Uno de los motivos que me
llevó a crear este blog y después el no-podcast, fue defender una idea muy
sencilla:
- que en este país se
pueden beber muy buenos vinos a precios razonables, incluso asequibles; que no
hace falta comprar etiquetas míticas ni dejarse un pastizal para disfrutar de
un buen vino.
La idea sigue viva, aunque con el paso del tiempo he tenido que
matizarla un poco: la realidad es bastante más complicada de lo que uno podía llegar
a pensar.
A veces tengo la sensación de que bodegueros,
distribuidores, tiendas, hostelería y nosotros, los consumidores, no terminamos
de escucharnos. Hay tanto ruido
de fondo que cada vez resulta más difícil entendernos.
De esta ecuación, he excluido (deliberadamente) a
gurús, prescriptores, prensa, winefakers, y mis amados concursos y
premios del vino; por una única razón:
A ellos no les interesa el vino.
Sólo les interesa vendernos los vinos que pasen
por su caja.
Me podéis decir, “no, hombre, no son todos
iguales, hay verdaderos profesionales interesados en hacer bien su trabajo.”
Y si, es así.
Hay justos en Sodoma.
Hay profesionales que deberían ser el referente
de su sector, pero la realidad es que hay más pecadores que justos; pecadores
que hacen más ruido, a los que se les presta más atención por el cómo
dicen las cosas, que por lo que dicen, y que en muchos casos silencian e
incluso los ningunean a quienes se les debería prestar más atención.
Un ejemplo: tenemos un gurú,
muy respetado, con predilección por una determinada zona de vinos de España,
enamorado de los vinos franceses, con amplios y sólidos conocimientos (siendo
completamente sincero); que entre copa y copa va repartiendo hostias a
otras denominaciones:
Que si son muy malas…
Que si no tienen ni idea de
hacer buen vino…
Que si hacen buenos vinos
luego no saben venderlo...
Pero un día, una de esas horribles
denominaciones le llama y le dice: ¿cuánto nos cobras por venir a un
encuentro que organizamos y hablas bien de nosotros?
El otro, que no es tonto,
les pasa la tarifa. A los de la denominación les cuadra, lo pagan y ya puestos,
le ponen hasta las trancas de lechazo y cochinillo en Peñafiel por la cara.
Y entonces ocurre el
milagro.
Donde antes decía digo,
ahora dice Diego.
Durante esos días, todo son
alabanzas, elogios, se echan flores los unos a los otros: “yo siempre he
creído en vosotros”, dice el gachó.
Pero cuando el entusiasmo (y
la pasta) se
enfrían, Diego transmuta en digo y
el tío vuelve a rajar... hasta que aparece otra propuesta, otra invitación y el
consabido atracón de cortesía.
Entiendo perfectamente que todo el mundo tiene
que comer, pagar sus facturas y comprar los vinos que le gustan (concretamente,
los que no le regalan), pero una cosa es ganarse la vida y otra muy distinta
poner el criterio en alquiler, o peor aún, poner su coherencia al mejor postor.
Este tipo de cosas no son una simple anécdota.
Forman parte de un problema mucho más profundo.
Cuando llevas un tiempo observando cómo se
comunica el vino, acabas dándote cuenta de que casi todo gira alrededor de las
mismas ideas, de los mismos lugares conocidos y los mismos personajes.
Y aquí es donde aparece una expresión, no sé si
decir un dogma, que llevamos años repitiendo sin detenernos
demasiado a pensar qué significa realmente: "cultura del vino".
Creo que entre unos y otros
hemos manoseado tanto el término "cultura del vino", que ha
acabado significando casi cualquier cosa. Se ha vuelto tan difuso que cada uno
lo utiliza como le conviene.
Cuando empecé con el blog,
hará ya quince años, para mucha gente tener cultura del vino significaba
conocer determinadas bodegas, determinadas zonas, determinadas variedades de
uva; saber quién era el enólogo de tal o cual bodega, cuántos meses había
pasado un vino en una barrica o si Parker le había dado 94 o 95 puntos a un
vino de Barbate.
Era, en el fondo, una
cultura basada en soltar datos. Puede que en tu puta vida hayas probado un Borgoña
de mil euros la botella y, aun así, pasar por un auténtico entendido si
recitabas marcas, nombres y puntuaciones, como el que dice de carrerilla la lista de los reyes godos o la alineación del Real
Valladolid que ganó la Copa de la Liga en 1984.
