españoles que no creemos en lo que tenemos?
Pero no cuatro líneas en un papel o una declaración de intenciones, o un manifiesto en un club social patrocinado por la Mahou, o
las típicas frases como la que te acabas de marcar.
No.
Hechos.
¿Cuándo los Tim Atkin, los Peñín, las Jancis, los
Parker… van a hacer sus actos más grandes (como puede ser la presentación en
primicia de sus guías) en Zamora, Badajoz, Teruel o Santander? Por citar unos
ejemplos, dejar a Madrid y Barcelona de segundo plato por una vez en la vida.
Pero la cuestión es echar la culpa al consumidor.
¿Por qué? Pues porque es lo más sencillo que
hay.
No.
A nosotros no nos interesa el vino, no nos
acercamos al vino y no tenemos criterio, porque no queremos.
Punto.
Esa es la tesis.
Los inmovilistas somos nosotros.
Me podéis decir que en tal pueblo o en tal
ciudad o en tal palacio donde está la sede de la diputación provincial, cada
año se hace un encuentro o una presentación de los vinos de las bodegas
locales, cosa que me parece estupenda y que sería poco menos que
magnífico que se hicieran más y en todas las provincias.
Y ya sería la locura total si alguna consejería
de agricultura de cualquiera de las comunidades de España, aprovechara subvenciones
del estado y de Europa para promocionar vinos en otras comunidades españolas,
pero no como un acto institucional. No. Presentar el vino en un espacio
público, por donde pasa la gente todos los días, que se vean, que se den a
probar.
Esto sí sería cultura, esto sí sería
fomentar la relación entre el vino y la sociedad que lo consume, y no esta
impostura, mal disimulada que algunos nos quieren vender.
El mito de la cultura del vino proviene de la
idea de algo elevado, místico. Es la exaltación en los convivium y symposion;
son las reuniones de Madame Pompadour con la élite intelectual de la época; son
las mesas de palacio con exquisitos platos, es Churchill pidiendo más champán.
Es una persona que es capaz de identificar un vino son tan solo olerlo o cincuenta borregos que van con un vaso de plástico de la mano a
ver si le caen cuatro gotas de un champán de 2000€ la botella.
Cuando el legionario romano bebía posca, cuando
en el pueblo se bebían vinos rancios, avinagrados o mezclados con agua (en el
mejor de los casos). Cuando se pisaban las uvas, las romerías, las fiestas del
pueblo, ver quien se manchaba menos bebiendo del porrón o de la bota, a eso no
se le calificó como cultura.
En el mejor de los casos lo llamaron folklore.
Pero ahora vienen a que ¡nosotros! reivindiquemos
nuestras raíces históricas y sociales, nuestras transcendentales costumbres
como tesoro que conviene perpetuar. ¡Hay que volver al vino de nuestros abuelos!,
nos dicen, a pesar de que ese vino, hoy en día, diríamos que es una porquería.
En definitiva, quieren hacer un banderín de
reenganche ahora que las ventas se hunden.
Claro que la cultura del vino tiene que
relacionar a aquellos que elaboran el vino, desde el campo a la bodega, con
quienes lo bebemos, como lo bebemos, cuando lo bebemos, qué repercusión social
tiene, pero se olvidan de que esta cultura convive con otras culturas de
consumo, como puede ser la de la cerveza.
Sería un error infravalorar esta cultura, como
hacen algunos, al considerarla cultura menor, o incluso negarle la condición de
cultura.
A estos, me gustaría recordarles que sólo el
consumo de cerveza con alcohol ya triplica al consumo de vino, y lo quintuplica si se
tiene también en cuenta la cerveza sin alcohol.
Bastaría recordarles que en octubre se celebra
una fiesta de la cerveza en Baviera, con tal repercusión mundial que ya se
replica en todo el mundo.
Decidme: ¿Qué fiesta del vino hace eso?
Y hacedme un favor, no vayáis a decirme que la Feria de Abril de Sevilla.
Habría que contarles que más del 90% del lúpulo
en España se cultiva en la provincia de León, que aunque no sea tan conocido,
también hay variedades, hay terroir, hay investigación científica y
técnica, y que este lúpulo se exporta a otras partes del mundo.
Habría que decirles que aunque en España solo
consumamos fundamentalmente dos tipos de cerveza, hay muchísimas más, con sus
características y su historia. Que aunque no tenga, ni de lejos, la tradición y
la historia que tiene el vino en nuestra tierra, si la tiene en países no tan
lejanos a nosotros.
Por eso, por eso mismo, debemos cuidar, mantener
y evolucionar nuestra cultura del vino, no podemos ningunearla o, peor aún, utilizarla
a conveniencia del interés de unos pocos.
Parafraseando a los Sex Pistols, Dios salve al
vino (y a nosotros, también).

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