Bajo ese prisma, yo mismo
pensé y pasé muchos años diciendo que en España no había esta cultura del vino.
Poco antes de la pandemia,
este concepto de cultura, vamos a llamarla erudita-elitista,
empieza a cambiar y a ampliarse. Se sigue dando importancia a conocer datos del
vino, pero el relato se humaniza. Si antes parecía que el vino lo hacía
únicamente el bodeguero en la penumbra de su bodega, ahora también se mira a
quien cultiva la viña, a quien la cuida, las personas que deciden cómo y por
qué ese vino acaba siendo como es y cómo se pone en el mercado.
Pero, sobre todo, por fin
se empieza a reconocer el papel que el vino ha tenido a lo largo de la
historia.
Nos dan cuenta que el vino
ha estado presente en todos los estamentos sociales todo este tiempo:
del rey a la mendiga, de la fiesta al duelo,
pasando por la comida; de la abuela al nieto; desde los cartagineses, griegos y
romanos, al hombre y mujer moderno actual.
Tal y como nos lo cuentan,
parece como si se te tuviera que
llenar el pecho de orgullo. Dan ganas de servirte un vino, levantar la copa
sujetándola desde el fuste (como no puede ser de otra forma); contemplar el
divino elixir como si ese líquido te fuera a revelar el sentido de la vida. Deberías
notar cómo te embarga una emoción ancestral, ¡casi podrías escuchar a romanos,
griegos y cartagineses, brindando fraternalmente por el nacimiento de la
civilización occidental!, mientras el legado de incontables generaciones de
viticultores fluye por tus venas. Y, en ese momento, ese instante casi místico,
comprendes que no estás bebiendo vino: ¡estás paladeando siete mil novecientos
cuarenta siete años de historia líquida, el alma de nuestra tierra y el
sacrificio de nuestros antepasados!
Y todo eso nos lo están
vendiendo…, igual de mal que yo te lo estoy contando.
Estoy muy de acuerdo con que hay que concederle
reconocimiento a cómo el vino ha influido en la sociedad, cual ha sido la
relación con el territorio, con la gente, con la gastronomía, y la relación
social que tiene, tanto para lo bueno como para lo malo. La cuestión es que
esto no se está haciendo de una forma completamente sincera, es un poco… una impostura.
¿Por qué digo esto?
Como he contado en los
episodios 2 y 11 del podcast, creo que en
España no existe una única cultura del vino. Existen, al menos, dos.
Una es la que yo llamo cultura
madre: la del vino como bebida alcohólica cotidiana, social y popular.
La otra es la cultura
hija: una cultura especializada, más hedonista, donde el interés ya no está
solo en beber vino, sino en conocerlo, compararlo y que te vean beberlo. Que se
te note que hay perras, vaya.
La cultura madre se cimentó, por un lado, con el
vino de autoconsumo, el que elaboraban las familias para ellas mismas y para su
entorno más cercano. Por otro, con el vino a granel elaborado por bodegas y
cooperativas locales, y que… muchas veces, seamos sinceros, eran
bastante malos y con graves defectos.
En los últimos treinta años esa realidad ha
cambiado.
Estos vinos que podríamos considerar de
proximidad, se sustituyen, en su gran mayoría, por vinos elaborados por grandes
bodegas y cooperativas industriales de cualquier parte de España. Son vinos
mucho más seguros desde el punto de vista sanitario, técnicamente mejores, pero
en su mayoría, son vinos de calidad es mediocre. Existe, también, una minoría
de vinos hechos por bodegas medianas y pequeñas, de calidades mejores pero muy
dispares, cuya característica común es que el precio por botella no sobrepasa,
en el mejor de los casos, los 30€.
La cultura “hija”, la hedonista, es esa cultura erudita-elitista
a la que me refería al principio, es una cultura en la que se consumen vinos de
calidad alta, y que ya no son tan accesibles al público general, tanto por
distribución como por precio. Es una cultura de consumo de marcas y nombres
propios, en la que los vinos extranjeros están presentes, no son una minoría
discreta.
Ninguna de las dos es mejor que la otra, pero
hay quien se empeña en hacernos creer que solo puede haber una única cultura
verdadera.
Adivinad a cuál de las dos se refieren…
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